La duda entre nosotros (Dos líneas después nº 2) 42
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Hicimos las radiografías posreducción y la alineación se mantenía.

La piel tensada en la cara interna había cedido, aunque seguía enrojecida e hinchada, y anoté que había que vigilarla.

A esas alturas la esposa había devuelto por fin la llamada, y una enfermera le leyó la lista de lo que necesitábamos.

Ella enumeró las pastillas, una de ellas una aspirina infantil, ninguna un anticoagulante, y sentí que el último resto de aquel miedo concreto salía de la habitación.

Me quedé hasta que llegó el TAC, una hora más tarde, porque quería verlo con mis propios ojos.

Mostraba una fractura bimaleolar con un fragmento posterior, nada que me sorprendiera, la clase de lesión que acabaría reparando en unos días, cuando bajara la hinchazón.

Entretanto seguiría con la férula, con la pierna en alto y controles neurovasculares cada hora, y lo dejaría en ayunas toda la noche por si al pie se le ocurría cambiar de opinión.

Cuando le expliqué el plan, me agarró la manga con una mano todavía torpe por la ketamina.

—Mi mujer va a preguntar si está arreglado.

—Dígale que está otra vez donde debe estar —respondí—. No está arreglado. El arreglo viene después, en el quirófano, cuando pueda hacerlo como es debido. Pero lo peor de hoy ya ha pasado, y ha salido como tenía que salir.

Cerró los ojos.

—Es una buena respuesta.

—Es la verdadera —dije.

Darren me encontró en el puesto de trabajo frente al box seis, donde estaba escribiendo la nota de la consulta poniendo más cuidado en la estructura de las frases del que merecía.

Se apoyó en el mostrador, a mi lado, con un vaso de aquel café horrible de la máquina al que se negaba a renunciar, y durante unos minutos ninguno de los dos dijo nada.

El servicio había bajado de revoluciones, como siempre después de la avalancha.

En algún punto del pasillo, un niño cantaba una canción sin melodía reconocible.

—Has estado bastante tranquilo ahí dentro —dijo Darren.

—No lo estaba. —Seguí escribiendo—. Odié cada segundo hasta que el Doppler encontró la señal.

—Por fuera estabas tranquilo. Eso era lo que él necesitaba.

—Necesitaba que yo acertara.

—Necesitaba que fueras decidido. Acertar vino después.

—Darren hizo girar el vaso entre las manos—.

Por cierto, podrías haberlo dicho. Ahí dentro.

A la mujer, a él. Nadie te lo echó en cara, pero te quedaste ahí plantado y le dijiste a un hombre con dolor que todavía no tenías toda la información y que ibas a actuar de todos modos.

Dejé de escribir.

—No dije eso.

—Dijiste «todavía no lo sé» unas cuatro veces. Las conté. —Sonreía un poco, con la vista en el café—. Me lo dijiste a mí. Se lo dijiste a la enfermera. Lo dijiste delante del paciente, y no se murió nadie.

Lo pensé. Era cierto. No me había dado cuenta, porque cuando haces algo de la manera correcta rara vez te parece una decisión.

Te parece el siguiente paso evidente. Me había plantado delante de un hombre con una lista de medicación desconocida, un patrón de fractura que aún no había visto y un pie de color dudoso, y había dicho, sin rodeos, que no lo sabía.

Y luego había hecho de todos modos lo que la situación exigía, porque eso sí se podía saber aunque el resto no.

—Es distinto —dije, y oí lo flojo que sonaba.

—¿Seguro?

—Ahí dentro, lo que había en juego estaba claro. Isquemia, necrosis cutánea, un reloj en marcha. Sobre eso puedes razonar. Puedes decir: con lo que sé, el coste de esperar supera el coste de actuar. Hay un marco. La incertidumbre tiene bordes.

—Vale. —Darren bebió un poco de café e hizo una mueca—. ¿Y ahí fuera?

No contesté de inmediato. La respuesta honesta era que sabía exactamente hacia dónde llevaba la conversación desde el momento en que había pronunciado la palabra «tranquilo», y que llevaba cinco minutos caminando en dirección contraria,

escribiendo frases sobre patrones de fractura como si fueran un muro.

—No te voy a echar un sermón —dijo Darren, que era la manera más típicamente suya de empezar uno—. No creo que lo necesites. Llevas meses haciéndolo. La semana pasada le preguntaste a Renee por los horarios del bebé en lugar de consultarlos tú. Me enteré, por cierto.

—¿Quién te lo contó?

—Tú. Me lo dijiste en la escalera. Estabas bastante satisfecho contigo mismo.

Lo había estado. Se me había olvidado.

—Era una pregunta sobre horarios.

—Era una pregunta sobre horarios —concedió Darren—.

No digo que fuera un milagro. Digo que le hiciste una pregunta a una persona y después te creíste la respuesta.

—Se separó del mostrador—. Tengo a un tío con un cálculo renal y a otro que jura que se ha tragado una pieza de Lego.

Come algo. Tienes cara de vivir a base de yogures de la cafetería.

—Qué va.

—Llevas un envase en el bolsillo.

En eso también tenía razón. Se despidió con la mano y se fue, y yo me quedé allí un momento más, con el cursor parpadeando al final de una frase sin terminar.

Terminé la nota. Me lavé las manos, pasé a ver al ciclista, que dormía con el pie apoyado sobre una almohada mientras su mujer le sujetaba la mano buena, y fui a buscar la escalera.

La escalera del Morrow siempre había sido el lugar más tranquilo del edificio, sobre todo porque nadie se fiaba de los que rehuían el ascensor.

Me senté en el rellano entre la tercera y la cuarta planta con el yogur que, por lo visto, había llevado encima todo el día, me lo comí con la cucharita de plástico y dejé que la tarde se me fuera cayendo de encima.

