V. El mensaje
La noche había caído sobre Donostia cuando Irati llegó a su despacho, con el café frío en la mano y el mapa de la costa en la cabeza.
La Jefatura estaba en silencio, con las luces de los pasillos apagadas y el ruido de la ciudad llegando amortiguado por las ventanas, y cuando se sentó ante la mesa, con los informes delante y la certeza del topo pesándole en el pecho, notó que el móvil de evidencias, el restaurador muerto,
parpadeaba sobre la mesa.
El móvil del buzo. El que estaba en la custodia de la Jefatura desde el primer día, con el registro de las llamadas y los mensajes del restaurador, precintado y guardado como prueba.
Irati lo tomó con los guantes, con el cuidado de las evidencias que no se tocan sin autorización, y miró la pantalla: un mensaje entrante, cifrado, con un remitente que no figuraba en el registro de contactos del restaurador.
Lo abrió. El mensaje tenía una sola línea, escrita en letras mayúsculas que se encendieron en la pantalla con una frialdad de notario:
«LA DAMA QUIERE SU PIEZA DE VUELTA. LA SUBASTA DEL NORTE LA TIENE.»
Irati se quedó muy quieta, con el móvil en la mano y el mensaje encendido en la pantalla, sintiendo que el corazón le golpeaba contra las costillas con una fuerza que no le había conocido.
La frase. La misma frase del cuaderno del restaurador.
La misma frase que Idoia había encontrado en la última página del cuaderno nuevo, escrita con otra letra, con otra tinta, como si el restaurador hubiera copiado una frase que le habían dictado.
La misma frase que llevaba semanas sonándole en la cabeza como una campana.
Y ahora, el mensaje había llegado al móvil del restaurador muerto. Al móvil que estaba en la custodia de la Jefatura, precintado, guardado como prueba. Al móvil que solo podía recibir mensajes si alguien conocía el número, y que solo podía encenderse si alguien lo había desbloqueado.
—Dios mío —murmuró Irati, con el móvil en la mano y el mensaje encendido en la pantalla—.
Alguien cita la pieza desde dentro del caso.
Alguien sabe que el móvil del restaurador está en la Jefatura.
Alguien sabe que yo iba a mirarlo esta noche.
El topo. El topo no solo filtra información: habla.
Habla con la voz de la leyenda, con la frase del cuaderno, con la cita que solo los que están dentro del caso conocen.
El mito habla, Jules. Y el mito no habla desde fuera: habla desde dentro.
Se quedó mirando el mensaje un momento, con la pantalla encendida y la noche de Donostia alrededor, y sintió que la certeza del topo se le instalaba con la solidez de una losa.
El mensaje había llegado al móvil del restaurador muerto.
Alguien dentro del caso conocía el número, el precinto, la custodia.
Alguien dentro del caso había decidido, esta noche, que el mito hablara.
Y el mito, con su frase, su letra y su cita, no estaba hablando para asustarla: estaba hablando para que ella supiera que el que filtraba no era un simple informante: era alguien que jugaba con el mito, que lo usaba como arma, que sabía que la leyenda era el idioma del caso.
Irati guardó el móvil en la custodia, con el precinto intacto, y se quedó un momento mirando la pantalla del mensaje, la frase que se encendía y se apagaba, la noche de Donostia alrededor.
Y supo, con una certeza que le helaba la sangre, que la investigación, con la fábrica, la cueva, el topo y la leyenda, se estaba jugando en dos tableros a la vez: el mapa, las pruebas, los compartimentos, y el mito, la frase, la voz que hablaba desde dentro.
La Dama del Norte quería su pieza de vuelta.
Y la pieza, pensó Irati, con el móvil en la custodia y la noche de Donostia alrededor, estaba a punto de volver.
Pero antes, tendría que pasar por la cueva, por la fábrica, por el topo y por la leyenda.
Y la leyenda, ahora lo sabía, no era una tapadera: era el idioma del caso.
El idioma en el que el enemigo hablaba. Y el idioma en el que, tarde o temprano, iba a tener que responderle.
Antes de salir del despacho, tomó el móvil una vez más, con los guantes, y fue al registro de llamadas del restaurador.
Los números estaban ahí, en la pantalla, con las fechas y las horas de las últimas semanas: llamadas al taller, a la galería, a los proveedores de material, a un número de Lisboa que Leire había marcado como el intermediario.
Y entre todas las llamadas, una, hecha el día anterior a su muerte, a un número que no figuraba en el registro de contactos y que Irati no había marcado en el informe: una llamada de once minutos, hecha a las once de la noche,
la noche en que el restaurador había visto las luces en la cueva de la Dama.
—Una llamada —murmuró Irati, con el móvil en la mano y la noche de Donostia alrededor—.
Once minutos, la noche en que vio las luces.
—Se quedó mirando el número un momento, con el móvil en la mano—.
Leire. Necesito que rastrees este número: llamadas, titular, cobertura, todo.
Y necesito que sea discreto, Leire: este número, si es lo que creo, es el topo.
Y el topo, cuando sepa que estamos mirando su número, va a saber que lo estamos cazando.
Guardó el móvil en la custodia, con el precinto intacto y el número de la llamada anotado en el informe, y salió del despacho a la noche de Donostia, con la lluvia fina de octubre en la cara y la certeza del topo, los dos tableros y la llamada de once minutos, pesándole en el pecho.
la investigación, pensó, con la lluvia en la cara y la noche alrededor, se estaba cerrando sobre un número, sobre una voz y sobre un nombre que todavía no tenía, pero que ya sabía que iba a encontrar.
La Dama del Norte quería su pieza de vuelta.
Y la pieza, pensó, con la lluvia en la cara y la noche de Donostia alrededor, estaba a punto de volver.
Pero antes, tendría que atravesar la cueva, la fábrica, el topo y la leyenda.
Y la leyenda, la que hablaba desde dentro con la voz del cuaderno, era la que iba a llevarla hasta el nombre que llevaba semanas buscando.
* * *