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Marga se fue el domingo por la mañana, al día siguiente del juicio.
No hubo ceremonia porque Marga no era una persona de ceremonias. Vino al patio con el cesto en el brazo y el caballo que Eoin había preparado para ella y me miró durante el tiempo que tardó en verificar que lo que veía era lo que esperaba ver.
—Ya sabía que volvería.
No especificó si se refería a que yo volvería al castillo o que ella volvería a la costa. Probablemente las dos cosas eran la misma.
Montó sin ayuda, con la agilidad de quien ha montado toda la vida en terreno peor que un patio de adoquines bien mantenidos. Se fue por la puerta principal sin mirar atrás, que era exactamente cómo Marga hacía las cosas que ya estaban hechas.
El lunes salió Craig con Broc y cuatro hombres hacia la frontera sur. Tres jornadas de ida y vuelta en condiciones normales. Craig era eficiente y las condiciones eran normales.
Fionnuala se fue el mismo lunes, antes de que Craig saliera. Vino a buscarme en el corredor del ala este con el cesto y la cara de quien tiene algo que decir y que ha esperado al espacio correcto.
—Fue suficiente.
Era todo lo que había que decir. Se fue con el mismo paso con que había llegado al castillo, sin prisa y sin urgencia.
Los tres días que siguieron al juicio tuvieron la textura de los días después de las cosas grandes: más lentos de lo habitual, con el castillo funcionando en su ritmo ordinario pero con algo diferente en el aire que no era tristeza ni alivio sino el peso específico de lo que acaba de cambiar de forma permanente y que todavía está buscando su sitio en el espacio.
El martes Donna me dijo que Ailís había revisado la mano y que en una semana podría empezar a usarla con cuidado. Me lo dijo con la economía de siempre, sin añadir que era una buena noticia, porque era evidente que lo era y Donna no añadía lo evidente.
El miércoles, día treinta y dos, mi padre preparó la partida.
Llevaba dos días preparándola con la eficiencia de quien tiene un clan que gestionar desde lejos y que ha pasado suficiente tiempo fuera como para saber exactamente cuánto tiempo es demasiado.
Los cuarenta hombres listos desde la mañana.
Tam verificando los caballos y el equipamiento con la misma atención con que hacía todo desde que lo conocía, que era la atención de alguien que había aprendido que los detalles en un viaje largo son los que determinan si el viaje llega.
La despedida ocurrió en el patio a las ocho de la mañana.
Éramos mi padre y yo en el centro del patio con los cuarenta hombres preparados al fondo y Fergus en los escalones de la entrada principal a la distancia correcta para estar presente sin estar dentro de lo que era nuestro.
Mi padre me miró durante el tiempo que tardó en terminar de mirar algo que había estado mirando durante semanas con la distancia que las circunstancias habían impuesto.
Semanas de gestionar simultáneamente la urgencia del proceso y la urgencia de tener a su hija delante por primera vez en siete meses en un castillo que no era el suyo.
Levantó la mano. Me tocó la cara, no la mejilla como se toca la cara de un niño, sino la mandíbula con la palma, con la firmeza específica del gesto que hace alguien cuando reconoce a la persona que tiene delante como lo que es y no como lo que fue.
—Hiciste bien en volver.
—Lo sé.
Asintió una vez. Fue hacia su caballo. Montó sin más palabras porque las palabras adicionales habrían quitado peso a las que ya había dicho.
Los cuarenta hombres salieron por la puerta principal en la columna que Tam había organizado. Tam pasó junto a mí antes de seguirlos y me miró con la cara de quien tiene preguntas que no hace porque ya sabe las respuestas y porque en cualquier caso no es el momento. Luego siguió hacia su caballo.
Subí al muro norte.
Desde el muro norte se veía el camino del sur hasta el punto donde giraba detrás de la primera colina y desaparecía.
Era el mismo camino que había usado yo para llegar hace treinta y dos días, que desde esta altura y en esta dirección parecía un camino diferente al que yo había recorrido, que es lo que hacen los caminos cuando se ven desde el otro extremo.
La mano vendada descansaba en el parapeto de piedra. La rodilla avisaba con el frío de las ocho de la mañana de noviembre que ya no tenía intención de suavizarse hasta la primavera.
Algunas cosas no se curan en el tiempo que uno quisiera. La rodilla era una de ellas. Lo había sido antes del río y lo era después, y probablemente lo sería el resto del tiempo que quisiera ser. Eso era lo que era. No todas las variables de una situación son las que importan.
