La dama del norte (Costa Vasca 2) III. El compromiso
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III. El compromiso

Volvió a Donostia por la noche, con el nombre de Zabala en el pecho y el mapa de flujos en el portátil, y encontró a Irati en el caserío de la costa, con la luz tenue de la lámpara encendiendo su cara y el mar invisible en la oscuridad.

Le contó lo de Lisboa, lo de Ferreyra, lo del bufete de Ginebra y lo del dinero limpio, y cuando terminó, se quedó un momento en silencio, con la certeza de que el caso, por fin, tenía nombre.

—Zabala —dijo Irati, con la voz baja—. El apellido de la firma.

el cuaderno, la guarda, los certificados.

Zabala es el enterrador del norte, Jules.

El que paga la fábrica, el que compra el silencio, el que quiere la pieza madre para la bóveda de su familia.

Y el enterrador, cuando lo interrogamos con las preguntas correctas, va a llevarnos hasta el fondo de la operación: hasta los nombres de los que firman la carga, hasta el origen del dinero, hasta la pieza madre que quiere para la bóveda.

Jules asintió, con la luz tenue de la lámpara encendiendo su cara.

—Zabala —repitió—. El nombre. El apellido.

La firma. Y ahora que tenemos el nombre, Irati, tenemos que decidir cómo lo cazamos.

Porque el enterrador no se caza con prisas: se caza con paciencia, con el anzuelo correcto, con la pieza que quiere como cebo.

Y la pieza que quiere, Irati, es la madre.

La que lleva tres siglos esperando en el fondo del pecio.

La que va a salir con la luna nueva, con la custodia cerrada, con la cadena completa al lado.

Irati se quedó mirándolo un momento, con la luz tenue de la lámpara encendiendo su cara y el mar invisible en la oscuridad.

—La luna nueva —repitió—. Dentro de tres días.

La marea más baja de las próximas semanas.

La pieza madre sale del fondo, o el circuito la reclama antes.

Y cuando la pieza madre salga, Jules, Zabala va a saber que hemos estado allí.

Y Zabala, cuando lo sepa, va a moverse. Y cuando se mueva, lo vamos a ver.

Jules se quedó mirando el mar invisible un momento, con la luz tenue de la lámpara encendiendo su cara.

—El vuelo de vuelta —dijo, con voz firme—, lo pasé ordenando el mapa de flujos, con la transferencia roja de la pieza madre en la pantalla.

Y me di cuenta de una cosa, Irati: la transferencia, el dinero limpio, el dinero con nombre, no va de Lisboa a Ginebra.

Va de Ginebra a Bilbao. El dinero de la pieza madre, el señor Zabala, entra en el norte por la misma ruta que las piezas falsas salen del norte.

La bóveda de Bilbao, el banco privado, la que leí en el expediente de Iturriaga, es el nodo donde el dinero del enterrador se encuentra con las piezas del circuito.

Y ese nodo, Irati, el de Bilbao, es donde Zabala va a recibir la pieza madre cuando la tenga.

Y donde nosotros vamos a estar esperándolo.

Irati se quedó muy quieta, con las palabras de Jules pesándole en el pecho.

El dinero de la pieza madre entraba en el norte por la misma ruta que las piezas falsas salían del norte.

La bóveda de Bilbao, el banco privado, era el nodo donde el dinero del enterrador se encontraba con las piezas del circuito.

Y el nodo, el de Bilbao, era donde Zabala iba a recibir la pieza madre cuando la tuviera. Y donde ellos iban a estar esperándolo.

—Entonces —dijo, con voz firme—, la caza tiene dos partes: el fondo y el nodo.

el fondo: sacamos la pieza madre con la luna nueva, con la custodia cerrada, sin que el topo lo sepa.

Y el nodo: dejamos que Zabala se mueva, que pida la pieza, que vaya a recibirla en la bóveda de Bilbao.

Y cuando Zabala vaya a recibir la pieza madre, Jules, va a recibir la visita de la policía en su lugar.

Se quedaron un momento en silencio, con la luz tenue de la lámpara alrededor y el mar invisible en la oscuridad, con el nombre de Zabala instalado en el pecho de los dos y la certeza de la fecha límite sosteniendo la noche.

—Hay una cosa que quiero decirte —dijo Jules, con la voz que se le había puesto ronca—.

Y no tiene que ver con el caso. Llevo tres años en Madrid, Irati, siguiendo expedientes de arte robado que nadie mira.

Y cuando me enviaron a la costa, con la orden de Washington, pensé que era un castigo: un caso pequeño, un pecio, una pieza, un cadáver en la bajamar.

No sabía que me iba a encontrar contigo.

No sabía que la investigación, el pequeño, el que nadie miraba, iba a convertirse en el caso de mi vida.

—La miró—. Y no sabía que la costa, el pecio, la bajamar, iba a convertirse en el sitio donde quiero quedarme.

Irati se quedó muy quieta, con la luz tenue de la lámpara encendiendo su cara y las palabras de Jules instalándosele en el pecho con una claridad que le dolía.

—Yo tampoco lo sabía —dijo, con voz firme—.

Cuando encontré la pieza en la bajamar, cuando vi el cadáver, cuando empecé la investigación, no sabía que me iba a encontrar contigo.

No sabía que el caso del pecio, el que nadie miraba, iba a convertirse en el caso que no me iba a dejar ir.

Y ahora, con el nombre de Zabala en el pecho y la luna nueva en tres días, sé que este caso, el primero que miramos juntos desde el principio, es el que voy a cerrar contigo.

Y ese compromiso, Jules, el de cerrarlo juntos, es el más importante que he firmado en mi vida.

Se quedaron un momento frente a frente, con la luz tenue de la lámpara alrededor y el mar invisible en la oscuridad, sosteniendo el compromiso en el aire con la fuerza de una cuerda que no se veía pero que estaba más tensa que cualquier cuerda visible.

No hubo beso. No hizo falta. El compromiso, pensó Jules, era más que un beso: era la certeza de que la investigación, la pieza, la bajamar, iba a cerrarse con los dos juntos, con el nombre de Zabala en el pecho y la luna nueva en tres días.

La noche se cerró sobre el caserío, con el mar invisible en la oscuridad y la luz tenue de la lámpara encendiendo la cara de los dos, y los dos se quedaron un rato en silencio, con el compromiso instalado en el pecho y la certeza de que la pieza madre, la que llevaba tres siglos esperando,

estaba a punto de volver.

* * *