La doncella Capítulo 11 #2
62%

Capítulo 11 #2

Nuestra habitación es simple pero cómoda: una cama grande, un lavabo, toallas suaves para secarse.

Él cierra la puerta y el mundo parece reducirse a nosotros dos.

El aire está cálido, teñido del tenue aroma a lavanda de las sábanas.

Rooke no se apresura. Sus movimientos son deliberados, pausados, como si saboreara cada segundo.

Sus manos se posan en mi cintura; sus pulgares trazan pequeños círculos perezosos contra la tela de mi vestido.

Cuando sus labios encuentran los míos, el beso es más suave esta vez, menos voraz, pero igual de poderoso.

Es como si me hablara con cada caricia, cada aliento, diciéndome algo que las palabras nunca podrían capturar del todo.

Se retira lo suficiente para encontrar mi mirada, con la frente apoyada suavemente contra la mía.

—Syrrah —murmura, la voz áspera de emoción—, si esto es demasiado...

Lo silencio con un beso, vertiendo en él todo lo que siento: la confianza, la necesidad, la pura maravilla de lo que estamos construyendo juntos.

—Estoy bien, Rooke —susurro, con la voz firme a pesar del trueno de mi corazón—. Sé que estoy a salvo contigo.

Su expresión se suaviza y una sonrisa le tira de las comisuras de la boca.

Aparta un mechón de cabello de mi rostro; sus dedos se demoran contra mi mejilla.

Lenta, cuidadosamente, comienza a quitarme el vestido, con manos suaves pero seguras.

Cada movimiento se siente como una pregunta, una promesa, y le permito desenvolverme pieza por pieza, despojándome no solo de la tela sino del peso de todo lo que me ha retenido.

—Eres magnífica —dice con voz baja, reverente, mientras su mirada me recorre. Sus manos siguen el mismo camino, cálidas, anclándome; su contacto enciende un fuego que tiene tanto de conexión como de deseo.

Se inclina; sus labios trazan un camino a lo largo de mi hombro, la curva de mi clavícula, antes de regresar a los míos. No hay urgencia, no hay exigencia, solo una intensidad tranquila que habla de una necesidad mucho más profunda.

El jergón cede suavemente bajo nosotros mientras Rooke me acomoda en la cama; sus manos no abandonan mi piel.

El lino fresco contrasta con el calor de su contacto y me hace temblar de una manera que no tiene nada que ver con el frío.

Él me sigue, apoyándose sobre mí; su peso es una presencia reconfortante sin resultar abrumador.

Su mano traza un camino lento a lo largo de mi brazo, desde el hombro hasta la muñeca; sus dedos apenas me rozan la piel.

Es un susurro de caricia, ligero y provocador, pero me envía un escalofrío por la columna.

Su otra mano me acuna el rostro; su pulgar me roza el pómulo mientras su mirada busca la mía.

—Te necesito —murmura con voz suave pero firme—. Desesperadamente, Syrrah.

Captura mis labios en un beso profundo, hambriento. Su boca se desplaza a la curva de mi cuello, su aliento cálido contra mi piel. No puedo evitar arquearme hacia él mientras sus besos descienden.

Sus manos están en todas partes, recorriendo las líneas de mi cuerpo con una reverencia que me hace sentir lo más precioso que él haya sostenido jamás. No tiene prisa; saborea cada reacción, cada suspiro y escalofrío.

Bajo el toque hábil de Rooke, mi mundo se reduce a pura sensación.

Sus dedos danzan sobre mi carne acalorada; cada caricia provoca respuestas.

Mis extremidades tiemblan, abrumadas por la intensidad del sentimiento, del deseo.

Su manera de tocarme —con reverencia pero con pasión inconfundible— enciende cada terminación nerviosa.

—Déjate llevar, doncella —susurra con la voz ronca de emoción.

Su atención cuidadosa despierta oleadas de placer que amenazan con consumirme.

Esas manos fuertes que he visto empuñar una espada ahora me acarician con exquisita ternura, sabiendo exactamente cómo hacer durar cada sensación.

Cada vez que me acerco al clímax, suaviza su tacto y alarga el momento hasta que su nombre escapa de mis labios como una plegaria.

Mis manos se aferran a sus hombros y siento los poderosos músculos tensarse bajo mis dedos.

La luz de la luna se filtra por la ventana y proyecta sombras plateadas sobre su rostro, realzando la intensidad de su mirada mientras me observa. La reverencia de sus movimientos revela algo mucho más profundo que el deseo físico.

