La edad del Ibuprofeno Capítulo 4 Ya no estamos para estas cosas
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Capítulo 4 Ya no estamos para estas cosas

La mañana habría seguido su curso normal si no fuera porque en toda oficina moderna siempre hay un sistema de equilibrio emocional que acaba rompiéndose a media semana.

En Wild ese sistema tenía dos nombres.

Y ninguna de las dos se soportaba: Lucía y Marta.

Creatividad junior contra account manager junior senior intermitente o algo así. Nadie sabía exactamente sus cargos porque en la agencia los títulos cambian más rápido que las campañas. Lo único fijo era esto: no se podían ver.

Y sin embargo trabajaban juntas. Eso es muy moderno ¿O acaso obligar a dos personas que se odian a “cocrear”no lo es?

La primera en aparecer en mi mesa fue Lucía.

Se dejó caer en la silla como si llevara horas sobreviviendo emocionalmente.

—No puedo más con Marta —dijo sin preámbulos.

Yo seguía con el email abierto.

—Buenas tardes para ti también.

—Es que es imposible trabajar con ella. Todo lo cuestiona. Todo lo ralentiza. Todo es “vamos a revisarlo”.

Asentí lentamente. Ese tipo de personas existen.

Y también existen las otras.

No pasaron ni veinte minutos cuando apareció Marta, exactamente con la misma energía, pero en dirección contraria.

—Necesito cinco minutos contigo —dijo.

Se sentó sin esperar permiso.

—Lucía es… caótica. No hay estructura. No hay orden. No hay proceso.

—¿Habéis hablado entre vosotras? —pregunté.

Las dos me dieron la misma respuesta:

—No se puede hablar con ella.

Perfecto. La simetría del conflicto siempre es una mala señal.

En teoría, yo era la “voz de la experiencia”. En la práctica, era el buzón emocional de la agencia. Porque no venían a pedirme soluciones. Venían a confirmar que el mundo no estaba bien diseñado.

Y conmigo hacían eso perfectamente.

Lucía siempre hablaba primero, como si necesitara vaciarse antes de que la realidad la alcanzara. Las dos versiones de un mismo incendio.

Yo escuchaba. Asentía.

A veces hacía pequeños sonidos neutros que en psicología avanzada significan:

“sigue, no te voy a arreglar la vida porque no me han pagado para eso”.

Lucía salió de mi mesa diciendo:

—Eres la única que me entiende.

Marta hablaba después, más contenida, más racional. Y también más peligrosa.

—Menos mal que puedo hablar contigo, porque si no explotaría.

La paradoja era evidente.

Yo era simultáneamente no solo la única que las entendía, sino también la única que no cambiaba absolutamente nada. Cuando se fueron, Eva apareció detrás de mí, sin hacer ruido.

—¿Conflicto creativo? —preguntó.

— Reconstrucción personal sobre plano —respondí.

Eva sonrió.

—Perfecto. Eso significa que están vivos.

Se apoyó en la mesa. Me miró un segundo.

—No intentes resolverlo.

—No lo hago.

—Bien. Solo escúchalas.

—Eso intento.

Eva asintió como si eso fuera exactamente lo que esperaba de mí.

—Eres buena en eso —dijo.

Me quedé mirando la pantalla con las dos versiones de la misma historia.

Dos personas seguras de tener razón. Y yo en medio sin ninguna autoridad real ni tampoco intención de ejercerla, yo sólo escucho.

Y pensé algo curioso: en casa era la que resolvía. En la agencia era la que contenía. Quizá eso era lo que significaba ser adulta.

No ganar, ni decidir.

Solo evitar que todo explote demasiado rápido.

Y mientras volvía a mi teclado, Lucía volvió a escribir por chat: “Gracias por escucharme ❤ ️”

Y Marta, dos minutos después: “Eres lo único sensato aquí.”

Miré las dos notificaciones.

Respiré y pensé: perfecto, he fallado igual de bien con las dos.

La tarde en la agencia fue bajando de intensidad como esas luces que nadie apaga del todo porque siempre hay alguien que aún cree que va a pasar algo importante en los próximos diez minutos.

A las 18:00, la oficina seguía viva.

Miré el móvil. Mensajes de casa: Javi preguntando si había comida, Lucía enviando un audio “Mamá, el universo me está mandando señales preocupantes. Ven.”

En WhatsApp el grupo de la urbanización seguía en guerra. Sonreí.

Casa era caos. Agencia era sentido. Y yo era el puente entre ambas cosas.

Por primera vez en mucho tiempo, pensé que quizá no estaba sobreviviendo a mi vida: la estaba gestionando. Mal, pero con estilo.

A las 18.30 yo ya había dejado de mirar la pantalla con verdadera atención. Contestaba, resolvía, asentía, pero una parte de mí estaba ya ligeramente fuera, como si el día hubiera empezado a despedirse antes que yo.

Eva apareció a última hora, cuando la mayoría fingía seguir trabajando con ese entusiasmo residual que tienen los finales de jornada en las agencias creativas.

Se apoyó en el marco de mi mesa sin hacer ruido, como siempre, como si el espacio le perteneciera incluso cuando no lo reclamaba.

—¿Cómo lo has visto hoy? —preguntó.

—Gestionable —respondí.

Eva sonrió, pero no se fue.

Eso era lo extraño de ella. Nunca se quedaba de más, pero tampoco desaparecía del todo. Hubo un pequeño silencio antes de que hablara otra vez, esta vez con menos capa profesional encima.

