La dama del norte (Costa Vasca 2) IV. El cruce de la pareja
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IV. El cruce de la pareja

El muelle de Getaria estaba en silencio a las once de la noche, con las luces de las farolas reflejándose en el agua y las barcas amarradas meciéndose con la marea.

Irati y Jules habían salido de la subasta sin levantar sospechas, con la pieza falsa vendida a un coleccionista del norte y la certeza del cebo instalada en los dos, y habían cenado en el puerto, en una sidrería pequeña de las que no tienen cartel,

con el ruido del mar al fondo y el silencio de la noche alrededor.

—¿Sabes una cosa? —dijo Jules, con la luz de la farola encendiendo su cara y el agua reflejándose en el muelle—.

Esta noche, en la subasta, cuando vi la pieza falsa en la vitrina, con el aplauso de la sala alrededor, sentí algo que no sentía desde hacía años.

Sentí que estaba en el sitio correcto. Llevo tres años en el FBI, en Madrid, siguiendo expedientes de arte robado que nadie mira.

Y esta noche, con la pieza falsa delante, con la familia Alkorta aplaudiendo su propia mentira, sentí que el trabajo por fin tenía sentido.

Que no estaba persiguiendo papeles: estaba persiguiendo la verdad.

Irati se quedó mirándolo un momento, con la luz de la farola y el agua reflejándose en el muelle.

—¿Y te da miedo? —preguntó—. ¿Que el caso tenga sentido?

Jules se quedó mirando el agua un momento, con las manos en los bolsillos y la luz de la farola encendiendo su cara.

—Sí —dijo, al fin—. Me da miedo. Porque los casos que tienen sentido, los que se meten en el pecho, son los que no te dejan ir.

Los que te obligan a quedarte, a terminarlos, a no soltarlos hasta que se cierran.

Y yo, Irati, llevo años huyendo de los casos que no me dejan ir.

—La miró—. Pero esta vez, con este caso, con esta pieza, con esta costa, no quiero huir.

Quiero quedarme. Quiero terminarlo. Quiero ver cómo se cierra.

Irati se quedó mirando el agua, la luz de la farola, las barcas amarradas, y sintió que las palabras de Jules le llegaban con una claridad que no le había conocido.

La confesión, el hombre que había huido de los casos que no le dejaban ir, y que esta vez había decidido quedarse, le tocó en un lugar que no sabía que tenía.

—Yo también he decidido quedarme —dijo, con voz firme—.

Llevo años persiguiendo casos que me consumen, que me dejan vacía cuando se cierran, que me quitan la capacidad de mirar el agua en silencio.

Y este caso, el norte, la pieza, la costa, es el primero en el que no quiero huir.

El primero en el que quiero quedarme hasta el final, con la certeza de que cuando se cierre, no me voy a quedar vacía.

—La miró—. Y eso, Jules, es porque no estoy sola en él.

Jules se quedó mirando el agua un momento, con las manos en los bolsillos y la luz de la farola encendiendo su cara.

—Hay una cosa que no te he contado —dijo, con la voz que se le había puesto ronca—.

Cuando estaba en Washington, antes de que me enviaran a Madrid, llevé un caso de arte robado que se me escapó de las manos.

Un lienzo, un Grezzo de primera época, que desapareció de una colección privada en Maryland y apareció en una subasta de Ginebra seis meses después, con la cadena de custodia rota y el certificado falso.

Yo lo tenía. Lo tenía en las manos, con la documentación completa, con la orden de registro firmada.

Y lo solté, Irati. Solté la pieza, solté la orden, solté el caso, por miedo a que el caso me consumiera.

El lienzo sigue ahí, en la bóveda de un coleccionista que nadie conoce, y yo llevo años sin poder dormir tranquilo porque sé que lo solté yo.

Irati se quedó mirándolo un momento, con la luz de la farola y el agua del muelle reflejándose.

—¿Y por qué me lo cuentas? —preguntó.

—Porque esta noche, en la subasta, cuando vi la ánfora falsa en la vitrina, sentí que el caso de Maryland me había vuelto a encontrar —dijo Jules, con la voz que se le había quedado plana—.

Sentí que la pieza, la misma pieza, con la misma cadena de custodia rota y el mismo certificado falso, me estaba pidiendo que no la soltara esta vez.

—La miró—. Y esta vez, Irati, no la voy a soltar.

No voy a soltar la pieza, ni el caso, ni a ti. Esta vez me quedo hasta el final.

Irati se quedó muy quieta, con las palabras de Jules instalándosele en el pecho con una claridad que le dolía.

La confesión, el lienzo de Maryland, el caso que se había escapado de las manos por miedo, le llegó con una verdad que no esperaba: la de que el hombre que tenía delante, el que había decidido quedarse, no lo hacía por primera vez.

Lo hacía después de haber huido una vez, de haberlo pagado durante años, de haber aprendido que los casos que se sueltan no se olvidan.

—Entonces —dijo, con voz firme—, esta vez no soltamos nada.

Ni la pieza, ni el caso, ni el muelle. Y cuando la pieza madre esté en nuestras manos, con la cadena de custodia cerrada y el certificado real del pecio, vas a poder dormir tranquilo, Jules.

Vas a poder cerrar el caso de Maryland y abrir el norte, con la certeza de que este no se te escapa.

La luz de la farola se reflejó en el agua, y durante un momento los dos se quedaron mirando el muelle, las barcas, el mar de fondo, compartiendo el silencio que los dos conocían de los casos y de las noches.

Y en ese momento, con la luz de la farola y el agua reflejándose, Irati se acercó un paso, y se quedó frente a él, a unos centímetros, con la respiración de los dos en el espacio que los separaba y el mar de fondo.

No fue un beso. Fue casi un beso, sostenido en el aire, con los dos frente a frente, sin tocarse, con la luz de la farola y el agua del muelle reflejándose alrededor.

Irati sintió que el pecho le ardía con la misma mezcla de miedo y de certeza de la noche de la Concha, y que la promesa, la de no perderse, la de quedarse hasta el final, era la más cierta que había hecho en su vida.

—Prométeme una cosa —dijo, con voz firme—.

Que la pieza no nos lleve. Que la pieza madre, la que vamos a recuperar, no se convierta en lo que nos separa.

Que cuando la tengamos en las manos, con el caso cerrado y la costa delante, sigamos siendo los dos que están mirando el muelle ahora, sin expedientes, sin mapas, sin miedo.

—Te lo prometo —dijo Jules, con la frente casi tocándole la suya, con la luz de la farola y el agua del muelle alrededor—.

La pieza no nos lleva. La pieza madre no nos separa.

Y cuando la tengamos en las manos, Irati, con el caso cerrado y la costa delante, seguiremos aquí, mirando el muelle, con la promesa en el pecho. Te lo prometo.

Por un momento, los dos se quedaron frente a frente, sin tocarse, con la luz de la farola y el agua del muelle alrededor, sosteniendo la promesa en el aire con la fuerza de una cuerda que no se veía pero que estaba más tensa que cualquier cuerda visible.

No hubo beso. No hizo falta. La promesa, pensó Irati, era más que un beso: era el compromiso de que la pieza, la madre, la que iban a recuperar, no iba a llevárselos.

Y ese compromiso, con la luz de la farola y el agua del muelle alrededor, era el más importante que los dos habían firmado en su vida.

La noche se cerró sobre Getaria, con las luces de las farolas reflejándose en el agua y las barcas meciéndose con la marea, y los dos se quedaron un rato en el muelle, en silencio, con la promesa instalada en el pecho de los dos y el mar de fondo.

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