La edad del Ibuprofeno
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Capítulo 1 Cumplir 50
Cumplir cincuenta no duele. Lo que duele es sentarse y que el cuerpo emita su opinión en tiempo real.
Un “ay” discreto. Un pequeño “ay” traicionero que sale del alma, de las lumbares o de algún órgano interno que hasta ahora había permanecido en silencio. Un crujido educado. Una advertencia biológica con educación británica.
Abrí los ojos a las seis y doce de la mañana completamente empapada en sudor y atrapada entre un mastín de cincuenta kilos y una menopausia que claramente trabaja por turnos.
Thor roncaba encima de mis piernas como si hubiera firmado una hipoteca sobre mi lado de la cama.
A mi lado, el hueco de Álvaro todavía conservaba ese calor insultantemente saludable de las personas que han decidido madrugar por voluntad propia.
Miré el reloj: 6:12.
Eso no es una hora. Es una provocación.
Desde la ventana llegó el sonido de la puerta principal cerrándose con suavidad. Después, silencio. Y luego, unos pasos ligeros alejándose calle abajo.
Hay personas que salen a correr porque quieren estar bien físicamente.
Álvaro sale a correr porque aparentemente lo posee un espíritu olímpico desde 1998.
El cuerpo se lo pide, dice. Sonreí con odio.
El mío también pide cosas: principalmente croquetas, silencio y no volver a escuchar la frase 'su llamada es importante para nosotros'."
Intenté incorporarme, y al hacerlo la rodilla izquierda emitió un crujido extraño que no era humano ni debería estar cubierto por la sanidad pública.
Me incorporé lentamente, como una excavadora vieja intentando arrancar en invierno.
A cierta edad una ya no se mueve inmediatamente después de un ruido corporal.
El cuerpo deja de ser un vehículo y pasa a ser un comité de expertos opinando sobre todo.
Y fui al baño con la dignidad prudente de quien ya no confía en los movimientos bruscos.
Primero evalúas. Respiras. Negocias mentalmente con Dios.
Thor abrió un ojo.
—No me mires así —le dije— tú también roncas como si estuvieras probando motores para la aviación civil.
El perro bostezó enseñando una dentadura capaz de derribar un ciervo. No sabía cómo lo hacía. Thor tenía la capacidad física de expandirse sobre cualquier superficie. Volvió a dormirse ocupando más mundo del que le correspondía por contrato.
Suspiré mientras echaba una mirada rapidita al móvil.
Mensajes del grupo “Urbanización Las Acacias”.
A las seis y cuarto de la mañana la humanidad no estaba preparada para ese nivel de actividad moral tan temprano. Nada bueno ocurre nunca en un grupo de vecinos antes de las ocho.
Abrí el chat. Carmen, del número 14: “Por favor, quien esté dejando bolsas de excrementos junto a la pista de pádel debería tener un poco de civismo.”
¡Tan pronto y ya discutiendo sobre cacas! Cuarenta y tres mensajes después, la humanidad había resuelto… nada.
La civilización claramente había alcanzado su techo, y si tras cuarenta tres mensajes no se había solucionado nada es porque la civilización moderna es eso: discusiones muy intensas sobre cosas muy pequeñas antes del café.
Dejé el móvil sobre la mesilla y me levanté con la dignidad de una señora que todavía cree que puede ponerse vaqueros pitillo si encuentra la iluminación correcta.
En cuanto apoyé el pie en el suelo, Thor decidió bajar de la cama atropellándome en el proceso.
—Perfecto. Mátame. Total, hoy cumplo cincuenta.
El perro me ignoró y salió del dormitorio con ese trote pesado de mafioso jubilado.
Me dirigí al baño con la prudencia de alguien que ya negocia cada movimiento con su propio sistema musculoesquelético.
Encendí la luz. Me acerqué con miedo al espejo. Me observé en silencio.
El pelo aplastado hacia un lado, la marca de la almohada. Una arruga nueva sospechosamente instalada junto a la boca, que había aparecido sin cita previa. ¿Esa línea estaba ayer? Y una expresión general de persona que ha sobrevivido a demasiados grupos de WhatsApp.
Encendí la luz grande.
Error táctico. Las luces de baño después de los cuarenta deberían estar prohibidas por la Convención de Ginebra.
La menopausia es fascinante porque convierte a una mujer adulta en detective forense de su propia cara.
Abrí el armario del baño buscando la crema reafirmante de noche, la reafirmante de día o la reafirmante específica para “pérdida de densidad”, que es una expresión cosmética elegante para decir: “Señora, se está descomponiendo lentamente.”
Ninguna incluye: “aceptación progresiva de la realidad". Siete botes idénticos. Todos caros. Todos inútiles.
