La dama del norte (Costa Vasca 2) II. La cueva de la Dama
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II. La cueva de la Dama

Eneko Beitia la esperaba en el garaje de la asociación de rescate, con la barba canosa prematura al sol de la mañana y el piolet apoyado en la furgoneta, junto a las cuerdas y el equipo de escalada que llevaba años guardando para los rescates de acantilado.

Irati llegó a las once, con la carpeta del guarda en la mano y la certeza del topo todavía creciendo en su pecho, y Eneko la recibió sin preguntas, con esa manera de los que llevan años en los rescates de no perder tiempo en palabras cuando el trabajo es claro.

—La cueva —dijo, sin preámbulo, señalando con la barbilla la costa—.

el viejo Sabino. La que la leyenda dice que es la puerta principal de la Dama.

He estado mirando las cartas esta mañana: no sale en ninguna.

No hay registro oficial de que exista. Y eso, inspectora, es exactamente lo que me llama la atención.

—¿Por qué?

—Porque las cuevas de esta costa, las que se conocen, están todas cartografiadas —dijo Eneko—.

La Diputación, el Geoparkea, la asociación de espeleología: tienen registro de casi todas las entradas del litoral.

Pero la cueva de Sabino no está en ninguna lista.

Es como si no existiera para los papeles.

Y eso significa una de dos cosas: o nadie la ha descubierto nunca, o alguien ha hecho muy bien su trabajo para que nadie la descubra.

Y en esta costa, inspectora, los que hacen bien su trabajo para que no se descubran las cosas, no son los espeleólogos.

Irati se quedó mirando la costa, la línea de acantilados de Getaria, el mar gris de octubre, con las palabras de Eneko pesándole en el pecho.

La cueva de la Dama no salía en ninguna carta.

No había registro oficial de que existiera.

Y eso, pensó, era exactamente lo que la convertía en el lugar perfecto para esconder una fábrica.

El territorio de la leyenda, el que nadie cruzaba porque la abuela dijo que no se cruzaba, era el territorio donde el circuito había estado trabajando durante veinte años sin que nadie mirara.

—¿Puedes llevarme? —preguntó—. ¿Puedes llevarme a la cueva?

Eneko la miró un momento, con la barba canosa al sol de la mañana y las manos de mecánico apoyadas en el piolet.

—Puedo —dijo—. Pero no es un paseo, inspectora.

La cueva de Sabino se abre con la marea baja, entre el puerto y la playa de Getaria.

Con la marea alta, la entrada se cierra: el agua la cubre entera.

Y dentro, si la leyenda dice la verdad, hay galerías que solo se abren y se cierran con la marea.

Es el tipo de cueva que no perdona las prisas.

El que entra sin saber leer la marea, no sale.

Y yo, inspectora, llevo años enseñando a la gente a leer la marea.

—Entonces enséñame —dijo Irati, con voz firme—. Llévame a la cueva. Y cuando estemos dentro, muéstrame lo que haya que ver.

La bajada fue más difícil de lo que Irati había imaginado.

El acantilado de Getaria era un paredón de piedra oscura, con las capas de flysch dobladas sobre sí mismas como las páginas de un libro de millones de años, y la senda que Eneko conocía no era una senda: era una sucesión de apoyos y de pasos que había que encontrar con los pies y con las manos,

con el mar golpeando abajo y las gaviotas gritando alrededor.

Irati bajó detrás de él, con la cuerda de seguridad, los guantes de trabajo y el silencio de la costa alrededor, sintiendo que cada paso la acercaba a un lugar que llevaba veinte años sin que nadie lo mirara.

La entrada de la cueva apareció en la base del acantilado, a media altura sobre la marea, como una boca oscura que el mar había tallado en la roca.

Era una abertura estrecha, de menos de dos metros de altura, con las piedras pulidas por siglos de agua y el olor a sal y a humedad saliendo de dentro.

Eneko se detuvo en la entrada, con la linterna encendida, y la miró un momento antes de entrar.

—La marea baja nos da dos horas —dijo—. Después, la entrada se cierra. Dos horas, inspectora. Ni un minuto más.

Entraron. La cueva se abría en una galería principal, con el techo alto y las paredes de piedra negra, y el suelo de arena y de guijarros que el mar había ido dejando en las mareas de siglos.

La linterna de Eneko barría las paredes, las formaciones de la roca, el agua que goteaba del techo con una constancia de reloj, y a medida que avanzaban, Irati fue notando que el olor cambiaba: el olor a sal y a humedad se mezclaba con otro olor, más metálico, más químico,

el olor de los disolventes y de los productos de laboratorio que había aprendido a reconocer en el taller del restaurador muerto.

—¿Lo hueles? —preguntó Eneko, deteniéndose, con la linterna apuntando al fondo de la galería.

—Lo huelo —dijo Irati, con la voz baja—. Disolvente. Laboratorio. El mismo olor del taller de Olazabal.

Avanzaron hacia el fondo de la galería, y la luz de la linterna fue revelando lo que había al final: una cámara amplia, con el techo alto y las paredes de piedra, donde el suelo no era arena: era un suelo de obra, liso,

con las marcas de una losa de hormigón que no encajaba con la geología de la cueva.

