5
Torció la cabeza y me besó, fuerte, con la boca abierta y un poco desesperada.
—Más fuerte. Un poco. Solo un poco.
Le di lo que me pedía, un ritmo más profundo, más firme, con el brazo cerrado con fuerza alrededor de ella y la cara enterrada en la curva cálida de su cuello.
Se cerró a mi alrededor y me apretó la mano, y la sentí empezar a subir, ese temblor largo y creciente que arrancaba en sus muslos y le recorría todo el cuerpo.
—Victor —jadeó ella—. Victor, me voy a…
—Déjate llevar.
Se corrió con un grito largo y entrecortado que intentó amortiguar en la almohada, la espalda arqueada contra mi pecho y todo el cuerpo temblando entre mis brazos.
La sostuve hasta que pasó, con la mano firme, murmurando algo que después no recordaría, hasta que los temblores cedieron y se dejó caer contra mí, respirando con dificultad.
Yo estaba a punto. Lo estaba desde hacía un rato, así que aflojé el ritmo para darle un momento.
—No pares —susurró—. Termina. Quiero sentirlo.
Hundí la cara en su cuello y me dejé llevar, tres embestidas largas y luego una cuarta, y me corrí con su nombre en la boca y la mano abierta sobre su vientre. Me recorrió en una oleada honda e incontenible que me dejó pesado, vacío y tembloroso. Estuve un buen rato sin moverme.
Cuando por fin salí de ella, soltó un pequeño sonido de protesta y luego se rio de sí misma.
Me levanté, traje una toalla del baño y un vaso de agua, y aceptó las dos cosas con los ojos cerrados: se bebió la mitad y me pasó el resto.
Cuando volví a meterme bajo la sábana, se giró hacia mí y metió la cabeza bajo mi barbilla, con las trenzas nuevas extendidas con cuidado sobre la almohada para no aplastarlas.
—El pelo ha sobrevivido —murmuró.
—He tenido cuidado.
—Has tenido muchísimo cuidado. —Bostezó contra mi clavícula—. Te quiero. Tengo mucho sueño.
—Yo también te quiero.
—No te vayas.
—No me voy a ninguna parte.
Se quedó dormida en menos de un minuto, y todo su peso cálido se fue aflojando contra mí.
Me quedé quieto, con un brazo rodeándole la espalda, y escuché cómo el lavavajillas pasaba a la fase de secado al fondo del pasillo, un murmullo bajo y constante al otro lado de la pared.
Las gafas seguían dobladas en la mesilla.
El calendario estaba en la cocina, con la casilla de mañana casi vacía y toda la semana siguiente desplegada en sus filas de colores.
Pensé en el brunch y en si querría huevos o algo dulce.
No pensé en nada en particular y, poco a poco, los pensamientos se fueron deshaciendo en una oscuridad mansa.
Había muchísimas cosas en mi vida con las que había aprendido a no contar. Pero conocía el sonido de su respiración, y el olor a romero de su pelo, y el peso exacto de su cabeza bajo mi barbilla. Por lo que a mí respectaba, aquello eran hechos. Me quedé dormido abrazado a ellos.
Se habían acabado las pastillas blancas y no había pasado nada.
Un martes por la mañana me quedé plantada ante el lavabo con el blíster vacío en la mano, mirando las pequeñas cavidades de aluminio como si pudieran explicarse solas.
Durante seis años mi cuerpo había funcionado con una regularidad tan fiable que había dejado de prestarle atención.
Empezaban las pastillas blancas de placebo y, al segundo día, con unas horas de margen, me llegaba la regla como una compañera de trabajo que siempre ficha a su hora.
Victor llevaba todos los demás horarios de nuestra vida en un calendario con códigos de colores y nunca había necesitado apuntar ese.
Él habría dicho que era porque había aprendido a leerme.
Yo habría dicho que era porque la píldora hacía lo que tenía que hacer.
Aquel era el día seis. El día cuatro había habido una mancha color óxido que duró una tarde y desapareció, y desde entonces, nada.
Me había pasado tres días diciéndome que esa había sido la regla, una regla corta, de las que produce un cuerpo después de un mes duro.
Y había sido un mes duro. Habíamos ido faltos de personal en la URPA casi todo el mes y yo había sacado adelante cuatro fijaciones de cadera y una sala entera de prótesis de rodilla en una sola semana sin sentarme el tiempo suficiente para terminarme un bocadillo.
El estrés podía hacer cosas raras con el ciclo.
Lo sabía de la manera profesional en que sabía casi todo: desde el otro lado de la barandilla de una cama, explicándoselo con delicadeza a otra persona.
