La doble víctima 109. El plan
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109. El plan

El plan

Santander

Antonia y Paula se fundieron en un largo abrazo.

Después de la reunión con Alba en prisión, Paula había telefoneado a su jefa y, aunque aún debía echar un último vistazo a los informes de los peritos que declararían al día siguiente, había decidido hacerle una visita rápida.

En menos de veinticuatro horas Antonia sabría cómo estaba evolucionando la enfermedad, y quería transmitirle toda la fuerza posible para afrontar la noticia, fuera la que fuese.

La veterana abogada, acompañada de su esposo, acababa de abrirle la puerta de su casa.

—Gracias por venir —le susurró la mujer, todavía abrazada a ella—. Sé que estás hasta arriba.

Cuando se separaron, Paula hizo un gesto con la mano para quitarle importancia y le preguntó cómo se encontraba. Antonia esbozó una sonrisa ambigua y le respondió que se sentía mejor, más fuerte, pero que no se atrevía a hacerse ilusiones.

—Seguro que te dan una alegría, ya verás —la animó Paula.

Estuvieron unos minutos charlando en el recibidor sobre cuestiones médicas. Después pasaron al salón, donde el marido de Antonia las dejó a solas.

—¿Cómo lo llevas? —le preguntó la jefa para cambiar de tema, y la invitó a que se sentara con ella en el sofá—. Las tertulias de la tele son un hervidero. Estás montando una buena… —dijo, y se permitió soltar una risa débil.

Paula se encogió de hombros y pensó que ojalá ella pudiera hablar del caso con ese sosiego y ese buen humor.

En su opinión, la última sesión había ido bien, aunque eso, paradójicamente, en lugar de calmarla la tensaba aún más.

Veía la victoria al alcance de la mano, pero a la vez era consciente de que el abismo seguía ahí, oscuro y amenazador, dispuesto a engullirlas.

A fin de cuentas, todo dependía de lo que los miembros del jurado terminaran votando en la sala de deliberación, aislados del mundo.

—Lo estás haciendo lo mejor posible —agregó Antonia, que había descifrado la expresión de zozobra en su rostro—. Pase lo que pase, tienes que felicitarte. Cualquier otro habría tirado la toalla o habría hecho un esfuerzo infinitamente menor.

Ella intentó esbozar una sonrisa, pero solo le salió una mueca deslucida.

—¿Y Alba? ¿Qué tal la ves? —preguntó Antonia.

Paula balanceó la cabeza.

—Muy nerviosa. Creo que puede hacerlo bien, convencer al jurado, pero ya sabes, no es fácil. A su edad y con todo lo que tiene detrás…

—Parece una chica tranquila.

—Lo es. Pero no sabemos lo que va a decir Andrés, y ella interviene justo después. Eso me preocupa.

—En cualquier caso, tienes un plan, ¿no?

Paula asintió despacio. Lo tenía y lo había repasado un millón de veces.

Sin embargo, como cualquier abogado, sabía que cualquier detalle imprevisto podía cambiarlo todo.

Además, había un elemento de incertidumbre que, según le decía su instinto, debía explotar.

En su declaración, Raquel había mencionado algo que, si se analizaba con detenimiento, no terminaba de cuadrar con la versión ofrecida previamente por otros testigos.

Su oportunidad de sacarlo a relucir se presentaría cuando testificara Andrés.

Poco a poco, las dos abogadas dejaron el caso a un lado y pasaron a hablar de los viejos tiempos y a revivir anécdotas. Casi media hora más tarde, se despidieron afectuosamente y Paula le hizo prometer a Antonia que la llamaría tan pronto como recibiera los resultados de los análisis.

—Si ves que no te cojo es porque estoy en sala. Mándame un mensaje, por favor.

Antonia, cuyo rostro se había vuelto a ensombrecer al hablar de la enfermedad, asintió.

Después, Paula puso rumbo a Pomposo y Asociados, donde la noche volvería a sorprenderla trabajando, aunque en esa ocasión sí dormiría en casa. Cuando se metió en la cama con Teresa, ignoraba que en unas horas todo saltaría por los aires.