Capítulo 2 Menopáusica pero operativa
Abrí el armario: negro. Más negro. Y algo ligeramente negro distinto.
Las mujeres maduras no vestimos de oscuro por elegancia. Me decidí por un blazer negro, un pantalón a juego y mi jersey favorito de rayas.
Me encantaban las rayas. Tenían algo entre intelectual francesa y señora que todavía no se ha rendido del todo. Además combinaban estupendamente con las ojeras.
Me maquillé lo justo para parecer descansada y funcional.
Después me miré en el espejo inclinando ligeramente la cabeza y poniendo morritos, que es lo que hacemos todas para negociar con nuestra mandíbula.
Aceptable. No espectacular. Pero aceptable. Y a nuestra edad eso ya cuenta como éxito rotundo.
Bajé lista para enfrentarme a mi circuito diario, un triatlón suburbano mezcla de coche, cercanías, metro y finalmente oficina.
La gente cree que vivir en un chalet del extrarradio significa tranquilidad.
La decisión de venirnos a vivir fuera de Madrid fue mucho antes de la llegada al mundo de Javier y Lucía.
En su momento la explicamos como tantas otras decisiones importantes en la vida adulta: tranquilidad, espacio, calidad de vida, naturaleza cerca y la sensación de que, en algún punto, necesitábamos dejar de vivir con el ruido constante de todo lo que no es esencial.
Un chalet, un jardín, una población más calmada de lo habitual y la idea bastante razonable de que los días podían ser un poco más largos si el entorno acompañaba.
Mentira. Significa pasar media vida desplazándote mientras transportas ansiedad en un bolso grande.
Pero me compensaba.
El metro, de hecho, era uno de mis momentos favoritos del día.
Allí nadie necesitaba nada de mí.
Nadie preguntaba que dónde estaba el cargador, o qué había para cenar, o si había comprado papel higiénico. En el metro yo existía sola.
Me senté, abrí Instagram y empecé mi ritual matutino: cotillear vidas ajenas, mirar campañas, revisar correos, juzgar silenciosamente influencers y descubrir que personas de veintidós años tienen rutinas faciales con más pasos que una misión espacial.
A veces veía chicas jóvenes perfectas en redes y pensaba:
“Qué monas.”
Y luego:
“Ya hablaremos cuando vuestro metabolismo os traicione, cariño.”
Sonó una notificación de Eva. Solo decía: “hoy sobrevives los 50 y luego lo celebramos.”
Sonreí.
Entré en Wild a las ocho y cincuenta y siete, tres minutos antes de la reunión de equipo y exactamente siete minutos después de haber sobrevivido a un atasco absurdo, un señor comiéndose un bocadillo de tortilla en el metro a las ocho de la mañana y una adolescente grabándose llorando para TikTok en plena línea 10.
Las puertas de la agencia se abrieron y ahí estaba ese olor tan característico de Wild: café caro, perfume limpio y ansiedad creativa.
La recepción parecía el vestíbulo de un hotel escandinavo diseñado por personas que jamás han tenido hijos.
Todo era a base de cristal, madera clara, plantas gigantes y frases motivacionales discretamente amenazantes en las paredes.
Era una agencia de publicidad tan moderna que había reuniones en las que no entendía la mitad de las palabras, aunque al final siempre terminaba solucionándolo todo.
Allí sigo formando parte del presente. Era mi conexión con el mundo real, con lo que estaba pasando, con lo nuevo.
Y sobre todo, con la sensación de seguir formando parte de algo que todavía se mueve.
Soy la mano derecha de Eva Saldaña, la directora, a saber:
Ex Miss España.
Fundadora de la agencia.
Cincuenta y ocho años de perfección ofensiva.
Eva no envejece. Evoluciona. Siempre impecable. Siempre elegante. Y siempre oliendo a algo carísimo.
Nunca la he visto sudar. Tampoco correr. Ni llevar una pinza en el pelo mientras vacía el lavavajillas.
A veces sospecho que duerme dentro de una cápsula criogénica hidratante.
Y aun así la adoro. Todo el mundo la adora.
—¡Marisaaaa!
Claudia, social media manager, apareció deslizándose hacia mí con un café helado del tamaño de un extintor.
Tenía veintiséis años, piel coreana y energía de cachorro sobreestimulado.
—¡Feliz cumple!
Me abrazó.
Detrás aparecieron Nico, Emma, Gabri, Lucía la otra, dos becarios intercambiables vestidos como DJs europeos, y un influencer que llevaba gafas de sol dentro de la oficina.
Nunca entendía quién trabajaba realmente allí y quién simplemente flotaba por el edificio generando contenido.
—¿Qué se siente al cumplir cincuenta? —preguntó Nico.
Lo miré mientras me quitaba el abrigo.
—Las articulaciones hablan. Y todas dicen cosas feas.
Se rieron.
Eso era lo bueno de los jóvenes: todavía creen que envejecer es una leyenda urbana.
Avancé por la oficina saludando gente mientras sonaban teclados, notificaciones y conversaciones absurdamente modernas.
