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El quinto día amaneció con el mismo gris bajo de los anteriores, nubes que no llegaban a ser lluvia pero que tampoco se decidían a marcharse, y yo lo usé como los cuatro anteriores: observando antes de que el castillo terminara de despertar.
Lo que tenía a las ocho de la mañana del quinto día era esto: Ealasaid hacía la ronda de despensa los martes antes del desayuno.
El anciano Donal llegaba al despacho de administración cuando el sol alcanzaba la ventana este, alrededor de las nueve, y su primera hora era intocable.
Craig hacía ronda exterior cada tarde antes del cambio de guardia, cuarenta minutos, solo, que era el momento más accesible de su jornada.
Broc desayunaba tarde. Los martes y jueves salía a caballo por la mañana.
Cuando estaba en el castillo tendía a los mismos tres o cuatro lugares a las mismas horas.
Cuatro días de observación. Suficiente para tener el esqueleto del castillo. No suficiente para lo que necesitaba construir encima.
Bajé al patio antes del entrenamiento matinal con el chal encima y la copa de algo caliente que Ealasaid insistía en dar a quien bajara antes del desayuno formal.
El patio estaba en la fase de calentamiento: hombres que llegaban de los cuarteles, el herrero abriendo su taller con el ruido habitual del cerrojo, el mozo de cuadras cruzando hacia los establos del norte con la urgencia de quien tiene un animal que requiere atención temprana.
Me coloqué junto a la pared del ala sur. Observé.
Fergus ya estaba en el centro del patio.
Broc llegó cinco minutos después con los dos hombres jóvenes que eran su compañía habitual, con el humor fácil de siempre, diciendo algo que hizo reír a los que estaban cerca.
Se movió hacia su posición de entrenamiento con la naturalidad de quien lleva años ocupando el mismo espacio de la misma manera.
Lo observé durante los cuarenta minutos que duró la sesión con la atención distribuida de quien mira el conjunto sin fijar los ojos en ningún punto específico. Busqué lo mismo que había buscado en la cena del tercer día: el momento en que la máscara tiene un coste visible.
Perdió dos intercambios. El primero ante un hombre mayor, con técnica superior, sin reacción anormal: la sonrisa correcta, el reset de posición, el siguiente intercambio.
El segundo ante uno de los hombres jóvenes de su compañía habitual, con un movimiento que no leyó porque en ese momento miraba hacia otro lado del patio.
La sonrisa tardó un cuarto de segundo más de lo normal en aparecer.
Archivé el detalle sin etiqueta todavía.
La mañana continuó sin incidentes. Una hora con Ealasaid revisando el aprovisionamiento de invierno, que era una conversación genuinamente útil porque Ealasaid gestionaba ese inventario con una precisión que merecía atención real.
Después mi habitación, el libro que no avanzaba porque la cabeza estaba en otra parte, Donna entrando y saliendo con la eficiencia habitual.
La tarde llegó con el mismo cielo bajo y el viento que empezaba a tener intención.
Salí al patio con la intención de completar la ronda interior que había establecido como rutina, que era lo suficientemente normal para no requerir explicación y lo suficientemente regular para que mi presencia en distintos puntos del castillo a distintas horas dejara de ser notable.
Completé una vuelta. Empecé la segunda.
En el tramo del ala de almacenes, que era el lado menos transitado del patio en esa hora, reduje el paso.
No sé si fue antes o después de reducir el paso cuando noté que Broc estaba detrás de mí.
No lo había oído llegar. No lo había visto en el patio al empezar la segunda vuelta.
Estaba ahí, a tres pasos, con el paso ajustado al mío como si hubiera estado caminando a esta velocidad desde antes de que yo lo registrara.
El frío subió. Lo empujé hacia abajo mientras seguía caminando al mismo ritmo porque cambiar el ritmo era información que no quería darle.
Broc no habló de inmediato. Caminamos paralelos durante el tramo del ala de almacenes con el silencio de dos personas que comparten un espacio sin razón particular para estar en él juntas, que era exactamente lo que parecía desde cualquier ventana del patio.
