IV. La reunión del equipo
La sala de reuniones de la Jefatura olía a café y a papel, y el mapa de la costa pegado en la pared ocupaba toda una pared, con las anotaciones de las últimas semanas en colores: Zumaia, la bajamar, el pecio, la cueva de la Dama, la lonja de Getaria, el caserío Alkorta.
Irati había pedido la reunión con el equipo al completo, con Iturriaga a la cabeza, y cuando todos estuvieron sentados alrededor de la mesa, con los informes delante y el café en las manos, tomó la palabra.
—Sé que todos sabemos por qué estamos aquí —dijo, con la voz plana—.
la investigación ha avanzado en las últimas semanas más que en los últimos veinte años.
Tenemos la pieza, el cadáver, la fábrica, el laboratorio, el hilo del dinero y la familia Alkorta en el punto de mira.
Y tenemos, también, una certeza que no nos gusta: hay alguien dentro de esta investigación que está filtrando información al circuito.
El silencio se hizo en la sala, con el mapa de la costa al fondo y los informes sobre la mesa. Iturriaga la miró un momento, con las manos sobre la mesa, y luego dijo, con la voz grave de las horas de trabajo:
—¿Estás segura de eso, Sarasola?
—Completamente —dijo Irati—. El asesino del guarda no se molestó en disimular: sabía que íbamos a encontrar el cadáver.
La pieza se retiró de la subasta de Madrid con un aviso que solo podía venir de dentro.
Y el laboratorio de la cueva estaba en uso, con las huellas de extracción recientes, cuando hemos llegado.
Alguien, dentro de esta sala, o con acceso a esta sala, ha estado contando al circuito cada paso que hemos dado.
—¿Y qué propones? —preguntó Iturriaga, con la voz que no había cambiado de tono.
Irati se levantó y fue al mapa de la costa, con las anotaciones en colores, y trazó con el dedo las líneas de la operación.
—Propongo que cortemos la información al mínimo —dijo—.
Cada pieza del equipo solo ve su propia línea.
Ainhoa al pecio: la inmersión, la recuperación de la caja, la datación.
Leire al dinero: la cuenta de Lisboa, la fundación Helder, la IP de Bilbao.
Jules al mercado: la subasta online, el representante, la ruta del norte de Europa.
Y yo, al mapa entero. Nadie, salvo yo, conocerá el mapa completo.
Nadie, salvo yo, sabrá qué pieza del puzzle tiene cada uno.
Y si una línea se rompe, si una pieza se filtra, sabré de qué línea ha salido y, por tanto, quién es el que filtra.
Los compartimentos, comisario. Es la única manera de cazar al topo sin que sepa que lo estamos cazando.
El silencio se hizo en la sala, con el mapa de la costa al fondo y los informes sobre la mesa. Iturriaga la miró un momento, con las manos sobre la mesa, y luego asintió, despacio, con esa media sonrisa de los que ven a un colega tomar una decisión difícil.
—Los compartimentos —repitió—. Cada uno con su línea, sin conocer el otro. Y tú, en el centro, con el mapa entero. ¿Y confías en mí, Sarasola? ¿Me das línea, o me dejas fuera?
Irati se quedó mirando a Iturriaga un momento, con el mapa de la costa al fondo y la pregunta del comisario pesando en el aire.
—Le doy línea, comisario —dijo, con voz firme—.
el dinero y el territorio. Leire y Eneko le reportan a usted, con sus informes, y usted me reporta a mí el conjunto.
Pero hay una cosa que quiero que sepa: si el topo está donde creo que está, la línea que me dé usted, y la que le dé yo, van a ser las que decidan el caso.
Y las dos tenemos que estar muy seguras de a quién le estamos dando la información.
Iturriaga se quedó mirándola un momento, con las manos sobre la mesa, y luego asintió, con la voz grave.
—Está bien —dijo—. Compartimentos. Cada uno con su línea. Y tú, en el centro. Pero te advierto una cosa, Sarasola. El que caza un topo desde dentro, se queda solo a veces. Porque el topo sabe quién lo está cazando, y el topo siempre tiene la ventaja de saber que lo están cazando. Cuídate.
