Capítulo 8
Syrrah
Se arrodillaron para recibir Sus bendiciones, luego se alzaron para quebrantarla. La misericordia de Amara era grande, pero no infinita. Por eso Ella partió, y consigo se llevó el alma del mundo».
— DE EL LIbrO DE LOS DIOSES SILENCIOSOS
Tengo las manos atadas, pero las piernas libres. Mientras caminamos, analizo mi situación. Tres hombres armados, todos más grandes y fuertes que yo.
No me han registrado; seguramente dan por hecho que una mujer no llevaría nada peligroso. La enredadera de auriela sigue en mi bolsillo, y la daga reposa contra mi muslo.
No estoy indefensa, a pesar de mi situación desesperada.
Nos detenemos cuando el sol empieza a ponerse y acampamos en un pequeño patio. Antiguos pilares se alzan a nuestro alrededor, con sus sombras que se extienden como dedos sobre el suelo. En el centro hay una fuente seca y desmoronada, con la cuenca llena de hojas muertas.
Hay rosas talladas en los pilares, y me invade una sensación de paz mientras contemplo una de ellas y veo una luz azul parpadear sobre su superficie.
Haré lo que deba para sobrevivir.
—Hazte útil —ordena Addicas mientras me pone una olla en las manos—. Prepara comida.
Miro con intención la cuerda que me ata las muñecas.
—Necesitaré las manos.
Me estudia como si sopesara el peligro que represento, y luego asiente a Peitr. El espadachín corta mis ataduras, pero mantiene la espada en alto.
—Intenta algo —advierte— y desearás que te hubiéramos dejado con tu amigo muerto.
El recuerdo de Rooke me atraviesa el pecho con un dolor fresco, pero lo aparto.
Concéntrate, me digo. Mantente viva. Haz que paguen. Por Rooke.
Me observan mientras preparo un guiso sencillo con sus provisiones, pero ninguno se da cuenta cuando deslizo cuatro hojas de la enredadera de auriela en la olla. Las hojas se disuelven rápidamente y liberan sus potentes aceites en el caldo.
—Huele bien —dice Eryn, inclinándose.
Entonces su mano encuentra mi cintura. Su contacto es un peso caliente e invasivo; sus dedos se curvan sobre mi cadera y me manosean el trasero como si yo no fuera más que una posesión que manejar, que reclamar.
Mi cuerpo reacciona al instante. No con miedo. No con pánico. Sino con furia pura y sin diluir.
Me sobresalto; cada músculo se tensa, la columna se me pone rígida como si me hubiera alcanzado un rayo. Aprieto los dientes, y el crujido agudo del esmalte contra el esmalte es lo único que impide que la furia se me escape en un gruñido.
¿Cómo se atreve?
El calor me inunda, no el calor de la vergüenza ni el chisporroteo del deseo, sino el ardor abrasador de una rabia ultrajada.
No soy suya. No soy de nadie.
—Quizá deberíamos quedárnosla cuando el amo termine —reflexiona Eryn mientras sus dedos aprietan, tantean—. Nos vendría bien una buena cocinera.
El aliento me sisea entre los dientes.
Lentamente, deliberadamente, giro la cabeza para mirarlo. Se me eriza la piel donde me toca, cada nervio me grita que le arranque la mano, que le rompa los dedos uno por uno.
Pero no me estremezco. No me acobardo.
Dejo que vea el fuego que arde detrás de mis ojos. Dejo que sienta la promesa de violencia enroscada bajo mi piel.
Me guiña un ojo con una sonrisa, como si mi furia no fuera más que el zumbido de una mosca molesta.
Me aparto de su contacto con la piel erizada.
—Tiene que hervir a fuego lento.
El guiso burbujea en silencio mientras el sol se pone y da paso al rojo de la luna que aún cuelga en el cielo. El aroma sabroso llena el aire y enmascara el matiz dulce de la auriela. Mis captores se impacientan cada vez más; el hambre los vuelve groseros y malhumorados.
Cuando por fin les sirvo, se abalanzan sobre la comida como lobos hambrientos. Los observo comer mientras cuento cada cucharada y calculo cuánto tardará la enredadera en hacer efecto. Mi cuenco sigue intacto.
—¿No tienes hambre? —pregunta Peitr.
Me toco la garganta.
—No.
Se ríe y coge mi cuenco.
—Más para nosotros entonces.
Padre siempre dijo que el lugar de una mujer era servir a otros: servir la comida, servir a los hombres, servir a los Dioses.
Toda mi vida ha sido una jaula construida con las expectativas de los hombres.
Sé callada. Sé pura. Agradece tu lugar. Incluso en este laberinto de horrores, creen que pueden poseerme, intercambiarme, doblegarme a su voluntad.
—¿Más guiso? —pregunto con dulzura mientras interpreto el papel que esperan: dócil, servicial, inofensiva.
Eryn me sonríe con esa misma mirada lasciva que tiene desde que me capturaron.
Su mano se desvía hacia mi cadera mientras sirvo, y dejo que piense que su contacto me asusta.
Dejo que crea que mi temblor es de miedo y no de rabia.
