LA DESAPARECIDA DEL HIGHLANDER (ROMANCE HIGHLANDER nº 9) 6
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La sala grande del clan MacAran tenía capacidad para ochenta personas sentadas y esta noche había quizás cincuenta, que es el número que corresponde a una cena formal de entre semana cuando no hay celebración ni visita de importancia suficiente para convocar a todos.

Yo era visita de importancia suficiente para haber convocado a todos, lo cual significaba que los treinta ausentes eran los que Fergus había decidido que podían estar ausentes, y eso también era información sobre cómo funcionaba este castillo.

Me habían colocado a la derecha de Fergus, que es el sitio que corresponde a la futura señora del clan en una cena de presentación.

A mi derecha, el anciano Donal, que olía a cuero viejo y a la hierba específica que mascan los hombres que llevan décadas haciéndolo y que me había hecho tres preguntas sobre el clan Cairn durante el primer plato con la eficiencia de alguien que tiene una lista mental y la va completando.

A la izquierda de Fergus, el sitio vacío que ocuparía Craig cuando llegara, que llegó tarde con las botas todavía puestas del trabajo exterior y una expresión que decía que había tenido una tarde más larga de lo previsto.

Y tres sillas más allá de Craig, en el lado izquierdo de la mesa, Broc MacAran.

Lo había visto entrar antes que los demás porque había elegido llegar pronto y sentarme antes de que la sala se llenara, que era la manera más eficiente de observar cómo entraba cada persona sin que pareciera que los estaba observando.

Broc había entrado con dos hombres jóvenes que claramente lo encontraban buena compañía, riendo de algo que él había dicho en el corredor, y se había movido hacia su sitio con el paso fácil de quien lleva toda la vida siendo bienvenido en cualquier sala que entra.

Se había detenido un momento al pasar junto a mi silla.

—Esta noche está mejor que ayer. El viaje se nota en la cara el primer día y desaparece el segundo. —Una sonrisa directa, sin doble fondo visible. —Es una observación, no un halago. Los halagos los guardo para cuando son necesarios.

—Qué eficiente —respondí, con el tono correcto para una cuñada que acaba de conocer a alguien con sentido del humor.

Broc había seguido hacia su sitio con la misma facilidad con que había llegado.

Lo que nadie en esa sala podía ver, porque no había nada visible que ver, era que durante los tres segundos en que estuvo junto a mi silla el frío había intentado subir y yo lo había empujado hacia abajo antes de que llegara a la garganta.

Práctica. Cada vez cuesta menos. Eso no es exactamente un progreso que celebrar pero es lo que hay.

La cena empezó con el protocolo que tienen las cenas formales cuando el anfitrión no pierde el tiempo en artificios: comida en la mesa, vino servido, conversación que fluye porque nadie espera que fluya de manera perfecta y eso la hace más natural.

Fergus presidía con la misma economía de gestos que todo lo demás en él: presencia sin esfuerzo aparente, atención que se movía por la mesa con la regularidad de alguien que monitorea sin que parezca que monitorea.

Broc esperó al segundo plato para contar la historia.

Era una historia sobre un mercader del sur que había llegado al castillo el año anterior con una carreta llena de especias que resultaron ser la mitad especias y la mitad serrín teñido, y sobre cómo el cocinero lo había descubierto en el momento más inoportuno posible, que era cuando ya había usado la mitad del contenido para el banquete de San Andrés y el plato principal tenía un sabor que el cocinero describió, según Broc, como madera con pretensiones.

Era una historia bien contada. Tenía ritmo, tenía el detalle correcto en el momento correcto, tenía el remate donde tenía que estar.

La mitad de la mesa se rió con la naturalidad de quien se ríe de algo genuinamente gracioso.

Algunos de los hombres más jóvenes se rieron más fuerte de lo que la historia justificaba, que es lo que hacen los hombres jóvenes cuando quieren que alguien con más autoridad que ellos sepa que lo encuentran interesante.

Yo me reí en el momento correcto.

Mientras me reía, miré al otro lado de la mesa.

Craig tenía la copa de vino en la mano y miraba el contenido con la expresión de alguien que está pensando en otra cosa.

No había cambiado la cara cuando Broc empezó la historia.

No había sonreído cuando los demás sonrieron.

No había hecho el gesto de quien disfruta de algo aunque sea levemente.

Había estado exactamente igual durante la historia que antes de que empezara, que era la expresión de trabajo de un hombre que tiene cosas más importantes en la cabeza que las anécdotas de su colega.

Podía ser que Craig simplemente hubiera oído la historia antes. Podía ser que Craig no tuviera sentido del humor para ese tipo de relato. Podía ser una docena de cosas inocuas que no significaban nada más allá de lo que parecían.

