CAPÍTULO 6 — EL CATÁLOGO ABIERTO
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I. El Legat
La sede del FBI en Madrid estaba en la calle Serrano, en el edificio de la Embajada de los Estados Unidos, y el despacho de Jules Whitfield tenía una ventana que daba a un patio de banderas y una mesa que llevaba tres años acumulando expedientes que nadie terminaba de cerrar.
Entró a las ocho de la mañana, con el traje azul marino sobre la funda y el expediente del caso del norte bajo el brazo, y se sentó frente al archivador del fondo, las cajas de cartón que llevaban años esperando a que alguien las abriera.
El expediente del arte robado. El que la oficina de patrimonio cultural de la sede central había abierto años atrás, cuando la red de Lisboa empezó a aparecer en los cruces de información del sur de Europa.
Jules lo pidió por el sistema interno, y mientras la impresora escupía las hojas que la oficina de Washington había digitalizado, se quedó mirando el patio de banderas, las astas, el cielo gris de octubre de Madrid, y pensó en la mujer que había dejado en el andén de la estación de Donostia,
con la niebla alrededor y la promesa de terminar el caso juntos.
El expediente llegó. Era casi vacío: una docena de páginas, con el membrete de la oficina de patrimonio, dos informes de seguimiento, una nota de la Interpol y una hoja de cierre con la firma de un agente que Jules no conocía.
Lo leyó dos veces, con la calma de los que han aprendido que los expedientes vacíos cuentan más que los llenos, y al final se quedó mirando la última página: la hoja de cierre, con la firma del archivo.
Era una firma de dos líneas, apretada y antigua, de las que se aprenden en las escuelas de caligrafía de otro siglo.
Y Jules la había visto antes. La había visto en los certificados de autenticidad del tasador de Madrid, en las hojas de tasación que Basáñez firmaba al pie de cada pieza, en los documentos que Irati le había enviado desde Donostia la noche anterior.
La firma del agente que había cerrado el expediente del arte robado años atrás, el que había tocado la red de Lisboa y la había soltado por «falta de jurisdicción», era la misma firma que Óscar Basáñez ponía al pie de los certificados.
—Dios mío —murmuró Jules, con la hoja de cierre en las manos—. El FBI tocó la red hace años. Y la soltó porque el tasador, el hombre que firma los certificados, fue el agente que la investigó.
Se quedó mirando la hoja un momento, con la luz gris de octubre entrando por la ventana, y luego empezó a reconstruir la historia con la precisión de los que han pasado años leyendo entre líneas.
Óscar Basáñez, tasador de arte de Madrid, había trabajado para el FBI en los años ochenta, como perito en operaciones de arte robado.
Había participado en la primera investigación de la red de Lisboa, había llegado a tocar la red con los dedos, y la había soltado por «falta de jurisdicción».
Y después, con la red libre y el expediente cerrado, se había convertido en el tasador que firmaba los certificados de las piezas que la red sacaba de la costa.
La historia se repetía. La red de Lisboa no había cambiado de método en cuarenta años: había cambiado de cómplices. Y el tasador que la había dejado escapar la primera vez era el mismo que la estaba protegiendo ahora, desde dentro, con la firma de la autenticidad.
Jules cerró el expediente y se quedó mirando la firma de Basáñez un momento, con el patio de banderas al fondo y la luz gris de octubre entrando por la ventana.
La primera pieza del mapa del norte, pensó, tenía ahora un pasado.
El circuito no había empezado con la familia Alkorta: había empezado con un agente que había tocado la red y la había soltado, y que ahora firmaba los papeles que la mantenían viva.
La historia se repetía, pero esta vez, Jules lo supo con una certeza que le puso la piel de gallina, no iba a ser él el que la soltara.
Se levantó y fue a la ventana, con la hoja de cierre en la mano, y se quedó un momento mirando el patio de banderas, las astas que ondeaban con la luz gris de octubre, el cielo de Madrid que empezaba a cerrarse hacia el norte.
