La dama del norte (Costa Vasca 2) V. La elección
25%

V. La elección

El andén de la estación de Donostia estaba casi vacío a las nueve de la noche, con la niebla de octubre comiéndose las luces y el tren de Bilbao esperando en la vía con las puertas abiertas.

Jules llevaba el abrigo puesto y la bolsa de viaje en la mano, y el móvil en la otra, con la pantalla encendida y un mensaje de Washington abierto que Irati no había querido leer.

—La prórroga —dijo Jules, sin necesidad de que ella preguntara—. Washington ha contestado esta tarde. Me dan setenta y dos horas para confirmar la decisión final: la prórroga del puesto o el traslado a Nueva York. Setenta y dos horas, Irati. Y después, o me quedo o me voy.

Irati se quedó mirándolo un momento, con la niebla de octubre alrededor y el ruido del tren esperando en la vía.

Habían llegado a la estación sin hablarse de Washington, sin nombrar la oferta, sin abrir la pregunta que llevaba toda la tarde pesándoles en el pecho.

Y ahora, con el tren a punto de salir y la niebla comiéndose las luces, la pregunta estaba en el andén, entre los dos, con la solidez de una losa.

—¿Y qué vas a hacer? —preguntó, con voz firme.

Jules se quedó mirándola un momento, y luego dejó la bolsa en el andén y se acercó, hasta quedar frente a ella, a unos centímetros, con la niebla alrededor y las luces de la estación desenfocándose a sus espaldas.

—Te voy a decir lo que no te he dicho en la cafetería de Atocha —dijo—.

No voy a decidir con la cabeza de Washington.

Voy a decidir con esto. —Se llevó la mano al pecho, al bolsillo interior del abrigo, donde guardaba el expediente y la fotocopia de la frase del cuaderno—.

La pieza, Irati. La pieza que el mar ha entregado.

Cuando la vimos en el laboratorio, cuando la tocamos en la bajamar, cuando la seguimos por la subasta y por el archivo y por la cueva, sentí que ese pedazo de arcilla era la primera cosa en años que me pedía que me quedara.

No el puesto. No el caso. No la red europea.

La pieza. Y si la pieza nos pide que la sigamos hasta el fondo, yo no pienso dejarla a medias. Ni a ella, ni a este caso, ni a ti.

La niebla se cerraba alrededor del andén, con las luces de la estación comiéndose los bordes y el tren esperando en la vía con un rumor constante. Irati sintió que las palabras de Jules le subían por el pecho con la fuerza de una corriente que llevaba tiempo buscando salida.

—No te estoy pidiendo que te quedes —dijo, al fin—.

No te estoy pidiendo que elijas el caso.

No te estoy pidiendo que elijas nada que no quieras elegir.

—Levantó la vista hacia él, con la niebla alrededor—.

Solo te estoy pidiendo que, pase lo que pase, la investigación se termine juntos.

Que la pieza se encuentre juntos. Que el mapa se mire juntos.

Que si la cueva se abre, entremos juntos.

Y que si el caso se cierra, se cierre con los dos al otro lado de la línea.

Eso es lo único que te pido, Jules. Lo demás, lo decides tú.

Jules se quedó mirándola un momento, con la niebla alrededor, las luces de la estación desenfocándose, el tren esperando en la vía.

Y entonces, sin decir nada, dio un paso más, hasta quedar frente a ella, a unos centímetros, con la frente casi tocándole la suya, con la niebla entre los dos y el ruido del tren llenando el andén.

No fue un beso. Fue una promesa, sostenida en el aire, con los dos frente a frente, sin tocarse, con la respiración de los dos en el espacio que los separaba y la niebla cerrándose alrededor.

Irati sintió que el pecho le ardía con una mezcla de miedo y de certeza que no le había conocido desde los años del instituto, y que las palabras que había dicho en el andén, la promesa de terminar el caso juntos, eran las más ciertas que había dicho en su vida.

—la investigación se termina juntos —dijo Jules, con la voz baja, la frente casi tocándole la suya—.

La pieza se encuentra juntos. El mapa se mira juntos.

Y si la cueva se abre, entramos juntos. Y cuando el caso termine, Irati, y solo cuando termine, decidiremos lo que tenga que decidirse.

Pero esa decisión, la nuestra, no se decide en un andén con niebla: se decide con la costa delante y el caso cerrado, sin prisa y sin miedo. —La miró—. ¿Te vale?

—Me vale —dijo Irati, y sintió que las palabras le salían con una fuerza que no le había conocido, con la niebla alrededor y el tren esperando en la vía—. Me vale más que nada.

Por un momento, los dos se quedaron frente a frente, sin tocarse, con la niebla entre ellos y el ruido del tren llenando el andén, sosteniendo la promesa en el aire con la fuerza de una cuerda que no se veía pero que estaba más tensa que cualquier cuerda visible.