Y sobre el suelo, en el centro de la cámara, había una mesa de trabajo, de las de acero inoxidable de los laboratorios, con los botes de disolvente, los moldes de escayola, las herramientas de restauración y las bandejas con los fragmentos de cerámica.

—Dios mío —murmuró Irati, con la linterna temblándole en la mano—. El laboratorio. La fábrica. Está aquí. Está en la cueva de la Dama, en el territorio de la leyenda, donde nadie mira.

Se acercaron a la mesa de trabajo, con la linterna barriendo los botes de disolvente, los moldes, las herramientas, las bandejas de los fragmentos.

Y en una de las bandejas, envuelto en un paño de laboratorio, había un fragmento de cerámica con la arcilla oscura de las piezas del pecio y una marca que Irati reconoció al instante: la fractura de conservación industrial, la sal de laboratorio,

la misma que Idoia había encontrado en la pieza de la bajamar.

—La fábrica —repitió Irati, con voz firme—.

Las réplicas. Se hacen aquí, en la cueva de la Dama, con el laboratorio de conservación industrial, los moldes, los disolventes.

Y la leyenda, la que dice que nadie toca este lugar porque es de la Dama, es la coartada perfecta.

El mito se ha convertido en la fábrica. La cueva de la Dama, el territorio donde nadie mira, es el laboratorio donde el circuito fabrica las piezas falsas con el certificado del naufragio real.

Eneko se quedó mirando la mesa de trabajo, la linterna en la mano, las herramientas de laboratorio, el olor a disolvente llenando la cámara.

—¿Y las huellas de extracción? —preguntó—. Las que me dijiste que había en la caja del pecio.

Irati asintió, con la linterna barriendo el suelo de la cámara.

—Aquí —dijo—. Mira. Hay huellas de pisadas en el suelo de obra, recientes.

Y hay una zona, junto a la pared del fondo, donde el suelo está limpio, como si alguien hubiera barrido.

—Se acercó, con la linterna encendida, y señaló la pared—.

Y en la pared, detrás del suelo limpio, hay marcas de rozadura en la piedra: de las que dejan las cajas cuando se mueven contra la roca.

—Levantó la vista hacia Eneko—. Las piezas salen de aquí.

Se cargan en cajas, se suben por el acantilado, se llevan al almacén del puerto de Getaria y se embarcan hacia el norte de Europa con los certificados de Basáñez.

La cueva es la fábrica. El almacén es la estación. Y la leyenda es la cortina.

Eneko se quedó mirando las marcas de rozadura en la piedra, la luz de la linterna temblándole en la mano, y luego dijo, con la voz baja de los que han entendido la magnitud de lo que están viendo:

—Inspectora —dijo—. Esto es más grande que un expolio.

Esto es una línea de producción. Y la cueva de la Dama, la que la leyenda guarda, es la sede de la fábrica.

Si alguien descubre que hemos estado aquí, la fábrica se va a vaciar antes de que podamos volver con un equipo.

Tenemos que decidir ahora: o volvemos con la redada, o volvemos con el tiempo en contra.

Irati se quedó mirando la mesa de trabajo, los botes de disolvente, los moldes, los fragmentos, el olor a laboratorio llenando la cueva de la Dama, y sintió que la certeza le subía por el pecho con la solidez de una losa.

La fábrica estaba allí. Estaba en la cueva de la Dama, en el territorio de la leyenda, donde nadie miraba.

Y el circuito, la familia Alkorta, la fundación Helder, habían estado fabricando piezas falsas con el certificado del naufragio real durante veinte años, delante de todos, protegidos por el mito que la abuela de todos había contado.

—Volvemos con la redada —dijo, con voz firme—.

Pero antes, Eneko, necesito que me hagas un favor: necesito que fotografíes esto, todo, con tu cámara, sin dejar nada fuera.

La mesa, los moldes, los fragmentos, las huellas, las marcas de la pared.

Y necesito que no hables con nadie de esto.

Nadie. Ni con el equipo, ni con la Jefatura, ni con Iturriaga.

—Se quedó mirando la mesa un momento, con la linterna encendida—.

Porque si hay un ojo dentro del equipo, el ojo no puede saber que hemos encontrado la fábrica.

El ojo no puede saber que hemos estado aquí.

Y la fábrica, Eneko, tiene que seguir pensando que nadie la ha visto.

Mientras Eneko fotografiaba la mesa con su cámara, los moldes, los fragmentos, las huellas del suelo de obra, Irati se quedó un momento en el centro de la cámara, con la linterna encendida y el olor a disolvente llenándolo todo, y fue reconstruyendo la historia que las piezas de la cueva contaban.

Los botes de disolvente, de la marca que se usaba en los laboratorios de conservación.

Los moldes de escayola, con el negativo del relieve de la ánfora todavía marcado.

Las herramientas de restauración, con las marcas de uso de años de trabajo.

Y en el fondo de la cámara, junto a la pared con las rozaduras, un saco de arpillera con los restos de escayola y de arcilla: los desechos de la producción, los que nadie se había molestado en limpiar.

—Eneko —dijo, señalando el saco con la linterna—.

Mira esto. Los desechos. Las sobras de la producción.

—Se acercó, con la linterna encendida, y apartó la tela del saco con el guante—.