V. La llamada del pecio
El teléfono de Jules sonó a la una de la madrugada, cuando los dos acababan de llegar al caserío de la costa donde se alojaban, con la lluvia de la noche golpeando el tejado y el mar invisible en la oscuridad.
Era Ainhoa, con la voz tensa de las que han pasado la noche delante de un microscopio, y su primera palabra, cuando Jules contestó, fue la que llevaba semanas esperando.
—El pecio —dijo Ainhoa, con voz firme—. Lo he confirmado.
No es una estructura cualquiera: es el «Santa Isabel», el carguero de 1734, el de Miguel de Arregi.
La madera, los remaches, la estructura del casco: todo coincide con el naufragio del archivo.
El pecio real existe, Jules. Y debajo de la fábrica, bajo las capas de sedimento y de chapa moderna, guarda la pieza que los libros daban por perdida: la ánfora madre, la original del cargamento, la que nadie reclamó en 1734.
La pieza madre, Jules. La que el circuito quiere para «la vuelta a la mesa».
La que lleva tres siglos esperando en el fondo del mar, debajo de la fábrica de mentiras.
Jules se quedó muy quieto, con el teléfono en la mano, la lluvia golpeando el tejado y las palabras de Ainhoa pesándole en el pecho.
El pecio real existía. El «Santa Isabel», el carguero de 1734, estaba debajo de la fábrica, con la pieza madre intacta, la que los libros daban por perdida, la que el circuito quería para «la vuelta a la mesa».
El tesoro era real. Y el tesoro, la pieza madre, la original del cargamento que nadie reclamó, estaba a tres siglos de distancia, en el fondo del mar, esperando a que alguien quitara las capas.
—Ainhoa —dijo, con voz firme—. ¿Y la pieza madre? ¿La original? ¿Está intacta?
—Intacta —dijo Ainhoa, con la voz que se le ponía grave cuando las piezas le pedían cuidado—.
La estructura del pecio está sellada, con el sedimento intacto, como si nadie hubiera tocado el interior en tres siglos.
La pieza madre, la original del cargamento, está dentro, esperando.
El circuito ha estado fabricando réplicas durante veinte años, vendiéndolas a la fundación, enterrándolas en bóvedas.
Pero nunca tocaron la original. Nunca la sacaron del fondo.
La pieza madre, Jules, es la única que se les ha escapado.
Y si nosotros la sacamos antes que ellos, la cadena de la fábrica se cierra para siempre.
Jules se quedó mirando el teléfono un momento, con la lluvia golpeando el tejado y la noche de la costa alrededor.
El tesoro era real. La pieza madre estaba en el fondo, intacta, esperando.
Y el circuito, el que había estado fabricando réplicas durante veinte años, nunca había tocado la original.
La pieza madre, la que los libros daban por perdida, la que nadie reclamó en 1734, era la única que se les había escapado.
—Gracias, Ainhoa —dijo, al fin, con voz firme—. No hables con nadie de esto. Nadie. El circuito tiene un ojo dentro del equipo, y el ojo no puede saber que hemos encontrado el pecio real. La pieza madre, Ainhoa, es la llave del caso. Y las llaves, cuando las tiene la policía, no se devuelven.
Colgó y se quedó mirando la noche, la lluvia golpeando el tejado, el mar invisible en la oscuridad. Irati, que había escuchado la llamada desde la puerta del caserío, se quedó mirándolo un momento, con la luz tenue de la lámpara encendiendo su cara.
—El pecio real —dijo, con la voz baja—. La pieza madre.
La que los libros daban por perdida. El tesoro, Jules, es real.
Y el tesoro está en el fondo del mar, debajo de la fábrica, esperando.
La pieza que el circuito quiere para «la vuelta a la mesa».
La que lleva tres siglos esperando a que alguien quite las capas.
Jules asintió, con la lluvia golpeando el tejado y la luz tenue de la lámpara alrededor.
—El tesoro es real —dijo—. Y el tesoro, Irati, es la llave del caso.
El circuito fabrica réplicas, vende réplicas, entierra réplicas.
Pero la original, la madre, la que nadie reclamó en 1734, está en el fondo, esperando.
Y si nosotros la sacamos antes que ellos, la cadena de la fábrica se cierra para siempre.
La leyenda, la réplica, el pecio y la pieza madre: todas juntas, en un solo caso.
—La miró—. Y ese caso, Irati, es el que vamos a cerrar.
Se quedaron un momento en la puerta del caserío, con la lluvia golpeando el tejado y el mar invisible en la oscuridad, con la certeza de la pieza madre instalada en el pecho de los dos y la promesa del muelle sosteniendo el silencio.
El tesoro era real. El tesoro estaba en el fondo del mar, debajo de la fábrica, esperando.
Y ellos, los dos que habían decidido quedarse hasta el final, eran los que iban a ir a buscarlo.
—¿Y la inmersión? —preguntó Jules, con la voz baja—. ¿Cuándo bajamos a por la pieza madre?
Irati se quedó mirando la noche un momento, con la lluvia golpeando el tejado y el mar invisible en la oscuridad.
—Mañana por la tarde, con la marea baja —dijo, con voz firme—.
La luna nueva, la de dentro de tres días, va a dar la marea más baja de las próximas semanas.
Si no sacamos la pieza antes de la luna nueva, la fundación va a mandar a su propia gente al fondo, y el circuito va a saber que hemos encontrado el pecio.
La luna nueva, Jules, es la fecha límite.
La pieza madre sale del fondo antes de la luna nueva, o el caso se nos escapa de las manos.
Jules asintió, con la luz tenue de la lámpara encendiendo su cara.
—La luna nueva —repitió—. La fecha límite.
Entonces mañana no vamos a la cueva. Mañana vamos al fondo.
A sacar la pieza madre con nuestras propias manos, antes de que la fundación mande a las suyas.
—La miró—. Y si el topo se mueve, Irati, lo vamos a ver.
Porque cuando la pieza madre salga del fondo, el topo va a tener que avisar a la fundación.
Y el aviso, cuando lo tengamos, va a ser la prueba que nos falta.
Irati se quedó mirando la noche un momento, con la lluvia golpeando el tejado y la certeza de la estrategia instalada en el pecho.
—La inmersión de mañana —dijo—. La hacemos Ainhoa y yo, con la barca de la asociación, sin radio, sin móviles, sin testigos.
El topo no puede saber dónde está el pecio.
El topo no puede saber cuándo bajamos. El topo no puede saber que la pieza madre ha salido del fondo.
Y cuando la pieza madre esté en la custodia del museo, con la cadena de custodia cerrada y la firma de la policía, entonces, Jules, la leyenda va a saber que hemos estado allí. Y la leyenda va a tener que moverse.
Se quedaron un momento en silencio, con la lluvia golpeando el tejado y el mar invisible en la oscuridad, con la certeza de la fecha límite instalada en el pecho de los dos y la promesa del muelle sosteniendo la noche.
La luna nueva estaba a tres días. La pieza madre estaba en el fondo, esperando.
Y ellos, los dos que habían decidido quedarse hasta el final, eran los que iban a ir a buscarla antes de que el circuito la reclamara.
La Dama del Norte quería su pieza de vuelta.
Y la pieza madre, la original, la que llevaba tres siglos esperando, estaba a punto de volver.
Pero antes, tendría que atravesar el fondo, la fábrica, el topo y la leyenda.
Y la leyenda, la que hablaba desde dentro con la voz del cuaderno, era la que iba a llevarlos hasta el nombre que llevaban semanas buscando.
* * *