La devoción del alguacil (Cedar Hollow nº 3) Epílogo
89%

Epílogo

Sawyer

Dos meses después — Nochebuena

Bandeja de café. Abrigo gris. Rebeca debajo, que esta mañana no se ceñía contra el pecho. Lo noté de inmediato. Hoy la rebeca era solo una rebeca: puesta, no aferrada.

Mi escritorio fue el último. Dejó mi taza en su sitio de siempre: la esquina, al alcance desde la silla, donde siempre la había puesto.

Me miró. La miré.

—Buenos días —dijo.

—Buenos días —respondí.

Recogió la bandeja vacía y se detuvo.

—¿Sawyer?

—¿Mm?

Se le curvó la comisura de los labios.

—Tu café sigue siendo aburridísimo. Pero te quiero igual.

Veinte minutos después, pasé por delante de su escritorio camino a la sala de pruebas.

Estaba tecleando, con el ceño fruncido por la concentración.

Sin levantar la vista, dijo:

—¿Necesitas ayuda con algo, agente Knox?

Me detuve.

—Ni siquiera has mirado.

—He oído tus botas.

—¿Me reconoces por las botas?

Por fin levantó la vista, con expresión de suficiencia.

—Llevas dos años pasando por delante de mi escritorio. Tienes un andar de agente muy característico.

—¿Tengo un andar de agente?

—Ajá.

—¿Y eso qué significa?

—Significa que el sheriff Pryor suena como si el edificio fuera suyo.

Levantó un dedo.

—El agente Ellis suena como si llegara tarde a algo. Tú...

Sonrió.

—Tú no caminas, pisoteas. Como si quisieras que todo el mundo sepa que ya ha llegado la caballería.

La miré fijamente.

—Te lo acabas de inventar.

—Para nada.

—¿Me estás haciendo un perfil por cómo camino?

Sonrió con suficiencia.

—Gajes del oficio.

Apoyé una mano en el borde de su escritorio.

—Solo venía a decirte que yo también te quiero.

Su sonrisa se tornó más serena.

—Ahí está.

—¿El qué?

—Mi momento favorito de la mañana.

Antes de que pudiera responder, una voz llegó desde la entrada.

—Si ustedes dos ya han agotado su cuota anual de romanticismo —el sheriff Pryor apareció en el umbral con un fajo de papeles bajo el brazo—, tengo delitos de verdad que resolver.

Maisie se sonrojó.

Miré al sheriff.

—Sí, señor.

Nos observó a los dos un segundo antes de que se le curvaran las comisuras de los labios.

—Pueden seguir.

Maisie agachó la cabeza para disimular la sonrisa.

Yo no me molesté en disimular la mía.

El granero de los Calloway se había transformado en una película navideña de esas ñoñas, con guirnaldas de luces, espumillón, nieve artificial y comida suficiente para alimentar a medio condado.

Casi todo el pueblo se había presentado.

Mae, la del restaurante, charlaba con la señora Henderson junto a la mesa de los postres. Las familias iban y venían entre las mesas: gente a la que había visto cien veces estando de servicio y a la que saludaba por su nombre.

Y luego estaban los que de verdad importaban.

Wes e Ivy habían llegado temprano, como siempre. Ivy traía una fuente de horno. Wes se la quitó de las manos cuando ella se quejó de que quemaba. Se sonrieron con la serena complicidad de dos personas que habían encontrado su lugar en el mundo.

Nell estaba en todas partes a la vez, con una cámara colgada del cuello, documentando la tarde como si las generaciones futuras fueran a necesitar pruebas gráficas.

Hadley recorría el granero saludando a todo el mundo, con un vaso de limonada en una mano y la otra posada distraídamente sobre la incipiente curva de su vientre. Me vio, me escrutó un segundo y luego miró hacia donde estaba Maisie.

Una sonrisa lenta le iluminó el rostro. Fuera lo que fuese lo que estaba comprobando, había pasado la prueba.