Ven lo que esperan ver: una novia capturada, ya doblegada a su voluntad. No notan cómo los observo comer, cada cucharada una victoria. No cuestionan por qué rechazo mi propia porción. Al fin y al cabo, una mujer no merece atención.
Addicas es el primero en tambalearse; sus palabras se arrastran. La confusión en sus ojos me produce una oscura satisfacción. Peitr lo nota después e intenta ponerse de pie, pero las piernas le ceden. Su espada, la que sostuvo contra mi espalda, cae inútil al suelo.
—¿Qué has hecho...? —los ojos de Eryn se abren de par en par cuando la comprensión llega demasiado tarde. Su agarre en mi cadera se debilita; la mano cae mientras el veneno hace efecto.
—El lugar de una mujer es servir —les digo mientras observo sus intentos desesperados de luchar contra la oscuridad que los invade—. Consideren esto mi último acto de servicio a hombres como ustedes.
Caen uno por uno; sus cuerpos golpean la piedra con ruidos sordos que resuenan como tambores de victoria en mi pecho. Me arrodillo junto a Eryn y le compruebo el pulso. Fuerte, constante: vivirá, probablemente. Saber que les he hecho daño debería molestarme más de lo que me molesta.
—Duerman bien —susurro mientras recupero la daga larga de Peitr; la espada no puedo cargarla—. Sueñen con el momento en que creyeron que una mujer era suya para reclamar.
De pie sobre sus cuerpos inconscientes, siento algo duro y brillante que se despliega en mi pecho: no es exactamente alegría, no es exactamente rabia, sino algo poderoso y nuevo. Algo que sabe a libertad.
Despertarán en una semana, quizá dos, si algo no los encuentra antes. Y cuando lo hagan, debilitados e indefensos, que recuerden a la novia que creyeron poder enjaular y que se convirtió en la arquitecta de su caída.
Uso la espada de Peitr para cortar las cuerdas con las que él me había atado los tobillos, trabándome como a un caballo para evitar que huyera. La hoja está bien equilibrada, con un filo tan afilado que canta. Me servirá bien si la necesito.
—Haces que un hombre se sienta bastante inadecuado, Inocencia.
Me giro en redondo y alzo la espada en una torpe postura defensiva. Rooke se apoya contra un arco, con una mano presionada contra la sien cubierta de sangre seca. Está pálido y se balancea ligeramente, pero está vivo. Muy vivo.
—Rooke.
La espada cae de mis dedos, de pronto entumecidos.
—Pensé que... Te vi...
Su ojo brilla con una mezcla de orgullo y diversión.
—Se necesita más que un golpe en la cabeza para matarme.
Se acerca más, pasando por encima del cuerpo postrado de Eryn.
—Aunque admito que fue un golpe impresionante. Desperté justo a tiempo para seguir tu rastro.
Su mirada baja hacia los hombres inconscientes.
—Parece que no necesitaba haberme apresurado.
El alivio y la ira luchan en mi pecho.
—Pensé que estabas muerto.
—Estaba inconsciente —corrige, ahora lo bastante cerca como para tocarme.
Su mano me ahueca la mejilla, y el pulgar me limpia lágrimas que no sabía que había derramado.
—Lamento haberte asustado.
—No estoy asustada —miento, aunque me inclino hacia su contacto—. Estoy furiosa.
—Puedo notarlo.
Su sonrisa se vuelve perversa.
—Es increíblemente atractivo. Yo...
Lo beso.
Durante un instante no reacciona, no se mueve, ni siquiera respira.
Puedo sentir la tensión que lo recorre, el momento de vacilación atónita, como si no hubiera esperado esto, como si no pudiera creer del todo que yo sería quien acortara la distancia.
Entonces sus manos se enredan en mi cabello, y un gemido grave le retumba en el pecho mientras me atrae más hacia él, aplastando cualquier distancia entre nosotros.
Este no es el cuidadoso tanteo de nuestro primer beso, ni el alivio desesperado del segundo.
Esto es calor y hambre, posesión y promesa.
Su cuerpo se aprieta contra el mío, calor y fuerza y algo casi desesperado, hasta que mi espalda choca con el pilar detrás de mí.
La piedra fría no hace nada por templar el fuego que crece entre nosotros.
Su mano se desliza por mi costado, lenta, reverente, moldeando la curva de mi cintura antes de aferrar mi cadera y anclarme a él.
Jadeo contra sus labios, y él traga el sonido con avidez, como si quisiera robar cada aliento que le ofrezco.
Enrosco los dedos en su túnica y siento el músculo sólido debajo, el latido de su corazón tan frenético como el mío.
Una pequeña parte de mí me recuerda mis votos, el decoro al que me he aferrado toda mi vida.
Susurra que debería apartarlo. En cambio, lo atraigo más hacia mí, con los dedos clavándose en sus hombros como si pudiera evitar que volviera a marcharse.
Su boca viaja por mi cuello, dejando un rastro de fuego a su paso. Cada caricia enciende algo nuevo en mí, algo salvaje y anhelante que nunca me había permitido sentir. Cuando sus dientes rozan el pulso de mi cuello, jadeo.