Cuando habló, fue con el tono de quien hace una observación sobre el tiempo.
—Está aprendiendo el castillo rápido.
—Es lo que hace uno cuando llega a un sitio nuevo.
—Cierto. —Un paso, dos. —Aunque hay formas y formas de aprender un sitio.
Hay quien aprende las habitaciones. Hay quien aprende las personas.
—La pausa que siguió duró exactamente lo que necesitaba durar para que el siguiente contenido llegara sin amortiguación.
—Y hay quien aprende los turnos de guardia.
No cambié el paso. No cambié la respiración. El frío estaba en la garganta intentando subir más y yo lo tenía contenido con toda la presión disponible, que esta tarde era menos de lo que me habría gustado.
—Los turnos de guardia son parte del castillo.
Broc hizo el sonido de quien concede un punto menor.
Llegamos al final del tramo de almacenes donde el patio se abría hacia el ala principal. Había dos hombres cruzando en esa dirección. En diez pasos estaríamos de nuevo en la parte concurrida.
Broc redujo el paso lo suficiente para crear un metro de distancia entre los dos.
Lo justo para que cuando yo siguiera caminando y él se quedara, nadie desde lejos pudiera decir que habíamos tenido una conversación.
Solo dos personas que habían coincidido en el mismo tramo y que ahora iban en direcciones distintas.
Lo que dijo lo dijo en ese metro, con la voz lo suficientemente baja para que no llegara más allá de mí, mientras yo seguía caminando y él se quedaba atrás.
—Cinco semanas y un día, aproximadamente. Treinta y seis días. Es tiempo suficiente para tomar decisiones sensatas. O para comprobar que no las había de todos modos.
No me giré. Seguí los diez pasos hasta donde estaban los dos hombres cruzando, los pasé con la inclinación de cabeza correcta y continué hacia el ala este con el paso de alguien que ha terminado su vuelta y vuelve adentro porque el cielo amenaza lluvia.
Treinta y seis días. Dos días menos que el plazo de la cláusula, contando desde hoy.
No era coincidencia. Conocía la cláusula, los números, el mecanismo. Por supuesto que los conocía.
Subí al ala este. La rodilla en las escaleras pedía el ritmo específico que había aprendido: pie derecho primero, peso lento. Lo hice sin pensar en ello porque ya era automático.
En la habitación me lavé las manos con el agua de la jarra, que estaba fría, y el frío del agua ayudó a terminar de bajar lo que todavía quedaba en la garganta.
Me quedé un momento con las manos en el paño, mirando la pared, procesando lo que acababa de ocurrir con la parte del cerebro que procesa este tipo de cosas.
Broc había calculado la cláusula. Había calculado los días.
Había elegido ese número específico para decirlo, que significaba que no estaba actuando por urgencia sino por información.
Un hombre que actúa por urgencia no da plazos exactos.
Un hombre que ha leído el tratado, ha contado los días y ha decidido que comunicármelo en ese momento tiene un efecto estratégico específico, ese hombre es más peligroso que el que actúa por urgencia porque el primero improvisa y el segundo planifica.
Yo también planificaba. La diferencia era que él tenía treinta y seis días y yo necesitaba usarlos mejor que él.
Dejé el paño. Salí de la habitación.
Donna estaba en la lavandería cuando llegué, doblando sábanas con la concentración de quien hace un trabajo mecánico. Me vio llegar, terminó la sábana que tenía en las manos y vino hacia mí con la economía de movimientos habitual.
—Los establos del ala norte —dije, en el tono de quien pregunta sobre logística doméstica. —¿A qué hora cambia la guardia por la noche?
Donna no preguntó para qué. Pensó un momento con la precisión de quien tiene esa información porque ha vivido en este castillo el tiempo suficiente para que forme parte de su conocimiento ordinario.
—A las diez y a las dos. El turno de las diez lo hace Ewen. El de las dos cambia según el día, uno de los hombres jóvenes en rotación.
—¿Hay algún momento entre esos dos turnos en que el patio norte quede sin circulación?