Ridge me encontró al fondo del granero, donde estaba hablando de reparaciones de vallas con uno de los rancheros vecinos, y me dio una palmada en el hombro.

Al otro lado del granero, Maisie levantó la vista y nuestras miradas se cruzaron. Sonrió, y pensé: «Sí. Esto».

Ridge siguió mi mirada, y algo en él por fin se relajó. Lo había visto cargar con el peso de proteger a su hermana durante años. Hoy parecía haber soltado parte de esa carga.

Más tarde, cuando nos quedamos solos junto a la mesa de las bebidas, me tendió la mano. Se la estreché, y él me la apretó con las dos. No era una advertencia. Era una bienvenida.

—No te va a dejar acomodarte —dijo—. Es tradición en la familia Calloway.

—Ya me he dado cuenta.

Esbozó una sonrisa.

—Sabrás apañártelas.

Oí lo que había detrás de sus palabras. Permiso. Confianza.

Viniendo de Ridge Calloway, eso lo significaba todo.

La música empezó cuando ya había anochecido.

Cedar Hollow producía un tipo muy particular de música country para ocasiones como aquella: sentida, ligeramente desafinada, interpretada por un hombre llamado Glen que llevaba tocando en todas las fiestas del granero desde 1994 y no tenía la menor intención de jubilarse.

Encontré a Maisie al borde de la pista de baile y le tendí la mano.

La tomó y se acomodó contra mí como siempre hacía ahora, con esa naturalidad de dos personas que por fin habían dejado de resistirse a lo que eran juntos.

La estreché contra mí porque había pasado demasiado tiempo obligándome a no hacerlo. Ahora conocía el precio de aquella lección. Apoyé una mano en la parte baja de su espalda. La otra le rodeó el cuello, y mi pulgar le acarició el ángulo de la mandíbula.

Su pulso aleteaba bajo mis dedos. Alzó la vista hacia mí.

—Eres preciosa —dije en voz baja.

Sus ojos brillaron.

—Sawyer...

—La peca que tienes bajo la mandíbula. Cómo te ríes con toda la cara. Cómo amas sin reservas ni condiciones.

Sonrió.

—¿Sí? ¿Cuál es tu favorita?

La miré durante un largo momento.

—Ese es el problema.

—¿Cuál?

—Cada vez que creo haber encontrado mi favorita... me das otra.

Se me quedó mirando.

—Oh —susurró.

Se le escapó una risita nerviosa y temblorosa.

—Oh, eso es...

Se calló y apretó los labios.

—Tenía algo ingenioso. Era muy bueno.

—Te creo.

Volvió a reírse, y esta vez se le escaparon también las lágrimas.

—No paras de hacer eso.

—¿El qué?

—Hacerme llorar en público.

Sonreí.

—Es que te pongo toda emoñoña.

Soltó algo entre risa y quejido y hundió la cara en mi hombro.

—Nunca vas a dejar que olvide que inventé esa palabra, ¿verdad?

—Ni hablar.

Levantó la cabeza para mirarme.

—Te quiero.

—Lo sé.

—No —dijo, ahora sonriendo—. Se supone que tienes que decirlo tú también.

—Iba a hacerlo.

—¿Y bien?

Le besé la frente.

—Yo también te quiero.

Nos mecimos juntos mientras Glen atacaba el violín con tanta fuerza que pensé que iba a dislocarse el hombro.

Maisie tenía los hombros echados hacia atrás. Se mantenía erguida, sin pedir perdón por ello. Por fin había dejado de intentar empequeñecerse para que los demás se sintieran cómodos.

—Nunca serás demasiado —murmuré—. No para mí.

Sorbió por la nariz y me abrazó un poco más fuerte.

—¿Te conté alguna vez lo de mi investigación sobre las langostas?

—Por el amor de Dios, no la hagas empezar con las langostas —dijo Ridge al pasar bailando con Hadley, que se aguantaba la risa.

—¡Era científicamente riguroso! —le gritó Maisie.

—Para nada —respondió Ridge sin perder el paso.