Tiré el blíster a la basura y me puse con las trenzas.
Detrás de mí, por la puerta abierta, el piso olía al café de Victor.
Se había ido a las seis menos veinte para una operación de las siete, y el café que había hecho seguía en la placa de la cafetera, y el olor me venía persiguiendo por toda la casa desde que me levanté.
Dos semanas antes era uno de mis olores favoritos del mundo.
Esa mañana me llegaba a través de dos habitaciones, plano, quemado y extrañamente agrio, y tuve que encender el extractor del baño y respirar por la boca.
Entonces no até cabos. Quiero ser honesta en eso, porque más tarde, cuando contaba la historia, a la gente le gustaba decir que yo tenía que haberlo sabido.
No lo sabía. Tenía una lista de hechos pequeños y sin relación entre sí, y era una experta en no conectar hechos pequeños y sin relación entre sí, porque nadie sobrevive a turnos de doce horas si se detiene a preguntarse por cada molestia.
Estaba cansada con un cansancio al que el sueño no llegaba.
El domingo me había quedado dormida en el sofá a las ocho y cuarto con un libro abierto sobre el pecho, y Victor me había echado la manta por encima de las piernas, me había quitado el libro y me había marcado la página con un tique de la compra.
Me dolían los pechos al ponerme el sujetador.
El viernes había abierto una muestra de perfume, un nardo que me había gustado lo suficiente para encargar el frasco entero, y lo solté tan rápido que casi se me cayó.
Y el sábado me habían entrado unas ganas enormes de las patatas al vinagre que Victor tenía siempre en la despensa, las saladas que compraba porque una vez mencioné que me gustaban.
Me comí media bolsa de pie en la cocina.
El lunes, con solo ver la bolsa, se me revolvió el estómago.
Comprobé las cosas que una comprueba. No me había olvidado ninguna pastilla.
Nunca lo hacía, porque me la tomaba con el primer sorbo de lo que fuera por la mañana, y el hábito era tan antiguo que había dejado surco.
No había estado enferma ni había vomitado, y no tomaba nada nuevo.
Repasé la lista como lo haría con una paciente que no pudiera explicar sus síntomas, y todas las respuestas salieron limpias, y esa limpieza me inquietó de otro modo.
Comprobé las cosas que una comprueba. No me había olvidado ninguna pastilla.
Nunca lo hacía, porque me la tomaba sobre las nueve cada noche con el último trago de agua, y el hábito era tan antiguo que había dejado surco.
No había estado enferma ni había vomitado, y no tomaba nada nuevo.
Repasé la lista como lo haría con una paciente que no pudiera explicar sus síntomas, y todas las respuestas salieron limpias, y esa limpieza me inquietó de otro modo.
Así que las probabilidades estaban en mi contra por dos vías distintas, multiplicadas entre sí. Según cualquier cálculo razonable, yo era una mujer cansada con el ciclo descolocado y una nariz que había decidido odiar el café.
Me fui a trabajar de todos modos. Apliqué protocolos antieméticos a dos pacientes sin ninguna dificultad, lo cual habría tenido gracia si hubiera estado de humor.
Uno de ellos, un hombre de setenta y tantos que salía de una prótesis de rodilla, me preguntó si me encontraba bien porque me había quedado callada.
Le dije que estaba bien y le ajusté la manta un poco más de lo necesario.
A las dos me descubrí de pie en el mostrador de la sala de medicación con la mano plana sobre el bajo vientre.
La retiré rápido, como se aparta la mano de un fogón, y miré alrededor para asegurarme de que nadie me había visto.
Después del turno no fui directa a casa.
Pasé de largo la farmacia que está a dos manzanas de nuestro edificio y seguí conduciendo, porque el farmacéutico de allí llamaba a Victor por su nombre y preguntaba por su madre.
Fui a la parafarmacia grande que hay al otro lado del barrio, con su luz agresiva y su pasillo de productos de planificación familiar, siempre ordenado, al parecer, por alguien con ganas de avergonzarte.
Me quedé delante de los test más tiempo del que habría admitido.
Había más marcas de las que esperaba, con promesas distintas sobre lo pronto y lo seguro.
Cogí dos: el sencillo, el de las rayitas, y uno de los digitales que te escribe la respuesta con palabras.
Soy de las que confirman. Si iba a equivocarme, quería equivocarme dos veces.
La cajera era una adolescente con un aro en el labio que los pasó entre otros dos artículos sin levantar la vista.
—¿Tique en la bolsa?
—Sí, por favor.