4 Crema solar y complicidad
Bajamos a la playa a media mañana con las toallas bajo el brazo, crema solar y tabaco en mi bolso, y Craig bostezando como si lo hubieran drogado.
Estaba reventado antes incluso de cerrar la puerta de la caravana, completamente hecho polvo.
Turnos de doce horas y dos horas y media de viaje en esa furgoneta calurosa, normal que estuviera medio muerto.
Llevaba mi bikini negro de Primark, uno que siempre me quedaba una talla pequeño, así que mis tetas amenazaban con salirse cada vez que me agachaba.
Gafas de sol grandes que me tapaban los ojos, uñas postizas que brillaban al sol, y podía sentir a cada cabrón en esa playa mirándome mientras pasábamos junto a las otras familias. Sí, echadle un buen vistazo. De nada.
Craig nos encontró un sitio justo en la línea de marea, extendió las toallas sin decir palabra y se desplomó boca arriba. Ojos cerrados, boca abierta, ya medio dormido.
Me senté a su lado y me eché crema solar en las piernas, tomándome mi tiempo, y luego recorrí la playa con la mirada.
Allí.
Josh estaba en su caseta, con el torso desnudo bajo el calor, el bañador caído en las caderas mientras arrastraba los kayaks para colocarlos.
Levantó la vista, me vio de inmediato y me dedicó esa sonrisa chulesca.
Se la devolví, despacio y con intención, abriendo las piernas lo justo para que se diera cuenta.
Craig seguía ajeno a mi lado, respirando pesadamente, ya medio ido.
Esta noche. Quizás no las dunas esta vez. Quizás en algún sitio más arriesgado. Quizás en algún sitio donde él pueda oírme.
Me froté la crema en los muslos con movimientos lentos, asegurándome de que Josh se llevara un buen vistazo si seguía mirando. Y seguía. Sentí que el coño se me apretaba, ya húmedo solo de pensar en sus manos sobre mí más tarde, su polla abriéndome.
Craig murmuró algo en su duermevela y se giró de lado, con la cara apartada. Le eché un vistazo. Fuera de combate. Pobre cabrón.
Encendí un cigarro, me recosté en mi toalla y dejé que el calor me calara hasta los huesos. El sol ya era brutal, el sudor empezaba a formarse entre mis tetas, y cerré los ojos detrás de las gafas de sol mientras notaba la anticipación acumularse en el bajo vientre.
Fue entonces cuando oí pasos que crujían sobre la arena, acercándose.
Abrí los ojos. Barry. Venía por la línea de marea con los prismáticos al cuello como siempre, una lata de Skol en la mano aunque ni siquiera era mediodía. Me vio, cambió de dirección y se dirigió derecho hacia nosotros con esa sonrisa de mierda pegada en la cara.
Craig tenía los ojos cerrados. Difícil saber si estaba dormido de verdad o solo tumbado ahí, pero no se había movido.
Barry se detuvo al borde de nuestras toallas, y observé cómo sus ojos recorrían lentamente mi cuerpo.
Empezó por mi cara, bajó a mis tetas apretadas contra el top del bikini, se quedó ahí unos buenos segundos, luego siguió bajando.
Por mi vientre, mis muslos, directo a mi entrepierna.
Se pasó la lengua por los labios. Luego cambió el peso del cuerpo, y vi que se llevaba la mano a los pantalones cortos para ajustarse la polla a través de la tela.
Como quien no quiere la cosa, como si se estuviera rascando.
Se me revolvió el estómago. No de asco, sino de algo más oscuro.
—Hola, guapa —dijo, asegurándose de que Craig pudiera oírle si estaba escuchando, probablemente para ver si reaccionaba—. ¿Has vuelto a por más diversión?
Eché un vistazo a Craig, esperando que se incorporara y preguntara qué coño quería decir Barry, que exigiera una explicación, que montara un pollo.
No se movió. Solo se quedó ahí tumbado, respirando pesadamente, con la cara todavía apartada, sin decir ni una puta palabra.
Volví a mirar a Barry y sentí cómo la sonrisa se me extendía por la cara. Que empiece el juego.
—Sí, probablemente. ¿Vas a vigilar?
—Siempre lo hago, ¿no? —Barry se rio entre dientes y dio un trago a su cerveza. Llevaba la camiseta de tirantes pegada a la barriga, el sudor acumulado en el hueco de la garganta, y podía olerlo. Tabaco y crema solar y algo agrio por debajo—. Te guardaré el sitio calentito.
Me incorporé ligeramente, cogí el bote de crema solar que tenía al lado y me eché una generosa cantidad en la mano.
Luego, asegurándome de que Barry estuviera mirando, empecé a frotármela en el pecho.
Círculos lentos, los dedos colándose justo bajo el borde del top del bikini, la crema blanca extendiéndose sobre la parte superior de mis tetas.
—A mí es que me encanta la crema —dije, mirándole a través de las gafas de sol—. Tengo que mantenerlas bien cubiertas, ¿no? El sol está brutal hoy.
Barry tenía los ojos clavados en mis manos. —Sí, eres muy responsable en ese sentido. Siempre cuidándote.
Eché más crema, me la froté más abajo, los dedos recorriendo la curva de mis tetas hasta hacerlas brillar. El top del bikini ya estaba empapado de sudor, y sabía que se me marcaban los pezones a través de la tela fina. Barry también lo sabía. Su respiración se volvió más pesada.
—Has estado pensando en ello, ¿verdad? —preguntó Barry, con la voz más baja, más ronca—. Toda la mañana, seguro.
Eché otro vistazo a Craig. Nada. Seguía tumbado ahí como un cadáver.
Puede oír cada palabra. Tiene que poder.