Hadley miró por encima del hombro.

—En realidad, sí.

—Traidora —murmuró Ridge.

Maisie alzó la cara hacia mí.

—Así que...

—¿Así que qué?

—Ahora somos langostas.

Sonreí.

—Nunca me habían comparado con un marisco.

—Se aparean de por vida —dijo con solemnidad—. Muy romántico. Pinzas un poco aterradoras.

—Puedo vivir con eso.

—Te lo estás tomando sorprendentemente bien.

—He aceptado que quererte incluye lecciones de cultura general que no pedí.

Se rio.

—Tengo más.

—Vale.

—Nutrias.

—Ajá.

—Pingüinos.

—Me lo imaginaba.

—Y castores.

Le besé la frente antes de que pudiera continuar.

—Pasaré el resto de mi vida aprendiendo curiosidades sobre animales si eso significa poder oírtelas contar.

Parpadeó y me miró.

—Oh.

Entonces esbozó esa sonrisa de la que me había enamorado mucho antes de que ninguno de los dos lo admitiéramos.

Miré hacia el otro lado del granero.

Nell bajó la cámara justo lo suficiente para sonreírnos antes de volver a levantarla.

Tuve la sensación de que acabábamos de pasar a formar parte de la historia de Cedar Hollow.

Nos fuimos de la fiesta un poco antes de las diez.

Le cogí la mano.

La noche era fría y estaba en completa calma. La música y las risas se fueron apagando a nuestra espalda. Cuando miré hacia atrás, Hadley nos veía marchar con una sonrisa, con el brazo de Ridge sobre los hombros. Luego se dieron la vuelta y volvieron a entrar.

Abrí la puerta de la camioneta y me volví hacia Maisie. Estaba de pie en el halo de luz que salía del granero. Cálida. Segura. Ocupando exactamente el espacio que le correspondía.

Acorté la distancia entre nosotros. Lo bastante despacio como para que pudiera haberse alejado. Lo bastante seguro como para que supiera que nunca tendría que hacerlo.

Le puse la mano en el cuello, con el pulgar apoyado suavemente bajo la mandíbula. La camioneta a su espalda era metal frío. Mi cuerpo la protegía de casi todo el aire de la noche.

La besé. Empezó con suavidad, y luego se fue haciendo más intenso, sin prisa pero con certeza. Sus dedos se aferraron a la solapa de mi abrigo. La sentí ponerse de puntillas para alcanzarme, sin un atisbo de duda, y mi corazón olvidó todos los ritmos que había ensayado.

—Maisie —murmuré contra sus labios, con mi frente apoyada en la suya—. Si no subimos a esta camioneta en los próximos diez segundos...

Sonrió.

—...voy a olvidar que estamos aparcados junto al granero de tu hermano.

Se rio contra mi hombro, con una risa cálida y rendida. Luego alzó la vista hacia mí.

—Llévame a casa, Sawyer.

Casa.

Ella sabía exactamente lo que significaba esa palabra.

Me besó una vez más —lenta y segura, esta vez con la mano en mi mandíbula— antes de subir a la camioneta.

Cerré la puerta con cuidado. Por un momento, me quedé allí de pie, solo.

El granero resplandecía a mi espalda, con la música flotando hacia la noche fría. Dentro estaban los amigos que se habían convertido en familia. Un pueblo que había acogido a Maisie mucho antes que a mí, y que después, en silencio, también me había hecho un hueco.

Durante años, me había mantenido al margen de momentos como este, convencido de que la distancia era más segura que la esperanza.

Ahora sabía que no era así.

Subí a la camioneta.

Maisie alargó la mano por encima de la consola y buscó la mía antes de que yo siquiera arrancara el motor. Entrelacé mis dedos con los suyos.

Y nos llevé a casa.

Lo último que vi antes de que el granero desapareciera del retrovisor fueron las luces, brillantes y cálidas contra la oscuridad.

Algunas luces, pensé, están hechas para guiarte a casa.