II. La elección
El hospital de Donostia los recibió con el olor a desinfectante y a pasillos que no cambian, con la lluvia de la mañana golpeando los ventanales y el mar gris de fondo, y Eneko estaba despierto en la cama de la planta de traumatología, con el brazo en cabestrillo y la barba canosa sin afeitar,
con la sonrisa de los que han cruzado el mar y vuelven para contarlo.
Irati entró con dos cafés en las manos, con el informe de Ainhoa y de Maddi en la carpeta y la luz gris de la mañana encendiendo el pasillo, y se quedó un momento en la puerta de la habitación, mirando a Eneko con el brazo en cabestrillo y la televisión apagada, con la certeza de que el guía,
el que conocía las cuevas del litoral mejor que nadie, había estado a punto de quedarse en la galerna.
—El brazo —dijo Irati, con voz firme, sentándose en la silla de la habitación—. la roca del arrecife, la cuarta oleada, la mano tendida hacia la grúa. ¿Cómo está, Eneko? ¿Cómo está el brazo?
Eneko levantó el brazo en cabestrillo, con la sonrisa de siempre y la barba sin afeitar, y la miró con esa calma de los que han estado a punto de no tener una mañana más.
—El brazo —dijo, con voz firme—. Me lo han cosido, Irati.
Me lo han vendado, me lo han puesto en cabestrillo y me han dicho que con el brazo en cabestrillo se cuentan las buenas historias en esta costa.
Y la historia, Irati, la galerna, la entrada sumergida, la pieza madre, es la que me ha dejado aquí, con el brazo cosido y la sonrisa puesta.
La Dama del Norte, Irati, no ha cogido a nadie de esta costa.
Se ha cobrado el brazo, pero no ha cogido a nadie.
Y yo, Irati, sigo aquí, con el brazo en cabestrillo y la pieza madre en la custodia, para contarlo.
Irati asintió, con el café en la mano y la luz gris de la mañana encendiendo la habitación, y se quedó un momento mirando la ventana, el mar gris de fondo, la ciudad mojada por la lluvia.
—La pieza madre —dijo, con voz firme—. Está en el laboratorio de San Telmo, Eneko.
Con el fragmento de la fábrica al lado, con el código de los chips confirmado, con la firma de la mano del restaurador sobre la superficie.
La cadena está entera, Eneko. la pieza, la fábrica, la fundación, la cuenta de Ginebra, la familia Alkorta Zabala.
—La miró—. Y la investigación, Eneko, el que empezó con la pieza que el mar entregó en la bajamar de Zumaia, se va a cerrar con la pieza madre sobre la mesa de San Telmo.
Pero antes, Eneko, antes de presentar la cadena, necesito que me digas una cosa.
Una cosa que solo tú sabes. —Se quedó un momento en silencio—.
La segunda cueva, Eneko. el pecio real, la que la leyenda no menciona, la que descubriste siguiendo la pista de la cueva-almacén. ¿Quién más sabía que existía?
Eneko se quedó muy quieto, con el brazo en cabestrillo y la luz gris de la mañana encendiendo su cara, y cuando contestó, la voz le sonó con una gravedad que Irati no le había oído nunca.
—La segunda cueva —dijo, con voz firme—.
el pecio real, el cargamento sellado, la que la leyenda no menciona.
La descubrí yo, Irati, siguiendo la pista de la cueva-almacén, con las marcas del litoral y los años de conocer estas costas.
Pero no fui el primero en conocerla, Irati.
Hace años, Irati, años antes de que tú llegaras al norte, en una guardia de la UVR, yo vi a un hombre en la entrada de esa cueva.
Un hombre con traje de calle, con reloj de cuero y chaqueta de paño azul, mirando la boca de la cueva como quien mira un expediente que lleva años pesándole.
Lo vi una vez, Irati. Una sola vez. Y no lo volví a ver.
Pero no lo he olvidado, Irati, porque el hombre que miró la boca de la segunda cueva hace años era el comisario Iturriaga.
Irati se quedó muy quieta, con la luz gris de la mañana encendiendo la habitación y las palabras de Eneko pesándole en el pecho.
Iturriaga en la boca de la segunda cueva.
Iturriaga, con el reloj de cuero y la chaqueta de paño azul, mirando la cueva como quien mira un expediente que lleva años pesándole.