—Puede que se me haya pasado por la cabeza —dije, y me recosté sobre los codos, arqueando la espalda lo justo para sacar más las tetas. El movimiento hizo que la parte de abajo del bikini se me subiera, y no me molesté en ajustármela. Que Barry mirara. Que viera—. Con este calor me pongo, ¿sabes?
—Oh, ya lo sé. —Barry se limpió el sudor de la cara con el dorso de la mano y dio otro trago a su cerveza—. Siempre te ha gustado llevarte algo a la boca, ¿verdad, guapa? Sobre todo cuando hace calor así.
El coño se me apretó. Joder. Ni siquiera estaba intentando disimular.
Sonreí. —No puedo evitarlo. Siempre he sido una golosa.
Barry señaló mi pecho con la cabeza y se relamió. —Esas son preciosas, de verdad. No se puede culpar a un tío por mirar, ¿no?
—Mirar es gratis —dije mientras me pasaba la mano por el vientre, los dedos resbalando entre el sudor y la crema solar—. Tocar cuesta extra.
Barry se rio con esa tos de fumador que le traqueteaba en el pecho. —Lo tendré en cuenta.
Eché un vistazo a Craig una vez más. Nos daba la espalda, respiración constante. Si estaba despierto, lo disimulaba de puta madre.
Estiré los brazos por encima de la cabeza, arqueé aún más la espalda y separé ligeramente las piernas. El movimiento hizo que mis tetas casi se salieran del top del bikini, y oí a Barry contener la respiración.
—Estarás chorreando cuando te vea luego, ¿verdad? —dijo Barry en voz baja, con los ojos clavados en mi cuerpo—. Con todo este sol, todo este calor. No se puede evitar.
—Siempre lo estoy —dije, con la voz ronca y entrecortada. Ya jadeaba, cachonda de verdad, con las bragas del bikini empapándose, todo porque Barry estaba ahí de pie soltando guarradas mientras Craig yacía a un metro sin hacer una mierda para impedirlo.
—Bien. —Barry se movió de nuevo, y esta vez le eché un buen vistazo. Había un bulto evidente en sus pantalones cargo, apretando contra la tela, inconfundible. Me vio mirando y ni siquiera intentó ocultarlo. Se limitó a sonreír aún más—. No querríamos que te secaras, ¿verdad?
Me reí, sin aliento.
—Ni de coña, Barry.
—Eres una cosita sucia, ¿verdad? —Lo dijo en voz baja, pero no lo suficiente. Craig podría haberlo oído. Debería haberlo oído—. Cuatro años llevo observándote. Cuatro años, y cada vez te pones más guarrilla.
—Quizá me guste dar espectáculo —dije, y me incorporé del todo, inclinándome hacia delante para que mis tetas colgaran pesadas en el top del bikini.
Notaba el sudor corriéndome entre ellas, mezclándose con la crema solar, dejándolo todo resbaladizo y pegajoso—. Quizá me guste saber que estás mirando.
—Oh, ya sé que te gusta. —Barry apuró su Skol y aplastó la lata en la mano—. Eso es lo que lo hace tan jodidamente bueno, ¿no? Sabes que estoy ahí y te esfuerzas más. Más fuerte. Más ruidosa. Toda una artista, eso es lo que eres.
Me mordí el labio y sentí el coño palpitándome. Joder, iba a correrme solo con esta conversación si seguía así.
—¿Crees que él lo sabe? —Barry señaló con la cabeza hacia la espalda de Craig. Ya ni siquiera disimulaba.
Miré a Craig. Nada. Ni se inmutó.
—Me da igual si lo sabe —dije, y lo decía en serio.
Lo retorcido de todo aquello, que estuviéramos teniendo esta conversación justo delante de mi marido dormido (o haciéndose el dormido), me estaba poniendo más húmeda de lo que había estado en toda la mañana—.
Ha tenido cuatro años para decir algo. Si a él le da igual, a mí también.
—Me parece justo. —Barry se limpió la boca, sonriendo como si hubiera ganado la lotería—. Bien, te dejo tranquila. El mismo sitio, ¿vale? Estaré allí. Mirando. Como siempre.
—Sí. —Me tumbé de nuevo, con el cigarrillo entre los labios, las piernas todavía abiertas, sin molestarme en cerrarlas—. Como siempre, Barry.
Se alejó y lo observé marcharse. Ahí estaba, una tienda de campaña en toda regla en los pantalones, el empalmón de viejo asomando por delante de los cargo, y ni siquiera intentaba ocultarlo, solo seguía caminando, con los prismáticos balanceándose y la polla marcando el camino.
Sonreí, cerré los ojos detrás de las gafas de sol y di una larga calada a mi cigarro.
Miré a Craig una vez más. Todavía no se había movido, no había abierto los ojos, no había dicho ni una jodida palabra.
Si estaba despierto, tenía que haber oído eso. Barry no estaba siendo precisamente sutil.
Me tumbé de nuevo, miré al cielo a través de las gafas de sol y sentí ese calor recorriéndome otra vez. No era el sol. Era algo más oscuro. Algo más sucio.
Creo que lo sabe, y está ahí tumbado dejando que pase.
Barry llevaba cuatro años observándome. Cuatro años plantado en las dunas con esos prismáticos clavados en mí mientras Josh me follaba en la arena, cuatro años murmurando ánimos mientras se hacía una paja, cuatro años manteniendo la boca cerrada el resto del tiempo como el buen pervertido que era.
Este año, decidí en ese mismo instante, Barry iba a conseguir algo más que mirar a través de los prismáticos.
Este año, Barry iba a recibir su recompensa. E iba a asegurarme de que Craig supiera exactamente lo que estaba haciendo.