Elegí mi kit de supervivencia: base para parecer humana, corrector para parecer descansada, y una crema que juraba devolverme “luminosidad”.
Detrás de mí apareció Thor.
Se quedó observándome desde la puerta.
—No empieces tú también.
El perro jadeó.
A veces sospechaba que me juzgaba.
Bajé a la cocina arrastrando los pies mientras la casa permanecía en ese extraño silencio previo a la actividad humana.
Mi momento favorito del día antes de que alguien pidiera comida, o me pidiera encontrar unas llaves, o que le diera suelto para gasolina.
O peor, Lucía me hablara de “transitar cosas”.
Puse la cafetera y el borboteo del café empezó a sonar como una promesa de supervivencia.
Entonces apareció Javier, mi hijo de 25 añazos. En calzoncillos. Con el mismo aspecto que un rehén liberado tras meses de cautiverio tecnológico.
—Mamá, ¿queda leche?
Miré la nevera. Llena. Completamente llena.
—No, hijo. Nos la bebimos anoche en una rave clandestina
Javi abrió la nevera igualmente. Los hijos hacen eso.
Preguntan cosas antes de comprobarlas porque todavía creen que las madres somos una especie de Alexa con ansiedad.
Cogió el brick. Dejó dos gotas. Y lo volvió a dejar en la nevera. Como siempre. Porque los hijos adultos nunca terminan las cosas. Las abandonan simbólicamente para que seas tú quien cargue con la responsabilidad emocional del envase vacío.
Muy bien, Javier. Deja el brick con las dos gotas de leche no vaya a ser que entremos en una crisis láctea nacional.
—¿Hoy no trabajas? —pregunté.
—Sí, luego.
“Luego”.
La palabra favorita de las personas menores de treinta.
Javier desapareció de nuevo escaleras arriba arrastrando los pies.
Escuché cerrarse la puerta de su habitación.
Seguramente acababa de empezar una durísima jornada laboral basada en auriculares, criptomonedas y mirar pantallas con cara de cansancio existencial.
Me serví un café confiando en que obrara su magia en tiempo récord.
Álvaro regresó de su entrenamiento con las mejillas sonrosadas, la camiseta empapada y una felicidad que yo solo había experimentado delante de una tortilla de patatas.
—Buenos días, cumpleañera.
Se acercó, me besó en la cabeza y abrió la nevera buscando agua.
Ni siquiera sudaba normal. Será cabrito…
Tenía ese sudor limpio y deportivo de anuncio de seguros médicos mientras que yo lo hago como si hubiese escapado de un incendio con pérdidas materiales importantes.
—¿Qué tal la carrera? —pregunté.
—Muy bien. Fresquito fuera.
Lo dijo feliz.
“Fresquito”.
Enero. Siete de la mañana. Tres grados.
La gente deportista vive en otra dimensión térmica.
Álvaro bebió agua directamente de la botella mientras yo lo observaba con desconfianza biológica. A los cincuenta los hombres interesantes desarrollan barriga, coleccionan vinos o se compran un coche carísimo.
Pero mi marido había decidido envejecer de forma atlética. Las canas avanzaban, sí, pero lo hacían a muy buen ritmo cardiovascular.
Me dio un pequeño cachete en el culo al pasar. Refrené el deseo inmediato de pegarle un tortazo. ¡Odio que me toquen el culo! Es un reflejo: tú tocas, yo te atizo. Pero lo dejé pasar.
—Los cincuenta te quedan muy bien.
Lo miré fijamente.
—Tengo marcas del sujetador hasta en las costillas.
—Eso también me gusta.
Qué rabia daba querer tanto a alguien.
Me senté con el café entre las manos mientras el sol empezaba a entrar por la cocina.
La casa seguía oliendo a sueño, perro y tostadas.
Arriba sonó una puerta.
Lucía ya estaba despierta.
Eso significaba que en menos de diez minutos oiría palabras como energía, ansiedad, o mercurio retrógrado.
Le acaricié automáticamente. Y entonces ocurrió. Ese pensamiento.
Cincuenta. Cincuenta años.
Ya estaban ahí. Y, sin embargo, no me sentía acabada. Ni invisible. Ni vieja.
Cansada, sí. Inflamada probablemente también. Pero acabada no.
De hecho, muy en el fondo, debajo del sujetador asesino, las hormonas criminales y las bolsas bajo los ojos…creo que nunca me había sentido más yo.
Thor soltó un pedo monumental debajo de la mesa para luego apoyar la cabeza sobre mis piernas soltando un suspiro dramático.
Y por primera vez aquella mañana pensé que quizá cumplir cincuenta no era una tragedia. Quizá solo era entrar en otra liga. Una con peor iluminación, pero con mejor criterio.