—A veces pienso que esta gente cree que todo esto es nuevo —dijo, señalando vagamente la oficina.

No hacía falta explicar a quién se refería.

—Y no lo es —continuó—. Solo cambia el envoltorio.

La miré, esperando el giro habitual hacia lo estratégico.

Pero no llegó. Eva se quedó mirando la oficina un segundo más, como si estuviera viendo algo que yo no veía.

—¿Sabes lo más difícil de llegar hasta aquí? —añadió al final.

No esperó respuesta.

—No desaparecer demasiado pronto.

Me quedé quieta.

No era una frase dramática. Eva no hacía drama.

Era más bien una observación limpia, casi quirúrgica, dicha sin intención de dejar huella… pero dejando exactamente eso.

Me sostuvo la mirada un segundo más, luego se enderezó.

—Vete pronto hoy —dijo simplemente.

Y salió de mi despacho no sin antes lanzarme un guiño. Como si no hubiera dicho nada importante.

El trayecto de vuelta fue más pesado que el de la mañana, aunque no hubiera ocurrido nada especialmente malo.

Ese es el problema de los días largos: no necesitas crisis, solo acumulación.

Metro. Tren. Coche. Madrid de noche tiene algo que engaña. Parece que descansa, pero en realidad solo cambia de ritmo. Yo miraba por la ventanilla sin ver demasiado.

Pensaba en Eva, en lo que había dicho y en lo que no había dicho.

Y en esa extraña sensación de estar exactamente en el sitio correcto, pero no saber cuánto tiempo más iba a durar esa sensación.

Cuando llegué a casa, la luz ya era cálida, doméstica. La puerta se abrió antes de que pudiera tocar el timbre.

Ahí estaba un Álvaro sonriente dándome la bienvenida.

Y entonces vi el centro de flores sobre la mesa. Grande. Perfecto. Pensado.

—Feliz cumpleaños otra vez —dijo.

Había algo distinto en su tono. Más serio. Más lento. Más tierno de lo habitual, como si hubiera decidido que ese día había que hacer las cosas bien aunque no supiera exactamente cómo.

Me entregó una tarjeta: era bonita, nostálgica y estaba llena de esas cosas que suenan bien cuando se mencionan los años juntos, lo vivido y lo que aún queda.

Y entonces sacó una cajita y me la dio con una sonrisa triunfante.

Cuando la abrí, no supe cómo reaccionar ante su contenido: uno de esos relojes inteligentes que lo miden todo, tus pasos, el sueño, la actividad diaria.

La vida, en definitiva. Álvaro estaba ilusionado con el regalo, pero yo lo recibí con el mismo entusiasmo que una citación de Hacienda

—Para ti. —¿Un reloj? —No. Tu nuevo entrenador personal, nutricionista, médico de cabecera y conciencia portátil.

—¿También pone el lavavajillas? —Todavía no. Pero le falta poco. Con esto vas a descubrir una versión mejorada de ti misma. —Yo estaba bastante contenta con la versión anterior.

—Cuenta pasos, pulsaciones, calorías...

—¿Y por qué querría yo conocer tantas malas noticias de golpe?

—Es como tener un entrenador en la muñeca. —Justo lo que siempre soñé. Que alguien me vigilara incluso cuando estoy sentada.

—Piénsalo: pequeños retos cada día. —Yo ya tengo pequeños retos cada día. Se llaman hijos adultos.

—Marisa, quiero que lleguemos juntos a los noventa. —¿Y para eso necesito un dispositivo electrónico? —Y algo de voluntad. —Entonces el dispositivo era la parte fácil. Perfecto. Lo único que me faltaba era un testigo digital de mi decadencia. Le sonreí y le di un beso.

—Es perfecto, gracias.

Porque eso es lo que se hace con los regalos que no sabes cómo procesar: se agradecen antes de entenderlos.

Entonces aparecieron mis hijos Lucía y Javi con una bolsa, demasiado coordinados para ser casualidad.

—Mamá, te hemos comprado algo —dijo Lucía, emocionada.

Sacaron el regalo: un fin de semana en un parador. Los cuatro. Todo incluido.

—Para estar juntos —dijo Javi, exultante

Y ahí estaba el otro tipo de regalo. El que es bonito de verdad.

Porque incluso en la trampa había cariño.

Incluso en la dependencia había afect o Incluso en el caos había intención y, al mismo tiempo, una estrategia familiar perfectamente diseñada...

para asegurarse comida, descanso y logística resuelta durante cuarenta y ocho horas.

Pero aun así, era bonito pensar que aún querían hacer planes con nosotros. Que todavía éramos un grupo.

Aunque uno de los miembros del grupo fuera un perro de cincuenta kilos que no había sido consultado.

Thor apareció en ese momento, miró la escena, evaluó la propuesta familiar y decidió que aquello no incluía suficiente interés culinario como para implicarse.

Se tumbó en la alfombra ofendido por su exclusión estructural.

Me senté en el sofá con el reloj en la muñeca y miré las flores en la mesa.

El reloj me estaba juzgando incluso dentro de la caja.

En ese momento, me di cuenta de que llevaba todo el día cambiando de escenario sin cambiar realmente de personaje.

Por un lado estaban las campañas, las reuniones y el desorden creativo de la agencia.

Por el otro, los hijos, el perro y la interminable gestión de una vida doméstica que jamás aparece en ningún currículum.

Y yo en medio, sosteniendo todo sin que se notara demasiado el esfuerzo.

Miré el reloj. Seguía midiendo cosas.