—Dime que eres mía —susurra contra mi cuello; sus palabras son tanto pregunta como súplica. Sus labios rozan el pulso de mi cuello y me hacen estremecer—. Dime que tú también lo sientes... esta conexión que arde entre nosotros.

A través de la bruma del placer, percibo la vulnerabilidad en su voz, la necesidad de conexión que refleja la mía. Este hombre poderoso, que desnuda su corazón ante mí y me confía no solo su cuerpo, sino su alma.

Alargo la mano y le quito suavemente el parche del ojo. Se tensa, pero luego inclina la cabeza para que pueda quitárselo.

Una cicatriz le recorre la ceja y baja hasta la parte superior del pómulo. Su iris es de un blanco lechoso, y la cicatriz frunce las comisuras del párpado.

—Ya no tan gallardo —bromea.

—No —convengo—. Eres mucho más guapo sin el parche.

Parpadea.

—Has elegido mal momento para halagarme el ego, estando yo como vine al mundo.

Envalentonada, deslizo la mano entre nosotros y lo acaricio por encima de la tela.

—Quizás deberías quitarte la ropa, porque me gustaría acariciar algo muy distinto.

Le arranco una carcajada.

—Si la dama insiste.

Se aparta y se despoja de la ropa con una habilidad casi alarmante. Y entonces está desnudo ante mí. Lo devoro con la mirada y se me corta la respiración ante la pura fuerza que emana de él.

Rooke es todo líneas afiladas y músculo duro, tallado por la supervivencia más que por la vanidad.

Un cuerpo forjado para la batalla, para la resistencia, para encajar el dolor y seguir adelante pase lo que pase.

Sus hombros son anchos, su pecho poderoso, su cintura esbelta.

Pero no es solo su fuerza lo que me acelera el pulso.

Son las cicatrices.

Viejas heridas, sanadas hace tiempo pero nunca olvidadas, le surcan los brazos, las costillas, los costados: cada una es testimonio de una vida duramente vivida.

Pero las peores son las quemaduras del pecho.

Franjas finas y retorcidas de piel que le cruzan el corazón, espaciadas de forma uniforme y de longitudes idénticas.

Su uniformidad deliberada solo puede significar una cosa: alguien le hizo esto.

Alargo la mano antes de poder contenerme y mis dedos rozan su textura áspera. Se tensa bajo mi tacto, pero no se aparta.

—¿Qué pasó? —pregunto.

—Castigo —dice simplemente—. Por mis pecados.

Se me encoge el corazón. Quiero preguntar más: quién lo castigó, qué crimen cometió, por qué habla como si lo hubiera merecido.

Pero no quiero desenterrar recuerdos dolorosos.

No ahora, en este momento que debería ser de placer.

En su lugar, apoyo la palma entera contra él, piel cálida contra piel cálida.

Su respiración se entrecorta, con la mirada fija en la mía.

Me atrae hacia él y me cubre con su cuerpo hasta que nos alineamos como si estuviéramos hechos el uno para el otro.

Rooke apoya los antebrazos a cada lado de mi cabeza y me encierra sin hacerme sentir atrapada.

La luz del fuego parpadea sobre su rostro y proyecta sombras que lo tallan en algo suave y afilado a la vez, fuerte y terriblemente frágil.

Y su mirada…

Dioses, cómo me mira.

Rooke me observa con un hambre que me roba el aliento. Una mirada oscura, de párpados pesados por el deseo, sí, pero debajo hay una desesperación dolorosa. Me observa con algo que se asemeja peligrosamente a la reverencia.

Como si yo fuera algo sagrado. Algo precioso. Algo que no tiene derecho a tocar, pero a lo que no puede resistirse.

Su mano se desliza entre nosotros, recorre mis rizos, me separa con suavidad y me provoca con los toques más ligeros.

Jadeo y clavo los dedos en el músculo duro de sus hombros.

Su control es agonizante. Lo veo en la tensión de su mandíbula, en cómo su pecho sube y baja con respiraciones irregulares y entrecortadas, en cómo su cuerpo tiembla mientras se contiene.

Desea esto, me desea a mí, con una desesperación que puedo sentir en cada músculo tenso de su cuerpo. Y sin embargo, espera. Por mí. Por mi elección.

—Me temo que necesito que me guíes —susurro mientras deslizo una mano por su pecho.

—Creo que sugeriste acariciar, señora sanadora.

Su voz es ronca, oscura, llena de una emoción para la que aún no tengo palabras. Se inclina y su aliento cálido me roza el oído.

—Me consume el deseo. Sácame de mi tormento, Syrrah.

El sonido de mi nombre en su boca, cargado de necesidad, de anhelo, de algo peligrosamente cercano a la devoción, hace que el calor me recorra las venas.