V. La llamada de Eneko
La noche de octubre se cerró sobre Donostia, con la luz de la ciudad encendiendo la bahía y el mar al fondo, y Irati se quedó en el piso de la parte vieja, con el informe del fragmento sobre la mesa y la certeza de que la presión de la Jefatura, la superioridad, la familia Alkorta Zabala,
era la prueba de que el caso estaba cerca de cerrarse.
El teléfono sonó a las diez, con el nombre de Eneko en la pantalla y la luz de la lámpara encendiendo la habitación, y Irati contestó con voz firme.
—Irati —dijo Eneko, con la voz ronca y el sonido del mar al fondo—.
He encontrado algo. Algo que no esperaba.
He estado siguiendo la pista de la cueva, la fábrica, el litoral de Getaria.
Y la pista, Irati, la cueva, me ha llevado a una segunda cueva.
Una cueva sellada, Irati. Una cueva que la leyenda no menciona, que los mapas no dibujan, que nadie conoce.
Y dentro, Irati, dentro de la cueva sellada, está el pecio real.
El pecio del cargamento de 1734, el que los libros daban por «no localizado», la pieza madre.
El pecio real, Irati, está dentro de la cueva sellada.
Y la pieza madre, Irati, la original, el siglo XVIII, la que la fábrica tocaba, está intacta.
La pieza madre, Irati, la que creían robada, nunca salió del pecio.
La pieza que robaron, Irati, la que la fábrica fabricó, la que el señor Zabala quería para la bóveda, era la réplica.
La pieza madre real, Irati, está en la cueva sellada.
Y la cueva sellada, Irati, es el pecio real.
Irati se quedó muy quieta, con el teléfono en la mano y la luz de la lámpara encendiendo la habitación, y las palabras de Eneko pesándole en el pecho.
La segunda cueva sellada. El pecio real.
La pieza madre intacta. La pieza que creían robada nunca salió del pecio.
La pieza que robaron, la que la fábrica fabricó, la que el señor Zabala quería para la bóveda, era la réplica.
—La pieza madre real —repitió Irati, con voz firme—. La que nunca salió del pecio, la que está intacta en la cueva sellada, la que la leyenda no menciona. ¿Y la fábrica, Eneko? ¿Y la cueva de la fábrica, la que se vació, la que dejó el fragmento? ¿Tienen relación las dos cuevas?
Al otro lado del teléfono, Eneko se quedó en silencio un momento, con el sonido del mar al fondo.
—La fábrica —dijo, con voz firme—. La cueva de la fábrica, la que se vació, la que dejó el fragmento, está a pocos metros de la cueva sellada.
La fábrica, Irati, se construyó encima del pecio real.
La fábrica, Irati, las réplicas, los moldes, los chips, estaba encima de la cueva sellada, encima del pecio real, encima de la pieza madre.
La leyenda, Irati, la cueva de la Dama, cubría la fábrica.
Y la fábrica, Irati, cubría el pecio real.
Tres capas, Irati: la leyenda, la fábrica y el pecio real.
Y la pieza madre, Irati, la original, el siglo XVIII, está en la última capa.
el pecio real, la cueva sellada, la que nadie conoce.
La pieza madre, Irati, la que el señor Zabala quiere para la bóveda, la que la Dama del Norte guarda desde hace tres siglos, está intacta.
Y la cueva sellada, Irati, el pecio real, es la que va a cerrar la investigación.
Irati se quedó muy quieta, con el teléfono en la mano y la luz de la lámpara encendiendo la habitación, y la certeza de que el tesoro real había aparecido instalándosele en el pecho con una claridad que le dolía.
La fábrica se construyó encima del pecio real.
La leyenda cubría la fábrica. Y la fábrica cubría el pecio real.
Tres capas: la leyenda, la fábrica y el pecio real.
Y la pieza madre, la original, el siglo XVIII, estaba en la última capa, en la cueva sellada, en la que nadie conocía.
—La cueva sellada —repitió Irati, con voz firme—.
el pecio real, la pieza madre intacta, la que la leyenda no menciona.
Y la cueva sellada, Eneko, la vamos a abrir.
La pieza madre, Eneko, la real, la que nunca salió del pecio, la vamos a recuperar.
Y cuando la pieza madre real esté en la custodia, Eneko, con la cadena cerrada y el sello de la policía, la familia Alkorta Zabala va a quedarse sin el corazón de su bóveda.
La réplica, Eneko, la que el señor Zabala quería para la bóveda, no vale nada sin la pieza madre real.
Y la pieza madre real, Eneko, la que está intacta en la cueva sellada, es la que va a cerrar la investigación.