El camino del sur ya no tenía nadie visible en él cuando Fergus llegó al muro.
No lo oí llegar porque no estaba prestando atención al sonido de los pasos sino a la columna que se alejaba y que ya había desaparecido detrás de la primera colina. Apareció a mi lado sin el proceso de llegar que tienen la mayoría de las personas cuando se aproximan a alguien en un espacio abierto.
Se colocó a mi lado. No frente a mí, que habría sido una mirada que en este momento habría requerido algo de los dos. Al lado, con el costado izquierdo contra el viento y la vista en el mismo horizonte que yo miraba.
No habló de inmediato. Era lo que hacía Fergus con las cosas que merecían silencio primero: les daba el silencio que merecían antes de añadir palabras que podían o no añadir algo.
El valle al sur se extendía con la claridad específica de noviembre, sin la niebla de las otras estaciones, con las colinas visibles hasta donde alcanzaba la vista.
El estandarte MacAran en el muro este chasqueaba con el viento.
El estandarte Cairn todavía estaba en el muro oeste porque nadie lo había quitado y porque quizás no fuera necesario quitarlo todavía.
Pensé en el río. En el camino del bosque hace un año y en el frío que empezó en el agua y que tardó semanas en irse del todo.
Lo dejé formarse el segundo que me permitía y luego lo corté, que era lo que había hecho durante ocho meses y que seguiría haciendo durante más tiempo del que quisiera porque así funcionan estas cosas con el tiempo suficiente y sin él.
Pensé en la carta que Fergus había escrito a mi padre antes de conocerme. En el todavía de la sala pequeña del ala oeste con la lluvia afuera. En los tres segundos del amanecer del día dieciocho cuando ninguno de los dos apartó los ojos.
En el paso de las colinas de Corrach y en lo que había dicho en el camino de vuelta con la voz que reservaba para las cosas que no eran para nadie más que para quien las escuchaba.
Fergus habló.
No dijo quédese, que era la palabra del tratado y del protocolo.
No dijo esto es su hogar ahora, que era la frase de quien establece hechos en lugar de preguntar.
No dijo ninguna de las cosas que habrían sido las cosas correctas si esto fuera un tipo diferente de historia entre un tipo diferente de personas.
—¿Quieres quedarte?
Sin el usted que había usado los primeros días. Sin la distancia del protocolo. Solo la pregunta de alguien que ha decidido que este es el momento de hacerla y que no hay otro momento más correcto que este.
No como esposa del tratado. No como la pieza de un acuerdo firmado por un padre que creía que firmaba en honor a su hija muerta. Sin nada que no fuera lo que éramos los dos en este muro en este momento, con todo lo que eso significaba y con todo lo que los dos sabíamos que significaba.
Miré el valle.
Pensé en el invierno en la aldea de pescadores. En Marga y el agua caliente y las preguntas que no hizo. En los siete meses de decisión que culminaron en una mañana a caballo hacia un castillo que no había visto nunca con el vestido de otra persona y la rodilla sin terminar de soldar.
En los treinta y dos días con el secreto solo primero. Luego compartido. Luego convertido en proceso, en pruebas, en juicio, en el nombre de Ailsa Beag dicho en voz alta en un patio con los dos clanes presentes.
En la manera en que Fergus había tardado en hablar de Euan en el despacho del día veintidós, con la voz que guardaba para las cosas que no eran para nadie más. En que no había añadido nada que no fuera verdad.
—Sí.
Fergus no dijo nada más.
Se quedó en el muro a mi lado con el mismo silencio con que había llegado, que era diferente al silencio antes de la pregunta porque el silencio después de una respuesta tiene otro peso.
El valle seguía siendo el valle. Los estandartes seguían chasqueando. La rodilla seguía avisando con el frío de noviembre que ya no negociaba con nadie.
Treinta y dos días. Había llegado con el vestido de otra mujer y el plan de alguien que no sabía todavía si lo que hacía era lo más valiente o lo más estúpido de su vida.
Ahora lo sabía.
Las dos cosas seguían siendo verdad. Y en las Highlands, esas dos cosas habían sido siempre la misma cosa. Solo hacía falta el tiempo suficiente para entenderlo.
El camino del sur estaba vacío. Las colinas al norte con la luz clara de la mañana encima. El castillo a la espalda con su piedra y sus muros y los treinta y dos días que ahora formaban parte de él de una manera que no formaban parte de él cuando yo llegué.
Eso era suficiente.
FIN