—Media hora antes de las diez, cuando el turno anterior termina la ronda y vuelve. El patio norte queda solo entre veinte y treinta minutos según el paso del que regresa.
—Bien.
De vuelta en mi habitación saqué el papel del fondo de la bolsa de viaje y escribí la señal acordada con Marga. Una frase sin información específica sobre el estado real de las cosas. Solo sobre el estado que yo quería que Marga creyera que tenían.
Todo va bien. Los planes siguen. No actives nada todavía. Continúa esperando mi señal.
Era mentira en la primera frase. En las tres siguientes era verdad.
Si Marga recibía esta señal, sabría que yo seguía en pie y con control suficiente para decidir el ritmo. Si no recibía ninguna señal en el tiempo acordado, llevaría la historia a mi padre con los documentos que guardaba en la costa.
No estaba lista para eso. El mecanismo de Marga era el último recurso, el que usaría si no podía actuar o si algo me pasaba, y activarlo ahora era perder el control sobre cómo llegaba la información a mi padre y a través de él a todo lo demás.
Cuarenta hombres Cairn en el camino del norte antes de que yo tuviera lo que necesitaba no era una solución.
Era sustituir un problema por otro más difícil de manejar.
Doblé el papel. Lo sellé con cera sin sello identificable y lo dejé en el lugar acordado con Donna para que llegara al mercader del toldo azul y de ahí a la cadena que terminaba en la costa.
La cena fue como las anteriores en la forma y diferente en lo que yo llevaba encima.
Broc en su sitio, perfecto como siempre, con la historia correcta en el momento correcto y el vino servido antes de que nadie lo pidiera.
Esta vez no me buscó en ningún corredor al salir.
Se fue antes que yo con los hombres jóvenes y su humor de siempre, sin mirarme al pasar.
Lo que hizo un hombre que ya ha dicho lo que tenía que decir y no necesita repetirlo.
Fergus se quedó junto a la chimenea hablando con Craig mientras los demás salían. Recogí el chal de la silla al pasar y en el momento en que cruzaba junto a la chimenea Fergus interrumpió lo que decía durante exactamente el tiempo que tardé en pasar. No dijo nada. No hizo nada específico.
Pero la interrupción no correspondía al patrón de los cuatro días anteriores.
Lo archivé mientras subía al ala este con el paso correcto y las manos correctas y el frío ya donde lo había mandado, que era lejos de la garganta aunque no completamente fuera.
En la habitación, con la puerta cerrada, me senté en la silla junto a la ventana y construí el inventario de la jornada.
Turno de los establos: obtenido. Veinte a treinta minutos de margen entre las diez y el turno de las dos, con el patio norte solo.
Señal a Marga: enviada. El mecanismo activo pero no activado.
Broc: treinta y seis días según su cálculo. Lo mismo según el mío.
Fergus: una interrupción que no correspondía al patrón. Dato insuficiente todavía para saber qué significaba. Dato suficiente para añadirlo al archivo.
Donna: pendiente de la información que le había pedido sobre el castillo por debajo de lo visible. Eso llegaría en días siguientes, en fragmentos, con la misma economía con que Donna hacía todo.
Lo que no tenía todavía era suficiente. Lo que tenía era más que hace cuatro días.
Treinta y seis días según el plazo.
Treinta y seis días según Broc, que había contado los mismos días que yo y había decidido que comunicármelo en un tramo vacío del patio era el movimiento correcto en este momento.
Un hombre que comunica su mapa temporal no lo hace para informar. Lo hace para presionar. Para que la persona que recibe la información use el tiempo peor de lo que lo usaría si no supiera que el tiempo corre.
Yo sabía que el tiempo corría desde antes de entrar por las puertas del castillo. Lo que Broc no podía saber era que saberlo no me hacía usarlo peor. Me hacía usarlo con más cuidado.
Mañana, los establos del ala norte entre las nueve y media y las diez de la noche, cuando el patio norte llevara suficiente tiempo solo para que una persona pudiera cruzarlo sin ser el evento notable de la jornada.
Eso era lo siguiente. Lo demás podía esperar a que lo siguiente estuviera hecho.