IV. El señor
Al día siguiente, con el nombre de Zabala en el pecho y el mapa de flujos ordenado, Jules se sentó con Irati en el despacho de la comisaría y le contó lo que había visto en los expedientes de Iturriaga la noche anterior: el expediente del señor Alkorta, el patriarca,
el que todos respetaban y nadie miraba.
—El señor Alkorta —dijo Jules, con el café en la mano y la luz del despacho alrededor—.
El patriarca. El que preside la subasta benéfica, el que financia el Geoparkea, el que todos aplauden.
Y el expediente, Irati, dice que el señor Alkorta empezó en el negocio del patrimonio con su padre, en los años sesenta, con las mismas piezas de la costa y los mismos certificados.
Los mismos certificados, Irati. Los mismos apellidos.
Los mismos talleres. El expolio no empezó con el señor Alkorta: empezó con su padre.
Y el señor Alkorta, el patriarca, es la segunda generación del circuito.
Irati se quedó mirando el expediente un momento, con la luz del despacho alrededor y las palabras de Jules pesándole en el pecho.
La segunda generación. El expolio no había empezado con el señor Alkorta: había empezado con su padre, en los años sesenta, con las mismas piezas, los mismos certificados, los mismos talleres.
La caja del pecio, las chapas modernas de los años sesenta, la que habían recuperado en Zumaia, encajaba con la historia del señor Alkorta padre.
—Entonces —dijo, con voz firme—, la caja de las chapas de los años sesenta, la que recuperamos en el fondo, es la caja del padre del señor Alkorta.
La que la primera generación usó como molde.
Y el circuito, Jules, el que lleva generaciones explotando el pecio, no es un circuito: es una familia.
Una familia que lleva décadas robando al mar, con la leyenda como cortina y el pecio como fábrica, pasándose el negocio de padre a hijo.
Jules asintió, con el café en la mano y la luz del despacho alrededor.
—Una familia —repitió—. Y la familia, Irati, tiene un nombre: Alkorta.
Pero el que paga la pieza madre, el que quiere la pieza para la bóveda de su familia, no se llama Alkorta: se llama Zabala.
Zabala, Irati. El apellido de la firma. El apellido de los certificados.
El apellido del que paga con nombre. Y la pregunta que me hago es la que lleva semanas girando en mi cabeza: ¿Zabala y Alkorta son la misma familia?
¿O Zabala es el señor del norte, el que se esconde detrás del patriarca, el que manda en la sombra?
Irati se quedó muy quieta, con la luz del despacho alrededor y la pregunta de Jules pesándole en el pecho.
¿Zabala y Alkorta eran la misma familia?
¿O Zabala era el señor del norte, el que se escondía detrás del patriarca, el que mandaba en la sombra?
La firma del cuaderno, la guarda, el restaurador, el asesinado de la bajamar, era Zabala.
Y el que pagaba la pieza madre con dinero limpio, con dinero con nombre, también era Zabala.
Y el señor Alkorta, el patriarca, el que presidía la subasta benéfica, era el que financiaba el expolio con la lavadora del mecenazgo.
—Hay una manera de saberlo —dijo, con voz firme—.
La firma. el cuaderno, la guarda, los certificados.
Idoia nos dio el apellido de la firma, Jules, pero no el nombre completo.
Y el nombre completo, el que aparece en los certificados de los años sesenta, en los talleres de la primera generación, es el que va a decirnos si Zabala y Alkorta son la misma familia.
Necesitamos el archivo. los años sesenta.
los certificados del padre del señor Alkorta.
Y el archivo, Jules, está en el registro de la propiedad de Bilbao, en los libros que nadie mira porque tienen sesenta años.
Jules asintió, con el plan decidido.
—El registro de Bilbao —repitió—. Los libros de los años sesenta.
Los certificados de la primera generación.
Y cuando tengamos el nombre completo, Irati, la firma, los certificados, el que paga la pieza madre, vamos a tener la llave del caso.
La llave que abre la bóveda de la familia.
La llave que abre el fondo del pecio. La llave que abre el nombre del señor del norte.
—La miró—. Y esa llave, Irati, la vamos a girar juntos, con la luna nueva en tres días y la pieza madre esperando en el fondo.
La mañana siguiente, en el registro de la propiedad de Bilbao, el funcionario les sacó los libros de los años sesenta con la desgana de los que abren tomos que nadie ha abierto en décadas.
Los certificados de la primera generación estaban ahí, con las firmas de los talleres, las facturas de los restauradores y las notas de los comerciantes de patrimonio, escritas con la letra de los que habían empezado el negocio del expolio mucho antes de que nadie mirara.
Y entre los certificados, en la página de la fundación Alkorta original, con el sello de los años sesenta y la letra del fundador, apareció la firma que Irati llevaba semanas buscando: el nombre completo del que había firmado los certificados de la primera generación.
No era solo Alkorta. Era Alkorta Zabala.
El fundador, el padre del patriarca, había firmado con los dos apellidos de la familia.
Y el segundo apellido, el que el circuito había usado como firma del asesino en el cuaderno, el que el banquero de Lisboa había confirmado como la voluntad de la red, era Zabala.
Irati se quedó muy quieta, con el certificado en la mano y el nombre de Alkorta Zabala pesándole en el pecho.
La misma familia. El fundador había firmado Alkorta Zabala.
Y el señor Zabala, el enterrador del norte, el que quería la pieza madre para la bóveda de su familia, era el mismo linaje que el señor Alkorta, el patriarca, el que presidía las subastas benéficas.
La cara y la voluntad, la mano y la pluma, todo salía de la misma familia: Alkorta Zabala.
—La misma familia —murmuró Jules, con el certificado en la mano y la luz del registro alrededor—.
El fundador firmó con los dos apellidos.
Y el segundo, Zabala, es el cuaderno, el asesino, el enterrador.
El circuito del norte no es una red de desconocidos, Irati: es una familia.
Una familia que lleva generaciones robando al mar, con la leyenda como cortina, el pecio como fábrica y la bóveda como cementerio.
Irati asintió, con el certificado en la mano y la certeza de la misma familia instalada en el pecho.
—Alkorta Zabala —dijo, con voz firme—. La cara y la voluntad.
El patriarca y el señor. Y el señor Zabala, el que paga la pieza madre con dinero limpio, con dinero con nombre, es el jefe de la familia entera.
El que decide qué pieza se fabrica, qué pieza se compra y qué pieza se entierra.
El señor del norte, Jules. El que quiere la pieza madre para la bóveda de su familia. El que llevamos semanas buscando.
Jules se quedó mirando el certificado un momento, con la luz del registro alrededor y el nombre de Alkorta Zabala pesándole en el pecho.
La misma familia. La cara y la voluntad.
El patriarca y el señor. Y ahora, con el certificado en la mano y el nombre completo en el expediente, la investigación, por fin, tenía nombre propio.
—El señor Alkorta —dijo, con voz firme—, es la cara que todos aplauden.
Y el señor Zabala, el que se esconde detrás de la cara, es la voluntad que todos temen.
Y cuando la pieza madre esté en nuestras manos, Irati, con la cadena completa al lado, la cara y la voluntad van a caer juntas.
La familia Alkorta Zabala, la que lleva generaciones robando al mar, va a caer entera, con el certificado de los años sesenta como primera prueba y la pieza madre como última.
Se quedaron un momento en silencio, con el certificado en la mano y la certeza de la misma familia instalada en el pecho de los dos, con el nombre de Alkorta Zabala cerrando la llave del caso y la luna nueva a dos días esperando en el fondo del pecio.
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