No hubo beso. No hizo falta. La promesa, pensó Irati, era más que un beso: era el compromiso de que, pase lo que pase, la pieza, el caso y el mapa se terminaban juntos, y que después, solo después, vendría lo que tuviera que venir.

—El tren —dijo Jules, al fin, con la voz que se le había puesto ronca—. Si no lo cojo, pierdo la conexión con Madrid y la prórroga.

—Cógelo —dijo Irati—. Vete a Madrid. Habla con Washington.

Y vuelve. —Le sonrió, con la niebla alrededor—.

Te espero en el norte. Con la pieza. Con el caso.

Con el mapa. Y con la certeza de que, pase lo que pase, la decisión que tengas que tomar, la tomaremos los dos juntos, cuando el caso se cierre.

Jules tomó la bolsa del andén y subió al tren, con la niebla comiéndose las luces y las puertas cerrándose a su espalda. Desde la ventanilla, la miró un momento, con la mano apoyada en el cristal, y luego el tren arrancó y se fue, engullido por la niebla, llevándose la promesa hacia el sur.

Irati se quedó en el andén vacío, con la niebla alrededor y las luces de la estación desenfocándose, mirando el sitio donde había estado el tren, sintiendo que la promesa del andén se le había instalado en el pecho con la solidez de una losa.

La pieza. El caso. El mapa. La cueva de la Dama, que esperaba en el acantilado de Getaria.

La familia Alkorta, con su blindaje de gratitud y su eslabón del norte.

El comprador que pagaba en cripto para que las piezas no existieran.

Y el eslabón que nadie veía porque la familia lo protegía.

Todo el mapa, pensó Irati, estaba delante de ella, con la niebla alrededor y el tren engullido por la noche.

Y por primera vez en el caso, sintió que no estaba sola en el mapa: que había hecho una promesa, que la promesa tenía un nombre, y que el nombre, pase lo que pase, la acompañaría hasta el fondo de la cueva de la Dama.

Salió de la estación con la niebla alrededor y el móvil en la mano, y antes de meterse en el coche, marcó el número del comisario Iturriaga.

—Comisario —dijo, cuando él contestó—. Mañana necesito un equipo de la brEC en el acantilado de Getaria.

La cueva de la Dama, el viejo Sabino. Y necesito que nadie, absolutamente nadie, sepa que vamos a mirar.

Porque si el eslabón del norte sabe que hemos encontrado la puerta, la puerta se va a vaciar antes de que lleguemos.

—¿Y quién va a ir? —preguntó Iturriaga, con la voz grave de la madrugada.

Irati se quedó mirando la niebla, las luces de la estación a sus espaldas, la carretera de la costa que se abría hacia Getaria, y dijo, con voz firme:

—Vamos a ir nosotros. Ainhoa, para leer la marea.

Eneko, para leer la roca. Y yo, para leer el mapa.

El resto, comisario, se queda esperando.

Porque la cueva de la Dama es el territorio de la leyenda, y las leyendas no se entran con ruido: se entran con silencio, con respeto y con la certeza de que el que construyó la fábrica detrás de la leyenda no espera a que nadie mire.

Colgó y se metió en el coche, con la niebla alrededor y la carretera abriéndose hacia la costa, rumbo a Getaria, rumbo a la cueva, rumbo a la Dama del Norte, que guardaba los nombres de los que el mar no devolvía.

Y mientras conducía, con la niebla en el cristal y el mar invisible a su izquierda, supo que el caso había terminado su primer acto, que la promesa del andén lo llevaría hasta el fondo, y que la pieza que el mar había entregado, la que había roto la normalidad del silencio,

era la llave que abriría la puerta de la cueva, la puerta de la familia Alkorta y la puerta de la fábrica que el norte llevaba veinte años escondiendo.

La Dama del Norte quería su pieza de vuelta. Y la pieza, pensó Irati, con la niebla alrededor y el coche corriendo hacia Getaria, estaba a punto de volver.

En el asiento del copiloto, sobre el expediente de Iturriaga, la fotocopia de la frase del cuaderno seguía encendida bajo la luz del salpicadero: La Dama quiere su pieza de vuelta.

La subasta del norte la tiene. La leyenda.

La fábrica. La cueva. El eslabón del norte, que nadie veía porque la familia lo protegía.

El comprador que pagaba para que las piezas no existieran.

Todo el mapa, pensó, se estaba cerrando alrededor de la pieza que el mar había entregado, y la pieza, ahora lo sabía con una certeza que le calentaba el pecho contra el frío de la madrugada, era la llave que abriría todas las puertas del norte.

La carretera de la costa se abrió delante de ella, con la niebla comiéndose los bordes y el mar invisible a su izquierda, y Irati condujo hacia Getaria, hacia la cueva, hacia la Dama del Norte, con la certeza de que el primer acto del caso se había cerrado en un andén con niebla, con una promesa,

y con un mapa que, por primera vez en veinte años, tenía una puerta que alguien estaba dispuesto a abrir.

* * *