LA DESAPARECIDA DEL HIGHLANDER (ROMANCE HIGHLANDER nº 9) 27
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El sábado era el día veintidós de mi estancia en el castillo MacAran.

Lo supe porque lo conté, que era lo que hacía cada mañana desde el día uno con la misma precisión con que contaba los días que faltaban para la cláusula. Veintidós dentro. Catorce para que la cláusula se activara desde mañana.

Fionnuala no había llegado todavía. Había dicho el sábado por la mañana y era la primera hora de la mañana y el patio todavía estaba en el ritmo del amanecer. La esperaría.

Mientras esperaba, escribí el mensaje a Marga.

No la señal de control que había enviado antes.

Esta era la otra, la que habíamos acordado en la aldea de pescadores la mañana que me fui, con el código que significaba ven, es hora.

Cuatro palabras. El papel de la calidad que usaba para lo que importaba.

Sin firma pero con lo que Marga necesitaba para saber que venía de mí y que era real.

Lo doblé. Lo sellé con cera sin sello. Lo dejé en el lugar acordado con Donna para que llegara al mercader del toldo azul con el primer recado de la mañana.

Donna lo recogió sin preguntar. Era lo que hacía Donna desde hacía semanas: las cosas que correspondía hacer en el momento en que correspondía hacerlas, sin que yo tuviera que explicar por qué cada vez.

La cadena del mercader llevaría el mensaje a la costa en dos días.

Marga tardaría uno más en llegar si salía en cuanto lo recibiera.

Tres días en total, si todo funcionaba en los tiempos correctos.

Eso ponía la llegada de Marga en el martes o el miércoles, con diez u once días antes de que la cláusula se activara.

Era tiempo suficiente si el resto funcionaba también.

Craig me encontró en el corredor del ala este a media mañana.

—Cormac —anunció, con el tono del hombre que entrega información sin ornamento. —Esta mañana ha intentado salir por la puerta de servicio del ala sur. El hombre que tengo allí lo detuvo.

Lo procesé.

—¿Qué razón dio?

—Un encargo del ala de cocinas. —Craig tenía la cara de quien ha verificado antes de venir. —Ealasaid no tiene ningún encargo pendiente en el pueblo. Lo confirmé antes de venir aquí.

Cormac usando una razón falsa para salir. Lo que eso decía era simple: Broc había dado instrucciones de salir, Cormac había intentado ejecutarlas, y el intento había fallado. Broc sabía ahora que el perímetro estaba más cerrado de lo que Cormac le había calculado.

—¿Dónde está Cormac ahora?

—De vuelta en el ala norte. Le dije que el encargo podía esperar y que informara al ala de cocinas que había instrucciones de verificación para salidas. —Craig hizo una pausa medida. —Lo dije en voz suficientemente alta para que Cormac entendiera que el perímetro tiene más capas de las que creía.

Era el movimiento correcto. No detener a Cormac formalmente, que habría revelado el alcance exacto de lo que sabíamos y habría obligado a explicaciones que todavía no era el momento de dar. Solo cerrar la salida de manera que Cormac supiera que estaba cerrada sin saber cómo de completamente.

—¿Y Broc?

—Ha pedido el desayuno en sus habitaciones por tercer día consecutivo. —Craig tenía la expresión de quien reporta un dato que habla por sí solo. —Cormac ha vuelto al ala de Broc desde el intento de salida.

Broc recibiendo el informe de Cormac. Broc recalculando.

Informé a Fergus y a mi padre antes de la cena.

Los tres procesamos lo que significaba. Mi padre preguntó si tenía sentido detener formalmente a Cormac ahora que había intentado salir con razón falsa.

Fergus dijo que detenerlo formalmente antes de tener el cuadro completo era revelar que teníamos el cuadro casi completo, lo cual daba a Broc información que no necesitaba tener todavía.

Mi padre no estuvo completamente de acuerdo pero aceptó la lógica.

La cena fue la cena. Broc en su sitio, con la historia correcta y el vino servido antes de que nadie lo pidiera.

La sonrisa que había aprendido a leer en sus gradaciones de esfuerzo indicaba esta noche más coste que las noches anteriores.

No mucho. Lo suficiente para quien llevara semanas midiendo la diferencia.

Después de la cena, Fergus me encontró en el corredor del ala este.

—¿Tiene un momento?

Lo seguí al despacho.

Entré. Cerré la puerta. No había papeles sobre la mesa. El cofre detrás estaba cerrado. Fergus estaba de pie junto a la ventana, no junto a la mesa, lo cual decía que esto no era operativo.

