La duda entre nosotros (Dos líneas después nº 2) 1
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La duda entre nosotros (Dos líneas después nº 2)

La duda entre nosotros (Dos líneas después nº 2)

Por Ella May Hunter

© inepub.com

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A las dos de la tarde, el box seis llevaba cuarenta minutos siendo mío, y el hombre que lo ocupaba había decidido que yo era la única persona del edificio de fiar en materia de ginger ale.

—No digo que los demás me estén mintiendo —dijo desde la cama, con la grave dignidad de un hombre que llevaba despierto desde las cuatro de la mañana y sin comer desde medianoche—. Digo que usted me ha mirado a los ojos.

—Puede tomar hielo picado —dije—. El ginger ale llegará cuando su estómago deje de discutir con la anestesia.

—No está discutiendo.

—Ha vomitado en una palangana a la una y cuarto.

—Eso ha sido una discrepancia.

Tenía sesenta y ocho años, era conductor de autobús escolar jubilado y hacía ochenta minutos que le habían implantado una prótesis total de rodilla izquierda.

Llevaba, envuelto alrededor de una articulación que había sido hueso contra hueso durante diez años, un apósito quirúrgico del tamaño de un libro de bolsillo.

Tenía además una cantidad absurda de encanto, algo que yo siempre interpretaba como buen signo pronóstico.

Los que conservaban el humor durante la primera hora dura solían ir bien.

Terminé la parte de la valoración que importaba más que su opinión sobre el ginger ale.

El apósito estaba seco e intacto, sin nada que lo hubiera traspasado.

El vendaje de frío seguía frío y bien colocado, lo que no estaba garantizado cuando el traslado venía con prisas.

Le apoyé los dedos en el dorso del pie y encontré buen pulso; luego le apreté una uña y vi cómo volvía el color, como debía.

—Mueva los dedos de los pies. Bien. Ahora empuje el pie hacia abajo, como si pisara el acelerador.

Lo hizo, un poco despacio. La raquídea se le iba pasando según lo previsto, el bloqueo nervioso aguantaba la cara anterior de la rodilla y la parte de atrás estaba dejando claro lo que opinaba.

—¿Dónde estamos en la escala del cero al diez?

—Cuatro. Cuando he entrado era un siete.

—En el cuatro es donde quiero tenerlo. Dígame si pasa de cinco. Prefiero adelantarme al dolor que ir detrás de él.

—Sí, señora.

—No me llame señora. Tengo treinta y tres años.

—Sí, jovencita.

—Eso es peor —dije, y él se rio, hizo una mueca de dolor y volvió a reírse de sí mismo por la mueca.

A mi espalda, la unidad zumbaba en su tono corriente de media tarde.

Un monitor pitó dos boxes más allá y se calló cuando alguien lo silenció.

La sala de reanimación tenía a esa hora un sonido particular, una capa baja de voces, ruedas de plástico y la suave percusión electrónica de las constantes vitales.

Después de nueve años solo lo notaba cuando cambiaba.

Al otro lado del pasillo, Curtis escribía en el ordenador con ruedas, con una cadera apoyada en el mostrador y las gafas de leer subidas al pelo, lo que significaba que estaba a punto de acabar y fingía que no.

—Tu conductor de autobús me pidió ginger ale al entrar —dijo Curtis sin levantar la vista—. Quiero que quede constancia de que yo le dije no primero.

—Lo he oído.

—He sido muy firme.

—Has dicho, y cito al paciente: «Déjeme comprobarlo, señor».

—En mi idioma, eso es firmeza.

Curtis Shaw llevaba doce años de enfermero en la URPA y hablaba con fluidez el dialecto de la evasiva diplomática.

Podía decirle a una familia que la operación de su madre se había alargado sin que a nadie se le acelerara el pulso.

También podía calmar a una chica de veinte años muerta de miedo por un tobillo roto hablándole de su serie favorita hasta que al miedo no le quedaba sitio donde apoyarse.

Era bueno, lo sabía, y nunca me había hecho sentir que yo competía con él.

—Mi marido dice que soy demasiado blando con la gente del ginger ale.

—Tu marido es un mentiroso.

—Mi marido es contable. Es peor. Tiene recibos.

Todavía estaba sonriendo cuando se abrieron las puertas del fondo de la unidad y entró Victor.

No me volví. Había aprendido a no levantar los ojos de lo que estuviera haciendo, en parte por profesionalidad y en parte por autoprotección, porque Victor con el pijama quirúrgico azul marino y el gorro,

caminando con esa zancada tranquila y ligeramente inclinada hacia delante que usaba cuando pensaba en los huesos de otra persona, era un peligro para mi concentración.

Ya me sabía su cadencia de memoria. La reconocía desde el otro extremo de un aparcamiento y a través de una puerta cerrada.

Se detuvo a los pies de la cama y habló primero con el paciente. Esa era la parte que la gente no veía cuando miraba a un cirujano y sacaba sus conclusiones.

—¿Cómo va la rodilla nueva?

—La doctora dice que es un cuatro.

—Y el doctor dice que es un buen número. —Victor me miró entonces, y fue una mirada profesional, directa y atenta, dirigida a mi cara y ni un centímetro más abajo ni un segundo más de lo necesario—. ¿Dónde estamos?

Le di el parte. Alerta y orientado en las cuatro esferas.

Saturando noventa y siete con aire ambiente.

Apósito limpio, seco e intacto, sin exudado más allá del borde marcado.