—Dime que pare —murmura contra mi piel—. Dime que estás honrando tus votos.
Mis votos.
Votos pronunciados en mi nombre, sobre mí, atándome a una vida que no pedí.
Debería ser piadosa. Obediente. Una sanadora. Una criatura tranquila, una criatura dulce, destinada solo a dar, a reparar, a servir.
Pero esa nunca fue quien estaba destinada a ser.
Aquí, bajo las manos de Rooke, soy más de lo que me dictaron. Soy más que expectativa. Más que sacrificio.
—Dime que pare, Syrrah.
No puedo mentir, no aquí en el Laberinto, donde la verdad tiene tanto poder. Porque quiero esto. Lo quiero a él. Quiero todo lo que me ofrece con sus manos hábiles y su boca perversa.
Esto no es algo que él vaya a quitarme. Esta hambre, esta necesidad, este deseo es mío. Por primera vez, sin expectativas, sin el deber aplastándome como el hierro, estoy eligiendo lo que quiero.
Y quiero esto. Lo quiero a él.
Pero más que eso, quiero desear. Quiero tomar. Quiero reclamar algo para mí misma.
Esta es mi revuelta.
Esta es mi rebelión.
—No tengo juramentos —susurro—. Renuncio a todos los votos. Mi cuerpo es solo mío.
Las palabras saben a revolución. A fuego. A libertad.
Y nunca me he sentido más viva.
Rooke gime, un sonido hambriento y desesperado. Entonces se hunde de rodillas ante mí, aparta los bordes rasgados de mi vestido y expone más de mí al aire fresco, y a él. Sus manos se deslizan por mis muslos, dejando rastros de fuego a su paso.
—Confía en mí —susurra, mirándome con tal intensidad que me roba el aliento—. Déjame mostrarte lo que es el placer.
Su sonrisa es puro pecado mientras presiona un beso en la cara interna de mi muslo.
—Agárrate al pilar —me indica—. Vas a necesitarlo.
El primer roce de su lengua me hace gritar. Es diferente a todo lo que he sentido: calor y presión y un placer tan exquisito que roza el dolor. Mis rodillas flaquean, pero sus manos me sostienen firme mientras me lleva más y más alto.
Me enseña con cada caricia, cada movimiento, cada presión lenta y agonizante de su boca, y me muestra placeres que nunca debí conocer.
Placeres de los que nunca supe que estaba hambrienta.
Me deshago bajo su boca, mientras la sensación me recorre en oleadas. Gimo, tiemblo, me aferro a la piedra mientras él me sostiene, me ancla, me sujeta, y sus manos solo se vuelven delicadas cuando mi cuerpo empieza a estremecerse con las réplicas.
Cuando por fin puedo volver a respirar, él deposita un último beso en mi muslo, reverente.
Cuando finalmente se pone de pie, su ojo está oscurecido por el deseo.
—Hermosa —murmura, y deposita un suave beso en mi sien—. Absolutamente hermosa.
Me apoyo contra él; mi cuerpo aún vibra con las réplicas.
—¿Siempre es así?
Su risa retumba en su pecho.
—No. A veces es mejor.
Me aparta el cabello del rostro con una ternura inesperada.
—Pero deberíamos irnos. Estos tres no dormirán mucho tiempo.
—Sí lo harán —admito, sin remordimiento alguno—. Dormirán semanas, si algo no los encuentra antes.
En lugar de horrorizarse, Rooke frota la mejilla contra la mía.
—Mi sanguinaria novia. Qué deliciosamente sorprendente eres.
Novia.
La palabra no debería asentarse tan fácilmente, no debería hacer que una calidez se enrosque en mi pecho. Pero lo hace.
Debería corregirlo. No lo hago.
Me suelta a regañadientes, pero cuando paso por encima del cuerpo de Eryn, Rooke no me sigue.
—Espera.
Se agacha para inspeccionar las botas de Eryn. Con movimientos expertos, se las quita.
—Toma —dice, mientras sacude la suciedad del fino cuero—. Te quedarán mejor que los harapos que llevas.
Dudo, con la mirada fija en las botas.
—Vamos —insiste, y se arrodilla para ponérmelas él mismo. Sus manos se demoran un momento más de lo necesario; su tacto es firme pero delicado.
El rubor me inunda las mejillas.
—Gracias.
Él sonríe.
—Agradécetelo a ti misma. Has salvado tu propia vida, señora sanadora. Ven. Deberíamos encontrar refugio antes de que anochezca.
La mano de Rooke encuentra la mía mientras caminamos; sus dedos se entrelazan con los míos. El contacto es simple, casi casto comparado con lo que acabamos de compartir, pero hace que una calidez se extienda por mi pecho.
Algo ha cambiado entre nosotros, algo tan permanente y profundo como los cambios en mí. Ya no soy la misma mujer que despertó en el Laberinto; esa sanadora cuidadosa y controlada me parece ahora una extraña.
No sé en quién me estoy convirtiendo, pero estoy ansiosa por descubrirlo.