Lo archivé igualmente. Con la etiqueta de pendiente de más datos.

Broc sirvió el vino a las tres personas que tenía a su alrededor antes de que el sirviente llegara a ese extremo de la mesa.

No hizo de ello un gesto: lo hizo con la naturalidad de quien está acostumbrado a gestionar el bienestar de quienes lo rodean como parte de cómo existe en un espacio.

El anciano a su derecha le dijo algo en voz baja y Broc respondió inclinándose levemente hacia él con la atención completa de quien nunca está demasiado ocupado para escuchar a alguien mayor.

Era perfecto. No en el sentido de que no tuviera grietas. En el sentido de que las grietas estaban exactamente donde tenían que estar para parecer humano sin revelar nada que no hubiera elegido revelar.

Lleva años perfeccionando esto. Esa fue la conclusión que alcancé durante el tercer plato, mientras mantenía una conversación paralela con Donal sobre las rutas comerciales del invierno y asentía en los momentos correctos.

No es un hombre que actúe así porque tenga un plan específico para esta noche.

Es un hombre que actúa así porque es como actúa, porque ha construido este personaje durante tanto tiempo que ya no hay diferencia perceptible entre el personaje y el hombre excepto para quien sabe que tiene que buscarla.

Yo sé que tengo que buscarla.

En algún punto del cuarto plato, Broc se inclinó levemente desde su sitio en la dirección donde yo estaba, no lo suficiente para interrumpir la conversación general sino lo suficiente para que su voz llegara.

—¿El camino del norte fue difícil? He oído que la primera parte está en mal estado después de las lluvias.

Preguntas de cuñado. Tono de cuñado. La atención de alguien que quiere que la nueva miembro de la familia sepa que su comodidad le importa.

—El primer tramo tiene barro suficiente para hacer el camino más lento, pero los caballos de mi padre conocen ese tipo de terreno. Llegamos sin incidentes.

—Bien. —Broc asintió con la satisfacción de quien ha verificado que todo fue bien. —El año que viene, si el clan pone los recursos que debería en ese tramo, debería mejorar.

—El año que viene lo veremos.

Broc me miró un momento más con esa sonrisa que llegaba hasta los ojos y luego volvió a la conversación de su lado de la mesa como si nunca se hubiera ido de ella.

Fergus, a mi izquierda, había escuchado el intercambio sin comentarlo. Cuando volví la cabeza hacia delante, lo encontré mirando en dirección a Craig con una expresión que no duró suficiente para que yo la leyera completa.

La cena terminó con la lentitud natural de las cenas formales que terminan porque la gente se va levantando más que porque alguien declare el final.

El anciano Donal fue el primero en levantarse con el cansancio transparente de alguien que ha llegado al límite de sus horas sociales útiles.

Fergus habló con dos de sus hombres junto a la chimenea durante diez minutos mientras los demás salían.

Craig desapareció hacia el ala de administración sin que yo lo viera irse.

Yo salí con el flujo general hacia el corredor principal, que era el camino natural hacia el ala este donde estaba mi habitación. El corredor estaba concurrido durante los primeros metros, gente que se dispersaba hacia distintas partes del castillo con el ritmo desordenado del final de una noche.

Y luego, en el tramo donde el corredor se estrechaba antes de llegar a la escalera este, ya no había nadie excepto yo.

Y Broc.

No sé cuándo llegó a ese tramo. No lo vi seguirme porque había tres personas entre nosotros cuando salí de la sala y en el corredor concurrido no había razón para que mi atención fuera específicamente hacia él.

Estaba a mi lado antes de que yo registrara que estaba ahí, caminando al mismo paso que yo, mirando hacia delante, con la misma expresión de nada en particular que habría tenido si estuviera caminando solo.

No me miró.

Cuando habló lo hizo en el tono que usa la gente cuando comenta algo mundano sobre el clima o el camino del norte, el tono que no tiene inflexión porque no necesita tenerla, el tono que si hubiera alguien detrás de nosotros no habría distinguido de una observación cualquiera entre dos personas que comparten un corredor.

—Nadie va a creer a una mujer que lleva siete meses muerta.

Siguió caminando. Dobló en el corredor transversal que llevaba hacia el ala oeste sin detenerse, sin mirar atrás, sin ningún cambio en el paso que hubiera dicho a un observador que acababa de decir algo que no fuera completamente irrelevante.

Yo seguí caminando hacia la escalera este.

Un paso. Dos. Tres. La escalera tenía diecisiete peldaños hasta el segundo piso y los subí con el mismo ritmo que habría usado si no hubiera pasado nada en el corredor porque si había alguien mirando desde abajo o desde arriba lo que verían era a la futura señora del clan subiendo a su habitación después de la cena, que era exactamente lo que debían ver.

