La dama del norte (Costa Vasca 2) III. La ruta de la tumba
58%

III. La ruta de la tumba

Jules salió de la fundación Helder con la luz gris de la tarde encendiendo los canales y la certeza de que había conseguido el mapa de la ruta del norte: la donación, la subasta, la compra, el perito, el certificado y la bóveda del señor Zabala.

La ruta que terminaba en la tumba privada del coleccionista, la que el circuito llevaba décadas cerrando sobre las piezas del norte.

Cruzó la Herengracht, con los puentes y las bicicletas alrededor, y se sentó en una terraza junto al canal, con el café y el portátil, y llamó a Irati, con voz firme.

—La ruta —dijo, con el teléfono en la mano y el canal al fondo—.

La he encontrado, Irati. La ruta de la tumba.

La fundación Helder, la Herengracht, es la que compra las piezas de las subastas del norte.

El director, Van der Meer, me ha confirmado que el coleccionista final es el señor Zabala, el de Mutriku, los barcos.

El señor Zabala recibe las piezas en la bóveda de su familia, en un lugar que solo la familia conoce, cerca del mar.

Y cada pieza, Irati, antes de entrar en la bóveda, la certifica un perito de confianza de la fundación.

El perito, Irati, es Aranburu. El restaurador Aranburu, la parte vieja.

El que te llamó, los once minutos, el que está en el centro de la redada.

Al otro lado del teléfono, Irati se quedó en silencio un momento, y cuando contestó, la voz no le tembló porque no se lo permitió.

—Aranburu —repitió—. El perito de la ruta.

El que certifica las piezas, el que hace impecable la ruta, el que abre la bóveda del señor Zabala con su firma.

Y el que me llamó, Jules, el que recibió la llamada de once minutos, el que está en el centro de la redada.

El restaurador Aranburu, Jules, es la pluma de la ruta del norte.

Y la pluma, Jules, el restaurador, es la que vamos a romper primero.

Jules se quedó mirando el canal, con el teléfono en la mano y la certeza de que la estrategia se estaba cerrando.

El restaurador Aranburu era la pluma de la ruta.

Y la pluma, el restaurador, era la que iban a romper primero.

Sin el certificado del perito, no había bóveda.

Sin la bóveda, no había ruta. Sin la ruta, la familia Alkorta Zabala no podía enterrar las piezas del norte.

—Aranburu —repitió Jules, con voz firme—.

La pluma de la ruta. Y cuando la pluma se rompa, Irati, cuando el restaurador Aranburu confiese que certificaba las piezas falsas para el señor Zabala, la bóveda de la familia se va a abrir.

Y cuando la bóveda se abra, Irati, con las piezas de décadas dentro, la cadena completa de la familia Alkorta Zabala se va a cerrar sobre la ruta del norte.

La ruta de la donación, la subasta, la compra, el perito y la tumba privada.

La ruta que el circuito llevaba décadas cerrando sobre las piezas del norte.

Al otro lado del teléfono, Irati se quedó en silencio un momento.

—Y la pieza madre —dijo, con voz firme—. ¿Qué pasa con la pieza madre? ¿Qué me ha dicho Van der Meer?

Jules se quedó mirando el canal, con el teléfono en la mano y la certeza de que la respuesta iba a doler.

—Van der Meer me ha dicho —dijo, con voz firme—, que la pieza madre no iba a llegar a la bóveda por la ruta de la fundación.

Iba a llegar por la ruta de la familia. Por las buenas o por las malas, Irati.

El señor Zabala lleva décadas esperando la pieza madre, y no va a dejar que la policía del norte la conserve.

Y cuando la pieza madre esté en la bóveda de la familia, Irati, la ruta del norte se va a cerrar para siempre.

La bóveda del señor Zabala va a tener la pieza que da verosimilitud a todas las demás.

Y la familia, Irati, la de Alkorta Zabala, va a poder enterrar la verdad del pecio para siempre.

Por eso la luna llena, Irati. Por eso la cita en la cueva.

Por eso la carta de la fábrica. El señor Zabala no espera a la ruta: espera a la entrega.

Al otro lado del teléfono, Irati se quedó en silencio un momento, y cuando contestó, la voz le sonó baja, medida, con la certeza de los que saben que la noche de la luna llena va a decidir el caso.

—La entrega —repitió—. la luna llena, la cueva.

El señor Zabala espera la entrega de la pieza madre, Jules.

Y la entrega, la cueva, la luna llena, es la que vamos a preparar con la redada.

La cita de la cueva, Jules, no es la trampa del señor Zabala: es la trampa de la familia.

Y la trampa, cuando el señor Zabala baje a la cueva a por la pieza madre, se va a cerrar sobre él con la redada de la policía.

Pero primero, Jules, primero tenemos que romper la pluma.

Primero tenemos que abrir la bóveda. Primero tenemos que cerrar la ruta del norte.

Y después, Jules, después de cerrar la ruta, la cueva de la luna llena se va a convertir en la trampa final.

Jules se quedó mirando el canal, con el teléfono en la mano y la certeza de que la estrategia del caso, por fin, estaba completa: la pluma, la bóveda, la ruta y la cueva.

El restaurador Aranburu, la pluma de la ruta, se rompería primero.