—Tenemos que humanizar la campaña.
— Necesitamos una historia que inspire, movilice y genere vínculo.
—La marca quiere algo orgánico.
Antes esto era vender yogures.
Ahora parecía que estábamos negociando la paz mundial a través de reels.
Y entonces apareció Eva, como siempre, sin hacer ruido.
Llevaba un traje color crema impecable y el pelo perfecto de las personas que jamás han discutido con humedad ambiental.
—Feliz cumpleaños, cariño.
Me besó en las mejillas y me agarró las manos un segundo.
—¿Cómo estás?
La miré.
—Menopáusica pero operativa.
Eva soltó una carcajada elegante. Ni siquiera las arrugas de expresión se atrevían a aparecer sin su permiso.
—Eso es exactamente lo que necesitamos en esta agencia.
A veces me preguntaba cómo podía seguir siendo tan espectacular sin resultar odiosa.
Pero lo conseguía.
Eva tenía algo raro: hacía que la gente quisiera estar mejor simplemente porque ella estaba cerca. Cuando Eva entra en una sala los clientes sonríen, los becarios se incorporan, y hasta los influencers dejan de mirarse a sí mismos.
Lo más increíble es que nunca me ha hecho sentir mayor sino todo lo contrario.
Con ella me siento brillante. Útil. Actual.
En la agencia estoy rodeada de gente menor de treinta y cinco años que vive pegada al móvil y habla en un idioma compuesto por “engagement, “mood”, contenido orgánico, branding emocional, y “esta campaña tiene que sentirse auténtica”.
Hace tres años habría querido asesinarlos, pero ahora hasta les tengo cariño. Incluso he aprendido parte de su lenguaje.
El otro día dije “vibra” en una reunión y casi me ascienden espiritualmente.
Y la verdad es que allí me siento bien. Muy bien.
Los chicos me cuentan sus dramas amorosos, me enseñan TikToks absurdos y me preguntan cosas como si yo fuese una mezcla entre madre, psicóloga y directora creativa con menopausia funcional.
Yo los escucho mientras pienso: “No tenéis ni idea de lo caro que es un colchón bueno.”
Pero me gustan.
Porque cuando estoy allí no soy la madre de, o la señora del chalet, o la que compra papel higiénico, ni la dueña de un perro con más pelo que autoestima.
—He bloqueado media hora a las once, haz algo informal con el equipo — me susurró Eva al oído..
—¿Informal tipo “comemos algo” o informal tipo “acabamos borrachos hablando de traumas infantiles”?
—Confío en tu criterio.
Eso era lo peligroso. Eva siempre confiaba en mi criterio
A las once la cocina de la agencia parecía una fiesta universitaria organizada por adultos funcionales.
O eso intentábamos aparentar. Organicé un piscolabis. Nico lo llamó “brunch experiencial” en el que había mini sándwiches, tortilla, hummus que nadie tocó, croquetas, una tabla de quesos carísima, y dos botellas de cava escondidas detrás de unas kombuchas para fingir profesionalidad.
—¡Speech! ¡Speech! —gritó Claudia.
—No hagáis eso —dije inmediatamente—. Tengo edad para emocionarme por el precio del detergente.
Pero ya estaban todos mirándome.
Treinta caras jóvenes.
Treinta móviles sobre la mesa.
Treinta personas que todavía creían que dormir mal se arregla con un smoothie.
Y, sin embargo, me sentía bien allí.
Cogí una copa de cava.
—Solo quiero deciros una cosa —empecé—. Llegar a los cincuenta no es tan terrible.
Todos escuchaban.
—Lo terrible es depilarse con esta luz.
Risas.
—Y otra cosa más… disfrutad vuestro metabolismo mientras podáis. Ese traidor no avisa.
Más risas.
Entonces Claudia levantó su vaso.
—Marisa, eres literalmente nuestra referencia emocional aquí.
Me quedé quieta.¡Referencia emocional!
Hace diez años eso habría significado que necesitabas medicación, pero ahora aparentemente era liderazgo.
Eva me observaba desde el fondo de la cocina con esa sonrisa tranquila suya.
Y en ese momento entendí algo.
Allí no era invisible, ni vieja, ni “una señora”. Allí era importante.
Y no sabía si era por mi piel, por mi ropa o por algo tan simple como que llevaba demasiado tiempo en aquel sitio como para fingir que no entendía lo que estaba pasando.
Quizá era eso. Quizá era que, después de tantos años, había aprendido cosas que ellos todavía estaban intentando descifrar entre reuniones, campañas con nombres en inglés y palabras como “narrativa” o “branding afectivo” pronunciadas con una fe casi religiosa.
Y una de esas cosas era bastante sencilla, aunque a veces se les escapaba: que la vida no consiste en parecer perfecta.
Sino en aprender a convivir con el caos sin pedirle permiso a nadie.
Y en una agencia de publicidad, donde todo el mundo fingía tener el control, eso era casi una ventaja competitiva, era sostener el caos sin perder del todo el sentido del humor.