El mismo hombre que les había contado la leyenda de la Dama del Norte en la carretera de Getaria, que les había advertido de que el expolio se tocaba con guantes de seda, que les había entregado el expediente del «señor».
El mismo hombre que les había dado el caso.
Y el mismo hombre que, según la IP de Leire, había filtrado la ventana del asalto al entramado desde su despacho de la Jefatura.
—¿Seguro? —preguntó Irati, con voz firme—. ¿El hombre de la guardia, Eneko, la chaqueta de paño azul, era el comisario Iturriaga? ¿El mismo, la Jefatura, el reloj de cuero, el silencio como peligro?
—Seguro —dijo Eneko, con voz firme—. El mismo, Irati.
la chaqueta de paño azul, el reloj de cuero, el silencio como peligro.
Lo vi una vez, Irati. Una sola vez, hace años, en una guardia de la UVR.
Pero un hombre así no se olvida, Irati. Un hombre que mira una cueva que la leyenda no menciona, con el traje de calle y la chaqueta de paño azul, no se olvida.
Y ahora, Irati, con la IP de Leire, con el terminal de la comisaría, con la ventana del asalto, con la fuga del entramado, sé lo que supe aquella mañana y no me atreví a decir: el comisario Iturriaga conocía la segunda cueva.
Y el comisario que conocía la segunda cueva, Irati, es el que les dio el caso.
Es el que les dijo que la superioridad quería archivar.
Es el que estaba delante de ti en la Jefatura, con la luz de la ventana encendiendo su cara, mientras en su despacho se filtraba al entramado la ventana del asalto.
—La miró—. Iturriaga, Irati, no era el que protegía el caso.
Iturriaga, Irati, era el que lo filtraba.
El topo. El que había visto la segunda cueva hace años y no dijo nada.
El que les dio el caso para jugarlo contra ellos.
Irati se quedó muy quieta, con el café en la mano y la lluvia golpeando los ventanales, con la certeza de Eneko pesándole en el pecho.
Iturriaga conocía la segunda cueva. La había visto en su guardia años atrás, la había mirado como quien mira un expediente que lleva años pesándole, y no había dicho nada.
Y ahora, con la IP de Leire, con el terminal, con la ventana del asalto, la certeza de Eneko y la prueba de Leire se encontraban en el mismo punto: el comisario Mikel Iturriaga era el topo.
—La segunda cueva —repitió Irati, con voz firme—.
Iturriaga la conocía, Eneko. La había visto en su guardia hace años.
Y no dijo nada. No dijo nada cuando el caso empezó, Eneko.
No dijo nada cuando la redada encontró la cueva vacía.
No dijo nada cuando la segunda cueva apareció en el mapa, con el pecio real y la pieza madre intacta.
Y la IP, Eneko, la de Leire, el terminal de la comisaría, el despacho de Iturriaga durante la ventana del asalto, confirma lo que viste aquella mañana.
—La miró—. El comisario Iturriaga, Eneko, el que les dio el caso, es el topo.
Y el topo, Eneko, el que se nos estaba escapando desde el principio, acaba de cerrar el cerco.
Con la IP, con el terminal, con la guardia de la UVR y con la segunda cueva que Iturriaga conocía y nunca mencionó.
El cerco, Eneko, está cerrado. Y ahora, con la pieza madre sobre la mesa y la cadena entera al lado, vamos a por él.
Eneko asintió, con el brazo en cabestrillo y la luz gris de la mañana encendiendo su cara, y se quedó un momento mirando la ventana, el mar gris, la ciudad mojada por la lluvia.
—Vamos a por él —repitió, con voz firme—.
Vamos a por el comisario Iturriaga, Irati.
Con la IP de Leire, con el registro de la red interna, con la guardia de la UVR y con la segunda cueva que conocía y nunca mencionó.
Y el registro, Irati, el de su despacho, lo hace un equipo que no pasa por la Jefatura de Donostia.
Un equipo de Bilbao, el de Patxi, el caso de la organización sanitaria, el que no tiene deudas con el norte.
—La miró—. El topo, Irati, se caza con la red limpia.
Y la red limpia, Irati, la de Bilbao, es la que va a registrar el despacho del comisario Iturriaga.
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