Estado neurovascular distal conservado, dedos calientes, sensibilidad recuperándose, función motora intacta.

Dolor de siete al llegar, de cuatro después de medio miligramo de hidromorfona a la una y diez.

Un episodio de vómito a la una y cuarto, tratado con ondansetrón, ninguno más desde entonces. Tolerando hielo picado.

—Las náuseas —dijo Victor—. ¿Crees que son del opioide o del anestésico?

—Creo que de los dos, pero preferiría no añadir más opioide del necesario. Si podemos retrasar la siguiente dosis hasta que pase de cinco y apoyarnos en el bloqueo y en el paracetamol pautado, creo que mantendremos el estómago tranquilo.

Lo pensó unos dos segundos. Tenía la costumbre de mirar justo a la izquierda de aquello en lo que estaba pensando, como si la respuesta estuviera escrita en la pared y él estuviera comprobando la ortografía.

—De acuerdo. Retrásala salvo que pase de cinco. Si se dispara, llámame antes de administrar nada. —Y luego, al paciente—: Ella sabe lo que hace. Si le dice que espere a algo, espere.

—Ya me lo imaginaba —dijo el paciente—. No me da ginger ale.

—Eso es porque tiene razón —dijo Victor, y no se le movió nada en la cara, pero la mirada se le desvió una fracción de segundo hacia la pizarra blanca que había junto a la cama, donde yo había escrito ¿¿GINGER ALE?

? en mayúsculas como recordatorio para decir no.

La miró. Vi cómo se le movía apenas la comisura de la boca.

Luego apartó la vista, y la luz fluorescente de la unidad le arrancó un brillo al borde del bolígrafo prendido del cuello del pijama.

Era un bolígrafo negro con una fina banda dorada alrededor del cuerpo.

Había vivido año y medio en el cajón de los trastos de nuestra cocina, y la última vez que lo había visto fue esa misma mañana, en mi propia mano, cuando escribía la lista de la compra a oscuras mientras él buscaba los zapatos.

No me había dado cuenta de que lo cogiera. No dije nada, y no volví a mirarlo.

—Gracias, Renee —dijo él.

—Dr. Ibarra.

Anotó algo en la tableta, tocó una vez la barandilla de la cama al pasar y siguió hacia el siguiente cubículo con el mismo paso tranquilo, ya preguntando por la cadera de otro paciente. Curtis le dedicó al techo una mirada muy larga y muy inocente.

—Yo no he dicho nada —dijo Curtis.

—Respiras muy fuerte.

—Respiro de manera profesional.

Escribió unas palabras más y luego añadió, en tono neutro, hacia el ordenador:

—Te ha cogido el bolígrafo.

—Es un bolígrafo.

—Es un bolígrafo bueno.

Me volví hacia mi paciente, que había cerrado los ojos, y tomé nota de volver a mirarle la tensión en quince minutos.

Mi turno acababa a las siete. Victor tenía consulta hasta las cinco y media y después una pila de dictados que se tragaría con las gafas puestas y los hombros subiéndole poco a poco hacia las orejas.

Llegaría a casa antes que yo. Siempre lo hacía los jueves.

Pensé en el lavavajillas, en si me había acordado de ponerlo esa mañana, y en si quedaban plátanos macho maduros en la bolsa de papel de la encimera.

Cuando mi paciente volvió a abrir los ojos y preguntó, con mucha educación, por los trocitos de hielo, yo ya había dejado de pensar en el bolígrafo, porque no había nada que pensar al respecto.

Lo vería en casa. Así era como iba la tarde, sin más.

El piso olía a ajo y a arroz caliente cuando abrí la puerta a las siete y cuarenta.

Me quedé un segundo en la entrada, con el bolso resbalándome del hombro y los pies doliéndome de esa forma tan concreta en que dolían después de doce horas sobre un suelo duro, y dejé que el olor se me fuera posando encima.

En algún punto más allá del pasillo se abrió y se cerró una puerta de armario, y después un cajón, y empezó un raspar grave y constante que reconocí sin necesidad de verlo.

Colgué el abrigo en el gancho, dejé las llaves en el platito de cerámica de la mesa de la entrada y miré el otro platito que estaba al lado, el que usaba para mis muestras de perfume.

Ya había diecinueve viales dentro, ordenados más o menos según si ya me fiaba de ellos o no.

Uno estaba tumbado de lado, destapado, y desde la puerta supe que Victor había vuelto a meter mano en el platito.

—Has estado olisqueando mis muestras —dije en voz alta.

—Estaba investigando —me contestó Victor a voces.

—¿Cuál?

—El marrón del punto rosa.

Lo cogí y lo olí. Higo y humo y algo verde por debajo de los dos. Llevaba una semana sin decidirme con él.

—¿Y?

—Huele a una biblioteca a la que le ha pegado fuego alguien que la adora.

Apareció en el pasillo con la camiseta gris que tenía desde la residencia y unos pantalones de chándal con un agujerito prometedor en la rodilla, un destornillador en una mano y las gafas en la otra.

Las gafas significaban que había estado leyendo, o frustrado, o las dos cosas.

Llevaba el pelo con ese aplastamiento leve que le dejaban las horas bajo el gorro quirúrgico, y parecía cansado y completamente a gusto, como solo parecía una vez que la puerta se cerraba a su espalda.

—Y lo digo como un cumplido. Yo me lo pondría.

—No te lo pondrías.

—Me lo pondría para un funeral.