La dama del norte (Costa Vasca 2) CAPÍTULO 7 — LA DAMA Y EL TOPO
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CAPÍTULO 7 — LA DAMA Y EL TOPO

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I. El cuaderno otra vez

La sala de autopsias del IML de Donostia olía a desinfectante y a luz fría, y Irati llegó a las nueve de la mañana con el informe del guarda del puerto en la mano y la noche de la lonja todavía pesándole en los párpados.

Maddi la esperaba junto a la mesa, con las manos cruzadas sobre la bata y la carpeta del segundo cadáver abierta, y por un momento las dos se quedaron mirando el informe, con el silencio de la sala de autopsias alrededor.

—He terminado con el guarda —dijo Maddi, con la voz de los que han pasado la noche entre órganos y papeles—. Y no me gusta lo que he encontrado.

—Dime.

Maddi abrió la carpeta y fue señalando las páginas con el dedo, con la rigurosidad de las que llevan años leyendo los cuerpos mejor que los papeles.

—Andoni Zabaleta, sesenta y dos años, guarda del almacén portuario de Getaria.

Causa de la muerte: asfixia por compresión cervical, compatible con estrangulamiento manual.

Las petequias internas, la fractura del hueso hioides, la congestión de la zona: todo coincide con el método.

—Levantó la vista—. Y cuando digo que coincide, quiero decir que coincide exactamente con la autopsia del restaurador.

La misma compresión, la misma fuerza, la misma zona de presión, el mismo ángulo de ataque.

El mismo hombre. La misma mano. El que mató al buzo-restaurador Iñaki Olazabal, Irati, es el que mató al guarda Andoni Zabaleta. La firma es idéntica.

Irati se quedó muy quieta, con el informe en las manos y el silencio de la sala de autopsias alrededor.

La firma era idéntica. El mismo método, la misma fuerza, la misma mano.

El restaurador que había visto las luces en la cueva de la Dama.

El guarda que había visto las entradas en el almacén del puerto.

Dos testigos, dos silencios, dos cadáveres con la misma firma.

Y la firma, pensó, no era la de un asesino cualquiera: era la de un profesional.

La de alguien que sabía exactamente dónde presionar, cuánta fuerza aplicar y cómo hacer que el mar borrara las marcas.

—¿Y hay alguna diferencia? —preguntó—. ¿Algo que no coincida?

Maddi se quedó mirando la carpeta un momento, y luego dijo, con la voz que se le había puesto grave:

—Hay una diferencia, y es la que me ha tenido despierta toda la noche.

El restaurador fue estrangulado con el cuello del neopreno subido, para que no quedaran marcas externas.

El guarda no llevaba protección: lo estrangularon a mano limpia, con la fuerza suficiente para romper el hioides.

El que mató al guarda no se molestó en disimular.

No le puso el traje, no le arregló la escena, no esperó a la bajamar.

Lo mató a mano limpia, en el almacén, y lo dejó donde lo encontraron.

—Levantó la vista hacia Irati—. Eso significa una de dos cosas: o el asesino tenía prisa, o el asesino quería que nosotros supiéramos que no le importaba que lo viéramos. Y ninguna de las dos me gusta.

Irati se quedó mirando la carpeta, la diferencia entre los dos cadáveres, la mano limpia del asesino, y sintió que algo le subía por la espalda con la solidez de una losa.

El asesino del guarda no se había molestado en disimular.

Había matado a mano limpia, en el almacén, sin arreglar la escena, sin esperar a la bajamar.

Y eso significaba que el asesino se sentía seguro.

Que no temía que lo descubrieran. Que actuaba con la certeza de quien sabe que nadie va a mirar, o de quien sabe que, aunque miren, no va a pasar nada.

—Maddi —dijo, con voz firme—. Hay una tercera posibilidad.

El asesino del guarda no tenía prisa y no quería que nosotros lo viéramos.

El asesino del guarda sabía que nosotros ya íbamos a encontrar el cadáver.

Sabía que íbamos a saber que era el mismo método.

Y quería que nosotros lo supiéramos. El segundo cadáver no es un crimen: es un mensaje.

Un mensaje de los que saben que estamos siguiendo el mapa, y que quieren que nosotros sepamos que ellos también lo están siguiendo.

Maddi se quedó mirándola un momento, con la carpeta en las manos y la luz fría de la sala de autopsias alrededor.

—¿Y qué dice el mensaje? —preguntó.

Irati se quedó mirando el informe, las petequias, la fractura del hioides, la mano limpia del asesino.

—El mensaje —dijo—. Dice que el que mató al restaurador y al guarda tiene acceso a la investigación.

Dice que sabe dónde estamos, qué hemos encontrado y hacia dónde vamos.