La reunión terminó con los compartimentos asignados y el mapa de la costa con las líneas coloreadas por zonas: Ainhoa en el pecio, Leire en el dinero, Jules en el mercado, Eneko en el territorio, Iturriaga en el conjunto.
Irati se quedó un momento en la sala, con el mapa al fondo y el café frío en la mano, mirando las líneas que acababa de trazar, y sintió que la decisión, la de cortar la información al mínimo, era la más difícil que había tomado en el caso.
Porque cortar la información, pensó, era también cortar la confianza.
Y la confianza, en un caso con un topo dentro, era la primera víctima.
Pero también sabía, con la certeza que le había instalado la noche de la Concha, que la única manera de cazar al topo sin que supiera que lo estaban cazando era cortar la información al mínimo.
Y que el topo, cuando las líneas se cortaran, iba a tener que moverse. Y cuando se moviera, iba a delatarse.
Cuando los demás salieron de la sala, quedándose con Iturriaga frente al mapa de la costa, Irati señaló el punto de la cueva de la Dama en el litoral de Getaria.
—Hay una cosa que no he compartido con el equipo, comisario —dijo, con la voz baja—.
Eneko y yo hemos estado en la cueva de la Dama esta mañana.
Hemos encontrado la fábrica: el laboratorio, los moldes, los disolventes, los fragmentos.
Y hemos encontrado algo más, algo que ni siquiera Eneko conoce del todo: un chip de datación en los desechos de la producción.
La fábrica no solo falsifica las piezas: las dota de la firma digital de la autenticidad.
Y el chip, comisario, es la huella que nos va a llevar hasta la fundación Helder.
Iturriaga se quedó muy quieto, con las manos sobre la mesa, la luz de la sala de reuniones encendida y el mapa de la costa al fondo.
—¿Y por qué no se lo has contado al equipo? —preguntó.
—Porque el equipo tiene un topo —dijo Irati—.
Y el topo no puede saber que tenemos el chip.
El topo no puede saber que hemos estado en la cueva.
El topo tiene que seguir creyendo que la fábrica sigue escondida, protegida por la leyenda, intocable.
La única manera de que el topo se delate es que el topo crea que sigue controlando el mapa.
Y para eso, comisario, hay que dejarlo mover.
Iturriaga se quedó mirándola un momento, con la luz de la sala encendida y la certeza creciendo en los dos.
—¿Y el chip? —preguntó—. ¿Dónde está?
—En una bolsa de evidencias, en mi despacho —dijo Irati—.
Leire va a seguirlo por las bases de datos de las casas de subastas.
Y cuando lo siga, comisario, el chip nos va a llevar hasta la pieza, hasta el comprador y hasta la fundación.
El chip, comisario, es la prueba de la fábrica.
Y la prueba de la fábrica es lo que va a hacer caer el blindaje de la familia Alkorta.
Pero solo si el topo no la encuentra antes.
Iturriaga asintió, despacio, con las manos sobre la mesa y la luz de la sala encendida.
—Entonces —dijo—, jugamos en dos tableros.
el equipo, con los compartimentos, donde el topo cree que controla el mapa.
Y el nuestro, con el chip, donde el topo no sabe que estamos.
Y cuando los dos tableros se junten, Sarasola, el topo va a tener que elegir de qué lado está.
Y esa elección, inspectora, es la que va a decidir el caso.
Irati se quedó mirando el mapa de la costa, las líneas coloreadas, el punto de la cueva de la Dama, y sintió que la certeza le subía por el pecho con la solidez de una losa.
Dos tableros. el equipo, donde el topo creía que controlaba el mapa.
Y el suyo, con el chip, donde el topo no sabía que estaban.
Y cuando los dos tableros se juntaran, pensó, con la luz de la sala encendida y el mapa al fondo, el topo iba a tener que elegir.
Y esa elección, la traición o la verdad, era la que iba a decidir la investigación.
* * *