Los dedos le fueron contando los segundos, el tic que le venía solo en los momentos de tensión, y cuando llegó a treinta, tomó la decisión que llevaba semanas aplazando.
—Margo —dijo, llamando a la recepción de la oficina—.
Necesito el dossier personal de Óscar Basáñez, el tasador que colaboró con la oficina en los años ochenta.
Si el archivo lo conserva, quiero verlo completo: los informes, las cartas, las notas de las reuniones.
Y quiero saber una cosa: quién más de esta oficina trabajó con él.
La respuesta llegó al cabo de una hora, en una carpeta de cartón que la recepcionista dejó sobre su mesa con el polvo de los años todavía en los bordes.
El dossier de Óscar Basáñez tenía treinta y una páginas, con la caligrafía de las máquinas de escribir de otra época y las notas marginales escritas a mano.
Jules lo leyó entero, con la luz gris de octubre entrando por la ventana y el ruido del patio de banderas al fondo, y cuando llegó a la última página, se quedó mirando una anotación que no había esperado encontrar.
«Nota de archivo: el perito Basáñez mantiene correspondencia con la red del sur de Europa tras el cierre del expediente. No procede actuación: el contacto es de carácter privado y no ha sido requerido por la oficina.»
La nota tenía fecha de 1989, un año después del cierre del expediente.
Y la correspondencia de la que hablaba, la que el archivo no había seguido porque «no procedía actuación», era la prueba de que Basáñez no se había separado de la red al cerrar el expediente: se había quedado dentro, en contacto, esperando el momento de pasar al otro lado.
Jules cerró el dossier y se quedó mirando la nota de archivo un momento, con la luz gris de octubre entrando por la ventana y la certeza instalándosele en el pecho.
La historia del circuito del norte no empezaba con la familia Alkorta.
Empezaba con un perito de arte que había investigado la red de Lisboa, la había soltado por falta de jurisdicción y se había quedado en contacto con ella, desde dentro, durante los cuarenta años siguientes.
El tasador que firmaba los certificados de las piezas falsas era la primera pieza del mapa, la más antigua, la que llevaba cuarenta años esperando a que alguien mirara su pasado.
Guardó el expediente en la caja del fondo, hizo una copia de la hoja de cierre y la guardó en el bolsillo interior del traje, junto al catálogo de la subasta de Madrid y la fotocopia de la frase del cuaderno. Y entonces, con la calma de los que han decidido, marcó el número de Irati.
—Sarasola —dijo, cuando ella contestó al segundo tono—.
Tengo una cosa que no me va a gustar. El expediente del arte robado que la oficina abrió contra la red de Lisboa está casi vacío.
Pero la firma del cierre, el agente que lo soltó por falta de jurisdicción, es la misma firma que Basáñez pone al pie de los certificados.
El tasador trabajó para el FBI. Tocó la red.
Y la soltó. Hace cuarenta años, el FBI tuvo la red en las manos, y un hombre que la conocía por dentro la dejó ir.
Hubo una pausa en la línea, y luego la voz de Irati llegó, con ese tono que Jules conocía de las horas de trabajo:
—La historia se repite —dijo—. La red de Lisboa no cayó nunca.
Cambió de manos, cambió de escaparate, cambió de cómplices.
Y el que la tocó la primera vez es el que la está blindando ahora, desde dentro, con la firma de la autenticidad.
Jules, eso significa que el circuito no empezó con la familia Alkorta.
Empezó antes. Empezó con un agente que se pasó al otro lado.
—Lo sé —dijo Jules—. Y por eso voy a hacer algo que no hice nunca con un expediente.
Voy a abrir el pasado de Basáñez hasta el final.
Porque si el tasador fue el que dejó ir la red la primera vez, entonces también fue el que vio dónde estaba la puerta.
Y la puerta, Sarasola, no ha cambiado de sitio en cuarenta años.
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