Dice que la red de la costa tiene un ojo dentro del equipo.

Y dice, Maddi, que ese ojo no está fuera: está dentro.

En la Jefatura, en el laboratorio, en las reuniones donde hemos estado compartiendo el mapa.

Alguien de dentro ha estado filtrando cada paso que damos.

El silencio se hizo en la sala de autopsias, con la luz fría alrededor y el olor del desinfectante llenándolo todo. Maddi cerró la carpeta despacio, con las manos que ya no temblaban, y dijo, con la voz baja de las que han entendido:

—El topo —dijo—. El caso de Bilbao tuvo una rendija interna.

Y ahora esta red, la costa, tiene la suya.

Irati, no estamos persiguiendo a una red.

Estamos persiguiendo a una red que nos está persiguiendo a nosotros.

Alguien dentro de este equipo, dentro de esta investigación, está trabajando contra nosotros. Y la pregunta es quién.

Irati se quedó mirando la carpeta, la luz fría de la sala de autopsias, el olor del desinfectante, y sintió que la paranoia, la que llevaba días creciendo en su pecho desde la subasta de Madrid, se le instalaba con la solidez de una losa.

El topo. La rendija. El ojo dentro del equipo.

Alguien con acceso a la investigación, a los informes, al plan anti-topo que ella misma había diseñado, estaba filtrando cada paso que daban.

Y la pregunta que le ardía en el pecho era la que no se atrevía a formular en voz alta: quién, de las personas que habían estado mirando el mapa con ella, estaba mirando el mapa por ellos.

—¿Y el perfil? —preguntó Maddi, con la voz de las que han aprendido a no dejar cabos sueltos—. ¿Tienes un perfil de quién puede ser?

Irati se quedó mirando el informe un momento, con la luz fría de la sala de autopsias alrededor, y fue ordenando las piezas con la calma de los que saben que los perfiles se construyen despacio.

—Tiene que ser alguien con acceso a los informes de la investigación —dijo—.

Alguien que estuviera en las reuniones donde hemos compartido el mapa.

Alguien que supiera que íbamos a ir a la subasta de Madrid, y que íbamos a mirar la cueva, y que íbamos a encontrar el laboratorio.

Alguien, también, con acceso al teléfono del restaurador, porque el mensaje cifrado ha llegado a un móvil que está en la custodia de la Jefatura.

Y alguien que conozca el idioma del mito.

Alguien que sepa que la frase de la Dama, el cuaderno, es la que tiene que sonar para que nosotros sigamos el mapa.

—Levantó la vista hacia Maddi—. Ese perfil, Maddi, es muy estrecho. No caben muchas personas en él.

Maddi se quedó mirándola un momento, con la carpeta en las manos y la luz fría alrededor.

—¿Y el asesinato? —preguntó—. El que mata con esa precisión, con esa firma, con esa frialdad. ¿Es el mismo hombre que filtra?

Irati negó con la cabeza, despacio.

—No lo sé —dijo—. Puede ser el mismo. Puede ser un sicario de la red, contratado por el que filtra.

Pero hay una cosa que sé con certeza: el que mata y el que filtra están en el mismo lado.

Y los dos saben que nosotros estamos siguiendo el mapa.

Y los dos quieren que nosotros sigamos el mapa, porque el mapa los lleva a donde ellos quieren que vayamos.

El topo no solo filtra, Maddi: dirige. Nos está llevando por el mapa que él quiere.

Y nosotros, sin saberlo, lo estamos siguiendo.

El silencio se hizo en la sala de autopsias, con la luz fría alrededor y el olor del desinfectante llenándolo todo.

—¿Y qué vas a hacer? —preguntó Maddi, al fin, con la voz baja.

Irati se levantó, con la carpeta del guarda en la mano, y se quedó un momento mirando la mesa de autopsias, la luz fría, el silencio.

—Voy a dejar de seguir el mapa del topo —dijo—. Voy a empezar a trazar el mío propio. Y cuando el mapa del topo y el mío se crucen, Maddi, el topo va a tener que elegir: o sigue el suyo, y se delata, o sigue el mío, y me encuentra a mí. Y cuando me encuentre, no le va a gustar.

Irati salió de la sala de autopsias con la carpeta del guarda en la mano, la firma idéntica del asesino instalada en el mapa del caso y la certeza del topo creciendo en su pecho con la solidez de una losa.

El que mataba tenía acceso a la investigación.

El que filtraba tenía acceso al equipo. Y el que filtraba y mataba, pensó, era el mismo hombre.

El que había estado mirando el mapa con ellos, el que había estado compartiendo las reuniones, el que había estado haciendo preguntas en los momentos equivocados.

Y la pregunta que le ardía en el pecho, la que llevaría hasta el fondo del caso, era la de quién era.

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