III. El registro
Patxi llegó a Donostia a las once de la mañana, con el coche de la comisaría de Bilbao y un equipo que no había pisado la Jefatura de Gipuzkoa en su vida, y lo hizo por la carretera del litoral, sin avisar,
con la orden de registro firmada por el juez de Bilbao en el maletín y la discreción de los que saben que el topo se caza con la red limpia.
Irati lo esperaba en el parking del hospital, con la lluvia de la mañana mojando la chaqueta y la certeza de que la red limpia, la de Bilbao, iba a entrar en el despacho del comisario Iturriaga sin que nadie pudiera avisarlo.
—Patxi —dijo Irati, con voz firme, abriendo la puerta del coche—. La orden. el registro, el despacho de Iturriaga, el terminal. ¿Está firmada? ¿Es legal? ¿Puede entrar el equipo ahora mismo?
Patxi asintió, con la orden en el maletín y la lluvia mojando el parabrisas, con esa expresión suya de los registros que no se avisan.
—Firmada —dijo, con voz firme—. Por el juez de Bilbao, Irati, con la IP de Leire, con el registro de la red interna, con la ventana del asalto y con la declaración de Eneko sobre la segunda cueva.
La orden es legal, Irati, y es para ahora.
El equipo de Bilbao, el que no tiene deudas con el norte, entra en el despacho del comisario Iturriaga sin avisar, con la llave del registro y la cámara del atestado.
—La miró—. El topo, Irati, se caza con la red limpia.
Y la red limpia, Irati, está aquí, con la orden en el maletín y la lluvia en el parabrisas, lista para entrar.
—Entonces entramos —dijo Irati, con voz firme—.
Entramos en el despacho del comisario Iturriaga, con la orden del juez de Bilbao y el equipo que no tiene deudas con el norte.
Y el terminal, Patxi, el registro de Leire, las copias de los mensajes cifrados, la ventana del asalto, va a aparecer.
Va a aparecer en el cajón, en la mesa, en la estantería, donde Iturriaga lo escondió.
—La miró—. Y cuando el terminal aparezca, Patxi, con las copias de los mensajes cifrados y el acceso a los datos de la operación, el topo tiene nombre, prueba y caída.
El comisario Mikel Iturriaga, Patxi, el que les dio el caso, cae con su propio terminal en las manos.
La Jefatura de Donostia los recibió con la lluvia de la mañana y el silencio de las oficinas que no esperan visitas, y el equipo de Bilbao entró con la orden de registro en la mano y la discreción de los registros que no se avisan.
Irati se quedó en el pasillo, con el corazón latiéndole en el pecho con una fuerza que no esperaba, y miró la puerta del despacho de Iturriaga un momento, el comisario, el reloj de cuero, la chaqueta de paño azul,
el hombre que les había dado el caso y que había filtrado la ventana del asalto al entramado.
El despacho estaba como Irati lo recordaba de la primera mañana: la mesa de madera clara cubierta de expedientes, la cafetera de filtro con el anillo de café sobre la carpeta, la ventana que daba a la calle interior por la que solo se veían tejados mojados y la antena de telecomunicaciones.
Todo igual, pensó, menos lo que sabía ahora.
El comisario que les había recibido con el café malo y la luz buena, el que mandaba con preguntas y callaba con peligro, era la rendija por la que la familia Alkorta Zabala había visto cada uno de sus movimientos desde el principio.
Patxi fue metódico, sin prisas, como los registros de los que no quieren dejar nada fuera.
Abrió los cajones de la mesa con los guantes puestos, revisó la estantería, revisó el archivador, revisó el ordenador de sobremesa, y cuando llegó al último cajón, la izquierda, la cerradura que no encajaba,
levantó la vista hacia Irati con la certeza de los que saben que el topo guarda su prueba cerca.
—El terminal —dijo Patxi, con voz firme, sacando el teléfono del cajón con los guantes puestos—.
el registro de Leire, las copias de los mensajes cifrados, la ventana del asalto.
El terminal, Irati, el despacho del comisario Iturriaga, está aquí.
En el cajón de la izquierda, con la cerradura que no encajaba, con las copias de los mensajes cifrados y el acceso a los datos de la operación.
—La miró—. La rendija tiene nombre y prueba, Irati.
El comisario Mikel Iturriaga, el que les dio el caso, es el topo.
Y el topo, Irati, acaba de caer con su propio terminal en las manos.
Irati se quedó mirando el terminal un momento, con la luz del despacho encendiendo su cara y la certeza pesándole en el pecho.
El terminal. el registro de Leire. el despacho del comisario Iturriaga.
las copias de los mensajes cifrados, el acceso a los datos de la operación, la ventana del asalto.
La rendija tenía nombre y prueba. El comisario Mikel Iturriaga, era el topo.
Y el topo, el que había estado jugando contra ellos desde el principio, acababa de caer con su propio terminal en las manos.
Patxi envolvió el terminal en la bolsa de evidencias, lo etiquetó con la hora y el lugar, y lo entregó a la agente que llevaba el inventario con la calma de los que saben que la prueba ya no se puede discutir.
Luego se quedó un momento en medio del despacho, mirando la mesa, la cafetera, la ventana, con esa mirada suya de los que registran el lugar donde alguien ha estado jugando durante años.
—El terminal —repitió, con voz firme—. el registro, las copias, la ventana del asalto.
La rendija, Patxi, tiene nombre y prueba.
El comisario Mikel Iturriaga, el que nos dio el caso, es el topo.
—La miró—. Y el topo, Patxi, acaba de caer.
Con su propio terminal en las manos, con las copias de los mensajes cifrados y con el registro de la red interna confirmando el acceso durante la ventana del asalto.
El cerco, Patxi, está cerrado. Y ahora, con la pieza madre sobre la mesa, con la cadena entera al lado y con el terminal del comisario en el bolso de evidencias, vamos a detenerlo.
Vamos a detener al comisario Mikel Iturriaga, el topo interno, el que les dio el caso para jugarlo contra ellos.
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