La duda entre nosotros (Dos líneas después nº 2) 15
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Había preparado mentalmente una frase para empezar. Se evaporó.

—Voy a hacerme una prueba de paternidad. Prenatal. A mí me sacan sangre y a ti te hacen un frotis bucal, en un centro de toma de muestras, con documento de identidad y un testigo. El laboratorio los compara. Los resultados tardan una semana, más o menos.

El silencio que siguió fue lo bastante largo para que mirara la pantalla por si se había cortado la llamada. No se había cortado. Lo oía respirar y, por debajo, el leve tictac de su piso, nuestro piso, que conocía tan bien como mi propio pulso. Un radiador, quizá. La nevera.

—Renee —dijo—. No tienes que hacer eso.

—Sé que no tengo que hacerlo.

—Lo digo en serio. No tienes que hacerlo por mí. No te lo estoy pidiendo. Yo nunca habría…

—No lo hago por ti.

Se calló. Cuando volvió a hablar, tenía la voz baja de una manera que yo reconocía. Era la voz que usaba con los pacientes asustados que todavía no lo decían.

—Vale.

—Quiero que quede claro, porque te oigo prepararte para estar agradecido y no lo quiero.

Tú no lo pediste. No tienes ningún mérito por algo que no pediste, y tampoco tienes derecho a lamentarlo, no de un modo que cambie lo que voy a hacer.

—Giré la taza un cuarto de vuelta entre las manos—.

Lo hago porque no voy a pasarme este embarazo con esa pregunta ahí sentada en medio de la habitación.

Ni en la consulta del pediatra con un formulario delante, ni con los ojos de nadie puestos en la cara de un recién nacido, ni con mi propia cabeza a las tres de la mañana.

Quiero cerrarlo. Esto no es más que eso.

—Es razonable.

—No me digas que es razonable.

Una pausa.

—Tienes razón. Lo siento. No sé cuál es la palabra.

—No hay ninguna. —Cerré los ojos. El escalón estaba frío a través de la chaqueta de punto—. En tu mensaje dijiste que no me pedirías nada que yo no ofreciera. Me di cuenta. Te estoy diciendo que me di cuenta, y te estoy diciendo que esto no es una oferta. Es información.

—Entendido.

Le conté la logística: el nombre del centro, la dirección, las dos citas que había elegido, la suya a las siete de la mañana para que pudiera estar en el quirófano a las ocho y la mía a las nueve cuarenta.

El laboratorio me enviaría los resultados a mí.

Yo se lo diría cuando los tuviera. Lo dije todo con mi voz de la URPA, la que usaba para dar el parte, rápida y completa, y oí que no me interrumpía.

Por debajo del silencio oí otra cosa, un hueco en el que el Victor que yo conocía habría dicho «¿qué laboratorio?»

y «¿cuáles son sus datos de validación?»

y «¿informan de un intervalo de confianza?»

. Prácticamente podía oír su instinto investigador forcejeando con la correa.

—Puedes buscarlos —dije—. Si quieres.

—No. —Lo dijo rápido, y luego más despacio—. Lo elegiste tú. Confío en que elegiste bien.

Abrí los ojos. Durante un momento miré la luz del porche, las polillas que se golpeaban contra ella, el cuadrado impecable del jardín de mi madre más allá de los escalones.

Había dicho confío a propósito de un laboratorio, de mi competencia para elegir un laboratorio.

No era lo que se me debía. Ni por asomo.

Pero lo había dicho, y lo había dicho en serio, y no conseguía decidir si eso lo volvía todo más fácil o mucho peor.

—Elegí bien —dije.

—¿Puedo al menos…

Se detuvo. Lo oí inspirar.

—Perdona. Es tuyo.

—Es mío.

—A la hora que sea. Donde sea. Dímelo y allí estaré. —Respiró otra vez—. ¿Cómo te encuentras?

Pensé en no contestar.

—Cansada. Con náuseas por la mañana, por la tarde y una vez a las dos de la madrugada. No soporto los huevos. Sé que tiene gracia.

—Tiene un poco de gracia. —Sonaba como si llevara un rato aguantándose algo—. A algunas personas les va bien el jengibre. Leí que… —Se frenó con tanta brusquedad que lo oí—. No pretendo… no tienes que…

Se me escapó una risa antes de que pudiera evitarlo, pequeña, arrancada del pecho por sorpresa.

—El jengibre sabe a castigo. La menta ayuda.

—Menta.

—No me compres nada, Victor.

—No. Claro que no.

Los dos escuchamos la línea un segundo. No sabía qué estaba mirando él. Yo sabía exactamente qué estaba mirando, y lo que estaba mirando eran mis propias manos.

—Buenas noches —dije.

—Buenas noches, Renee.