El corredor del segundo piso estaba vacío.

Me detuve.

No durante mucho tiempo. El tiempo que necesité para que el frío que había subido hasta la garganta bajara a donde yo lo mandaba, que esta vez tardó más que las otras veces, que era información útil sobre el estado real de mis recursos esta noche aunque no fuera información que me gustara tener.

Después entré en mi habitación y cerré la puerta.

El fuego seguía encendido. La vela en la mesa, a la mitad. La habitación era exactamente lo que era cuando la había dejado, sin cambios, con el orden que yo le había dado y que nadie había alterado.

Me senté en la silla junto a la ventana.

Nadie va a creer a una mujer que lleva siete meses muerta.

Era verdad como declaración táctica. Era la evaluación correcta de su posición y de la mía y de lo que ocurriría si yo intentara ir a Fergus MacAran mañana por la mañana con mi historia y sin nada más que mi historia.

Una mujer que su propio padre creyó muerta durante siete meses.

Una mujer que llegó al castillo sin avisar de que estaba viva.

Una mujer que acusa al hermano del laird de algo que el hermano del laird negará con la misma sonrisa con que cuenta historias sobre mercaderes y serrín.

Era verdad.

Y era exactamente lo que yo ya sabía cuando tomé la decisión de volver.

Miré la puerta de la habitación. La madera era gruesa, con herrajes de hierro, el tipo de puerta que tiene un castillo cuando ha sido construido para resistir.

Detrás de esa puerta había un pasillo y detrás del pasillo había un castillo con doscientas personas y en algún lugar de ese castillo había una muchacha de diecinueve años que llevaba once años aprendiendo a leer los silencios de este lugar.

Me levanté. Abrí la puerta y asomé la cabeza al corredor. Estaba vacío.

Volví a la silla. Esperé.

Donna tardó veinte minutos en aparecer con el agua caliente de la noche, que era parte de su rutina y no una convocatoria, pero era la convocatoria que yo necesitaba porque no podía ir a buscarla sin razón visible y ella tenía razón visible para venir.

Entró. Dejó la jarra. Se giró con la pregunta silenciosa de si necesitaba algo más.

La miré directamente.

—Cierra la puerta.

Donna la cerró sin pregunta. Se quedó junto a ella, con la jarra vacía en las manos, con los ojos que ya estaban procesando que esto era diferente a las noches anteriores aunque todavía no supiera en qué dirección iba la diferencia.

La evalué una última vez con todo lo que tenía: once años en este castillo, economía de palabras, la discreción de quien ha aprendido que la información tiene valor y el silencio también, la forma en que había cerrado la puerta sin preguntar por qué debía cerrarla.

Tomé la decisión.

—Necesito que me cuentes algo —empecé. —No esta noche. Mañana, o cuando tengas ocasión. Quiero saber qué dice la gente de este castillo sobre el hermano del laird. No lo oficial. Lo que se dice cuando no hay nadie que importe escuchando.

Donna no cambió la cara. Procesó lo que acababa de oír durante un segundo que fue suficiente para que yo viera que estaba procesando y no reaccionando, que era exactamente la diferencia que necesitaba que hubiera.

—¿Qué tipo de cosas?

—Las que se callan delante de ciertas personas.

Otro segundo. Donna ajustó el agarre sobre la jarra vacía.

—Eso depende de qué quiera saber y de por qué.

Era la respuesta correcta. No un sí inmediato, que habría sido el sí de alguien que no entiende el peso de lo que se le pide.

No un no, que habría cerrado una puerta que necesitaba mantener abierta.

Una pregunta que pedía más información antes de comprometerse, que era la respuesta de alguien que piensa antes de actuar.

—Por ahora solo quiero saber qué se dice. El porqué te lo cuento cuando sepa que puedo contártelo.

Donna asintió. Una inclinación de cabeza pequeña y precisa, sin efusividad, sin el exceso de quien quiere parecer leal más que serlo.

—De acuerdo.

Salió. La puerta se cerró con el mismo silencio con que se había cerrado la primera vez.

Me quedé en la silla con el fuego bajando y el viento en los muros y la frase de Broc en algún lugar entre el estómago y la garganta donde la había empujado y donde iba a quedarse hasta que yo encontrara la manera de convertirla de amenaza en error.

Porque eso era lo que era, también. No solo una declaración táctica correcta. Era un error. Un hombre que no dice nada no puede ser citado. Un hombre que dice nadie va a creerle ha confirmado que hay algo que no creer.

Yo lo había escuchado.

Y Donna, a partir de mañana, iba a empezar a escuchar también.