Era la primera vez desde el decimotercer día que estábamos en este despacho sin una crisis que gestionar o una decisión que tomar en el plazo de la siguiente hora.

No hablé de inmediato. Me senté en la silla frente a la mesa y lo dejé empezar.

Fergus no empezó con lo que yo esperaba. No habló de Marga ni de los días que quedaban.

—¿Qué quiere saber? —preguntó, sin preámbulo.

Lo miré.

—¿Qué?

—Lleva semanas leyendo este castillo con una precisión que yo no había visto en nadie desde Craig. —Se giró de la ventana hacia mí. —Hay algo que todavía no ha preguntado. Lo noto porque el resto de las preguntas las ha hecho.

Era la observación más directa que me había hecho desde la sala pequeña del ala oeste con la lluvia afuera. Y era exacta.

—Euan —dije.

El nombre en el aire entre los dos tuvo el peso específico de las cosas que no se han dicho en voz alta durante demasiado tiempo en demasiadas conversaciones.

Fergus no cambió la cara. Pero algo en la postura hizo el movimiento de quien recibe algo que esperaba y para lo que creía estar preparado y descubre que prepararse para algo no es lo mismo que recibirlo.

—¿Qué quiere saber de Euan?

Era una pregunta honesta. No defensiva. Una manera de entregarme el control de qué parte de Euan quería que entrara en esta sala.

—Lo que usted quiera contarme.

Fergus fue hasta la silla detrás de la mesa. Se sentó. Puso las manos sobre la madera con las palmas hacia abajo.

—Tenía diez años cuando yo tomé el laird. —Empezó con el dato, no con la emoción. —Llevaba dieciséis. Criarlo era parte de gobernar porque no había otra persona que lo hiciera. —Una pausa breve. —Era gracioso sin intentarlo. Ese es el único tipo de gracioso que vale.

No dije nada. Dejé que llegara donde llegara al ritmo que necesitaba.

—Hacía preguntas que no paraban. El tipo de preguntas que cansa a los adultos porque nunca terminan. Y era serio para su edad. Observaba antes de hablar. Evaluaba antes de actuar.

Se quedó quieto durante un tiempo que no era vacío sino el tiempo que necesitaba alguien que no había dicho el nombre de su hermano en una conversación que no fuera oficial en cuatro años.

—Los dos habrían tenido mucho que decirse.

La frase llegó de una manera que no esperaba. No sobre Euan y yo. Lo dijo como quien llega a una conclusión por observación propia, sin que yo pudiera saber exactamente a quién comparaba con Euan hasta que lo dijo.

—¿Quién?

Fergus me miró.

—Donna. —Lo dijo con la sencillez de quien ha llegado a esa conclusión y no necesita elaborarla. —El tipo de persona que es Donna. Euan la habría reconocido inmediatamente.

Era el tipo de reconocimiento específico entre personas que funcionan de la misma manera: ven antes de hablar, evalúan antes de actuar, dicen la verdad con economía porque han aprendido que la economía hace que la verdad llegue más lejos.

No respondí porque no había nada que responder que no quitara peso a lo que acababa de decir.

Fergus miró la mesa.

—Cuando llegó la noticia, tardé tres días en salir del despacho. —Lo dijo sin modulación, como dato. —Nadie supo lo que hice dentro. Cuando salí, tenía la orden de deuda preparada. No volví a decir su nombre en una conversación que no fuera oficial.

—Hasta ahora.

Fergus me miró.

—Hasta ahora.

Estuvimos en silencio durante el tiempo que ese intercambio necesitaba para asentarse.

Luego Fergus se levantó. No hacia la puerta. Hacia la ventana otra vez.

—Marga llega en tres días si el mensaje llegó hoy.

—Si el mercader salió esta mañana, sí.

—¿Está preparada para lo que requiere el juicio?

Era una pregunta sobre decir en el patio, delante de los hombres de los dos clanes, lo que había ocurrido en el camino del bosque hace un año. Con su nombre y su voz.

—Sí.

Fergus no respondió de inmediato. Siguió mirando la ventana.

—Bien.

Una palabra. La misma que había dicho en el muro norte cuando le respondí útil. Entonces era la respuesta correcta para lo que los dos éramos. Ahora era la misma palabra con un peso diferente porque los dos éramos diferentes a lo que habíamos sido.

Ninguno de los dos lo dijo en voz alta. Pero los dos lo sabíamos.

Salí del despacho con Marga en camino, Cormac contenido, catorce días para la cláusula, y la conversación sobre Euan en algún lugar donde las conversaciones que importan se quedan cuando todavía no hay otro sitio para ponerlas.

Era suficiente por esta noche.