Se quedó un momento con el teléfono en la mano, con la luz de la lámpara encendiendo la habitación y el sonido del mar en el auricular, y la certeza de que el tesoro real había aparecido, la de que la pieza madre nunca había salido del pecio,
la de que la réplica era lo único que la fábrica había robado, la instalaba en el pecho con la solidez de una losa.
—Mañana —dijo, con voz firme—. Mañana, Eneko, vamos a abrir la cueva sellada.
Vamos a bajar al pecio real, vamos a recuperar la pieza madre y vamos a cerrar la cadena del caso del norte.
Y cuando la pieza madre real esté en la custodia, Eneko, con el fragmento, con la datación, con la facturación y con la cadena completa de la familia Alkorta Zabala al lado, la investigación se va a cerrar.
Y la Dama del Norte, Eneko, la que guarda los nombres de los que el mar no devuelve, va a devolver el tesoro que llevaba tres siglos protegiendo.
Al otro lado del teléfono, Eneko se quedó en silencio un momento, con el sonido del mar al fondo.
—La cueva sellada —dijo, con voz firme—.
La abro con mi acceso, Irati. El que conozco desde hace años, el que nadie más usa, la entrada de la marea baja.
La cueva sellada, Irati, tiene dos entradas: el mar, la que se abre con la marea baja, la que la leyenda no menciona, y la roca, la fábrica, la que se vació.
La entrada de la roca, Irati, la fábrica, está sellada con cemento moderno.
La familia la cerró cuando construyó la fábrica encima, hace décadas, para que nadie bajara al pecio real.
Pero la entrada del mar, Irati, la marea baja, sigue abierta.
La que yo conozco, la que usan los que saben de las cuevas del litoral, la que la leyenda de la Dama del Norte guarda.
Mañana, Irati, con la marea baja y con mi acceso, bajamos al pecio real por la entrada del mar.
Y la pieza madre, Irati, la que nunca salió del pecio, la que lleva tres siglos esperando, va a volver a la luz.
Irati se quedó muy quieta, con el teléfono en la mano y la luz de la lámpara encendiendo la habitación, y las palabras de Eneko pesándole en el pecho.
La cueva sellada tenía dos entradas: el mar, la marea baja, la que la leyenda guardaba, y la roca, la fábrica, la que se vació.
La entrada de la roca estaba sellada con cemento moderno.
La familia la cerró cuando construyó la fábrica encima, hace décadas.
Pero la entrada del mar, la marea baja, seguía abierta.
Y mañana, con la marea baja y con el acceso de Eneko, iban a bajar al pecio real por la entrada del mar.
—La entrada del mar —repitió Irati, con voz firme—.
la marea baja, la cueva sellada, el pecio real.
Y la entrada, Eneko, el mar, es la que la familia no conoce.
La que la fábrica no tapó. La que la leyenda de la Dama del Norte guarda desde hace décadas.
La familia cree que la cueva sellada está sellada.
La familia cree que la pieza madre está a salvo en el pecio real, fuera de las manos de la ley.
Pero la familia, Eneko, no conoce la entrada del mar.
Y la entrada del mar, Eneko, la marea baja, es la que va a abrir la cueva sellada.
Mañana, Eneko, con la marea baja, con tu acceso y con la UVR, bajamos al pecio real.
Y la pieza madre, Eneko, la real, la que la familia creía a salvo, va a volver a la luz.
Colgó el teléfono y se quedó un momento en la habitación, con la luz de la lámpara encendiendo su cara y la certeza de que la investigación, la fábrica, el pecio real, la pieza madre, estaba a punto de cerrarse.
La fábrica se había vaciado, pero la fábrica había dejado el fragmento.
El fragmento había probado la datación, el código y la facturación.
La facturación había cerrado la contabilidad del expolio.
Y la llamada de Eneko había revelado la última pieza: la cueva sellada, el pecio real, la pieza madre intacta.
Y en la noche de la llamada de Eneko, con la luz de la lámpara encendiendo la habitación y la certeza del tesoro real instalada en el pecho, Irati supo que la investigación, la fábrica, el pecio real, la pieza madre, se estaba cerrando sobre la familia Alkorta Zabala.
Y que la Dama del Norte, la que guarda los nombres de los que el mar no devuelve, esta vez iba a tener que devolverlos todos: el padre de Irati, las piezas del pecio, la verdad del cargamento de 1734,
la fábrica que cubría el pecio real y la bóveda del coleccionista que creía que el mar no le iba a pedir cuentas.
Y esa noche, con el teléfono aún caliente en la mano y la certeza de la cueva sellada en el pecho, Irati sintió que la marea baja de la mañana siguiente, la entrada del mar, el acceso de Eneko, iba a abrir la última puerta del caso del norte.
el pecio real. la pieza madre intacta. La que la familia creía sellada para siempre.