La bóveda del señor Zabala, la tumba privada, se abriría después.

Y la cueva de la luna llena, la trampa final, se cerraría sobre el señor del norte cuando bajara a por la pieza madre.

Se quedó un momento en la terraza junto al canal, con el café ya frío y el portátil abierto, y después llamó a Leire, con la identidad de cobertura y la certeza de que la red de la familia, las cuentas, los notarios, las cajas de seguridad, podía seguirse desde el papel.

—Leire —dijo, con el teléfono en la mano y el canal al fondo—.

La fundación Helder, la de Ámsterdam, el fondo de Luxemburgo.

Necesito el rastro de las donaciones: las cartas de donación, las facturas, los certificados del perito, los asientos de las cuentas.

La ruta de la donación, la subasta, la compra y la bóveda.

El rastro, Leire, los últimos cinco años, el que la fundación ha ido cerrando sobre las piezas del norte.

Al otro lado del teléfono, Leire se quedó en silencio un momento, y cuando contestó, la voz le sonó con la precisión de los que trabajan con los números.

—El rastro de las donaciones —repitió—. la fundación Helder, los certificados, los asientos.

Voy a cruzar el registro de la fundación con las subastas benéficas del norte, con los certificados del perito y con las cuentas de Luxemburgo.

Y cuando el rastro esté completo, Jules, con la donación, la subasta, la compra y el asiento, la ruta de la tumba privada va a quedar dibujada en el papel.

La ruta, Jules, la que va a abrir la bóveda del señor Zabala.

Jules se quedó mirando el canal, con el teléfono en la mano y la certeza de que el rastro de Leire, las cuentas, iba a cerrar el mapa de la ruta. La donación, la subasta, la compra, el certificado y el asiento: el rastro completo de la fundación Helder, el que iba a abrir la bóveda del señor Zabala.

—El rastro —repitió, con voz firme—. los cinco años, las cuentas, los certificados.

Y cuando el rastro esté completo, Leire, cuando la ruta de la tumba quede dibujada en el papel, la bóveda del señor Zabala se va a abrir con la cadena de los asientos.

Sin la ruta, no hay bóveda. Sin la bóveda, no hay ruta.

Sin la ruta, la familia Alkorta Zabala no puede enterrar las piezas del norte.

Colgó el teléfono y se quedó un momento en la terraza, con el canal al fondo y la certeza de que el rastro de Leire iba a cerrar el mapa, y después recogió el portátil y caminó por la Herengracht, con los puentes y las fachadas reflejándose en el agua, hasta el archivo municipal de Ámsterdam,

donde el registro de las fundaciones y las cajas de seguridad se guardaba en los ficheros de la ciudad.

En el archivo, con la luz de los ventanales altos y el olor del papel antiguo, Jules pidió el registro de la fundación Helder, con la identidad de cobertura y la certeza de que el archivo, la ciudad, guardaba los documentos que las fundaciones preferían no mostrar.

El archivero, un hombre mayor de gafas de montura dorada, le trajo los ficheros con una lentitud ritual, y Jules pasó la tarde leyendo las actas de la fundación, los estatutos, las memorias anuales y los listados de donaciones, con la certeza de que la ruta de la tumba, la fundación Helder,

estaba en el papel.

Los documentos confirmaban lo que Van der Meer le había contado: la fundación Helder compraba piezas en subastas benéficas de la costa cantábrica, las certificaba un perito con sede en Donostia, el restaurador Aranburu,

y las entregaba a coleccionistas privados con cartas de donación y facturas impecables.

Y en el listado de donaciones de los últimos cinco años, Jules encontró el patrón que buscaba: las piezas del norte, las del cargamento de 1734, las que la fundación compraba en las subastas benéficas de Bilbao, estaban entregadas a un único destinatario,

un coleccionista privado con sede en la costa vasca, cuyo nombre no aparecía en los documentos públicos, pero cuyas iniciales, las del destinatario de las donaciones, estaban marcadas en cada factura con la misma tinta: Z.

Jules se quedó mirando las facturas, con la luz de los ventanales altos encendiendo el papel y la certeza de que la ruta de la tumba estaba confirmada.

La fundación Helder, el perito Aranburu y el coleccionista Z: la ruta de la donación, la subasta, la compra, el certificado y la bóveda.

La ruta que la familia Alkorta Zabala llevaba décadas cerrando sobre las piezas del norte.

—La firma —murmuró Jules, con las facturas en la mano y la luz de los ventanales altos alrededor—.

La de Z. el coleccionista, el señor del norte, la bóveda de la familia.

Y la firma, la de Z, las facturas de la fundación, es la que confirma la ruta de la tumba.

La que abre la bóveda del señor Zabala con la cadena de los asientos.

La que cierra la investigación sobre la familia Alkorta Zabala.

Cerró los ficheros, devolvió las actas al archivero y salió del archivo con la luz de la tarde encendiendo los canales y la certeza de que el mapa de la ruta, el de Ámsterdam, estaba completo.

El rastro de Leire, las cuentas, se sumaría al de las facturas, al de los certificados y al de los asientos, y la ruta de la tumba, la fundación Helder, quedaría dibujada en el papel con la firma de Z al final.

* * *