La cuestión con el tobillo era que había tenido miedo.

Lo había tenido durante esos cuatro o cinco segundos con los dedos sobre un pulso que no encontraba, un miedo concreto y útil que sabía cómo sostener.

Sabía para qué servía ese miedo, qué lo resolvería, qué haría a continuación en cada ramificación.

Podía sostenerlo como un cirujano sostiene un separador, con firmeza y sin comentarios.

En el quirófano no había confundido ni una sola vez la incertidumbre con el fracaso.

Un patrón de fractura podía sorprenderme, podía empezar un sangrado donde no debía, y yo me adaptaba, porque adaptarse era el trabajo.

El no saber nunca me pareció un insulto. Me parecía medicina.

Pensé en lo distinta que había sido mi manera de manejar el otro tipo de no saber, el que había entrado en nuestra cocina dos meses y medio antes de lo de urgencias y había dicho, con una voz que llevaba ensayada, que estaba embarazada.

No había dicho «todavía no lo sé». Esa era la parte que no dejaba de volver a mí, allí en la escalera, con el yogur templándose en la mano.

Había dicho, en esencia, que el mundo tal y como yo lo entendía no tenía sitio para lo que ella me estaba contando.

Había tomado una probabilidad, una de verdad, una cifra que me dio un especialista en un despacho tranquilo seis años antes, y la había pasado por todos los miedos que guardaba hasta que salió por el otro lado convertida en veredicto.

No había dejado un hueco para lo inexplicable. Había llenado el hueco con ella.

Allí sentado, por fin pude ponerle nombre a lo que había estado protegiendo.

No la ciencia; la ciencia nunca había necesitado protección.

Algo muy improbable no es algo imposible, y yo lo sabía como dato de manual sin dejar que se acercara jamás a mi pecho.

Lo había aplastado hasta dejarlo plano. No puedo tener hijos, me había repetido durante seis años, porque «muy improbable» era una puerta abierta, y las puertas abiertas dejan entrar la esperanza.

La certeza era una habitación cerrada. Era fría, pero allí no podía entrar nada y llevarse nada mío.

Y luego algo había entrado de todos modos, y yo había tratado a la persona que traía la noticia como si hubiera forzado la cerradura.

El teléfono me vibró contra la rodilla. Bajé la vista.

Era Renee. El mensaje era corto, en ese registro neutro y cuidadoso que habíamos aprendido a usar, cálido por los bordes, sin prometer nada. Aviso: lleva pateando desde la hora de comer. O sea, mucho. Pensé que querrías saberlo. No hace falta que contestes.

Lo leí dos veces. Algo giró muy adentro del pecho, despacio, como una llave en una cerradura.

Escribí: Me alegro de que me lo cuentes. Me gustaría saber más si te apetece contarlo. ¿Son patadas constantes o más bien a ráfagas?

Miré la pregunta después de escribirla. Podría haberlo buscado.

Podría haber encontrado la cronología, sacado la media, intentado adivinar qué significaba mucho en una tabla semana a semana.

En cambio, se lo había preguntado a ella, porque era la única que lo sabía, y porque la respuesta era suya, y a mí me tocaba solo recibirla.

Lo envié.

La respuesta llegó antes de que terminara el yogur. A ráfagas. Tiene su ritmo. Diez minutos de calma y luego es como una competición de gimnasia en miniatura. He tenido que parar en mitad de un paciente y respirar. El paciente pensó que me estaba dando un ictus.

Me reí en voz alta, solo en un descansillo de hormigón, y el sonido subió por el hueco de la escalera. ¿Se lo explicaste?

Le dije que acababa de acordarme de algo gracioso. Lo aceptó sin más.

Es una buena mentira.

No es mentira. Es una competición de gimnasia en miniatura.

Sostuve el teléfono y dejé que ese calor se quedara ahí, sin agarrarme a él, sin leer en él nada que no estuviera ahí.

No me estaba contando algo sobre nosotros.

Me estaba contando algo sobre nuestra hija, porque yo lo había preguntado y porque últimamente, cuando preguntaba, ella contestaba. Eso era todo. Y no era poco.

Pensé entonces en lo que le habría dicho al hombre del tobillo si me hubiera preguntado si estaba seguro.

Le habría dicho la verdad, que la certeza no era una opción.

Tenía un cuadro clínico, una exploración física, un conjunto de probabilidades y un reloj en marcha.

Había tomado la mejor decisión que respaldaban las pruebas y me había mantenido dispuesto a cambiarla, y en eso consistía toda la disciplina de la medicina.

Las pruebas dicen lo que es probable. Nunca se diseñaron para decir quién es una persona.

Había confundido el papel de las pruebas con el de la confianza.

Las pruebas podían decirme qué era probable que hiciera un cuerpo, qué mostraba una imagen, cómo soldaría un hueso.

No podían decirme si la mujer a la que amaba estaba siendo sincera, porque la sinceridad no se mide.

La confianza era la decisión que yo me había negado a tomar hasta que los datos la hicieran innecesaria.

La prueba confirmó lo que ella me había dicho desde el primer día; nunca podría devolverle lo que yo le había negado antes de que llegara.

La ciencia no me había fallado. Quería dejármelo muy claro a mí mismo, porque me conocía lo suficiente para ver la otra trampa que esperaba al otro lado de todo esto: la tentación de pasar de los números lo son todo a los números son el enemigo.

Ninguna de las dos cosas era cierta. Los números eran una herramienta, y buena, y pensaba seguir confiando en ellos en un quirófano el resto de mi carrera.

Lo que tenía que aprender era qué preguntas podían responder y cuáles no, y qué hacer con las manos cuando la respuesta fuera todavía no lo sé.