La tierra que calla #2
—¿Por qué lo permite? —murmuró uno de los chicos a su lado.
—Porque ya no es de los nuestros —dijo otro.
Y Elswyth, con el rostro empapado en sudor, ceniza y lágrimas contenidas, lo supo también:
ese joven no traería el bien.
No como estaba ahora.
No si seguía del lado de quienes incendiaban casas con niños dentro.
Las llamas crecían, danzaban como bestias antiguas en la puerta de Ilfrid, y sus sombras temblaban en las paredes de las casas vecinas.
La multitud permanecía inmóvil, atónita, como si lo que veían no pudiera ser real.
Como si quemar una casa —con hijos llorando, con recuerdos bordados, con pan aún en el horno— no pudiera ser parte del orden natural de las cosas.
Y entonces, Elswyth no lo soportó más.
Sintió una ráfaga de calor subirle desde el pecho hasta la garganta. Una ira vieja, primitiva, que no se expresaba con palabras, sino con instinto. La rabia de los que han perdido demasiado. De los que no tienen más que dignidad, y ven cómo hasta eso se les quiere arrebatar.
Su mano voló hacia la cintura.
Sacó su daga.
La hoja curvada, pulida por años de entrenamiento y lágrimas, brilló al reflejo del fuego.
Elswyth levantó el brazo, giró el cuerpo como le habían enseñado, y tensó los músculos para el lanzamiento.
Iba a matarlo.
Iba a matarlo allí mismo.
Pero entonces, justo cuando el brazo retrocedía, una mano fuerte le detuvo la muñeca.
—¡No! —susurró una voz conocida.
Era su madre.
Aethelwyn.
La miró a los ojos y lo que vio fue dolor.
Dolor y miedo.
Y un amor que solo puede suplicar en silencio.
Elswyth contuvo el aliento.
Los ojos cerrados.
La daga aún en la mano.
Los labios temblando.
Y un silencio sordo que le obligaba a gritar por dentro mientras las lágrimas le caían sin ruido.
Y entonces, sin aviso…
un grito.
Un movimiento.
Una figura.
Eadric.
Eadric el Tuerto.
Emergió de entre la multitud, espada en mano, corriendo como un toro enfurecido hacia la espalda del muchacho a caballo.
—¡Por los que murieron ahogados! —rugió.
Todo ocurrió como en un sueño de barro y sangre.
Y aquí el mundo se puso lento.
La espada de Eadric alzada.
Alaric girando la cabeza.
Morcar gritando algo desde lejos.
Y un guardia, un joven del castillo, desenvainando con una rapidez fugaz.
La hoja voló.
No apuntó a Alaric.
Apuntó a Eadric.
Y justo cuando la espada del herrero bajaba en el aire, la del soldado atravesó su costado.
Un golpe seco.
Un jadeo.
Un paso en falso.
Eadric cayó de rodillas.
Luego al suelo.
La espada que iba dirigida al heredero cayó a un lado, sin fuerza.
Elswyth gritó.
Un grito que desgarró el aire.
Que hizo callar incluso al fuego.
Que rompió algo más allá de la carne.
Corrió hacia él.
Aethelwyn la siguió, gritando su nombre.
Se arrodillaron junto a su cuerpo.
Elswyth le tomó la cara entre las manos.
Estaba aún tibio.
Los ojos, su ojo, entrecerrados.
Un hilo de sangre entre los labios.
Y una media sonrisa que decía: «No pude salvaros a todos… pero al menos lo intenté.»
Eadric el Tuerto tardó todavía un poco en irse.
Lo justo para girar la cabeza hacia el caballo. Lo justo para que su ojo bueno, ya turbio, encontrara al muchacho de la túnica oscura que seguía allí arriba sin haberse movido.
Lo miró.
Cuatro años había estado bajando a aquel castillo a arreglarles los goznes. Cuatro años había visto pasar de lejos a aquel chico callado. Y ahora, tirado en el barro con un palmo de acero en el costado, lo tenía a seis pasos y de frente y a la luz de un incendio.
Y no vio nada.
Vio a un noble. Vio unos hombros derechos. Vio a un crío bien alimentado con una capa buena que no había levantado un dedo.
No vio la manera de tener las manos.
No vio que aquel muchacho estaba blanco como la cera y agarrado al pomo de la silla con los nudillos sin sangre.
Y en ese último instante, el viejo cerró los dedos en la manga de Elswyth y tiró de ella, y le dijo al oído lo único que le quedaba por decir, con un hilo de voz que solo oyó ella:
—Los nudos, niña.
—Qué.
—Los hice bien. —Tragó sangre—. Los dos. Los hice bien.
Y se murió pensando que mentía.
Se murió a seis pasos del niño cuyo nudo había hecho bien.
«Se ha ido creyendo que fue culpa suya.»
Y arriba, en el caballo, el muchacho que llevaba el nombre de otro miró cómo una chica desconocida le sostenía la cara a un herrero muerto, y sintió, sin ningún motivo, sin ninguna imagen, sin nada a lo que agarrarse, unas ganas espantosas de bajarse y de ir hasta allí.
No se bajó.
Nunca se bajaba.
—No… no… no, por favor… —repetía ella—. No tú…
Aethelwyn lloraba en silencio, acariciándole el cabello. Como a un hijo que se duerme. Como a un hombre que les dio todo cuando no tenían nada.
Y mientras ambas lo sujetaban, al fondo…
la casa de Ilfrid ardía.
Ilfrid, de pie, con los ojos fijos.
Su hija, abrazada a su cintura.
El niño, sentado en el barro, mirando las llamas.
Y su hogar, reducido a luz asesina y humo.
El aire olía a tela quemada.
A sangre.
A traición.
Y a un odio que acababa de nacer con un rostro nuevo:
el de un joven a caballo que no supo detener nada.
El sol cayó temprano aquella tarde, como si el día, derrotado por lo ocurrido, no hubiese querido seguir viendo más. La luz dorada se volvió ceniza, y las nubes, densas como los pensamientos del pueblo, se posaron bajas sobre las colinas del oeste.
En el claro de las tumbas, bajo un roble antiguo, se cavó una nueva fosa.
No era la primera vez que Elswyth estaba allí.
Conocía ese trozo de tierra.
Allí descansaban muchos de los que la riada se llevó.
Allí estaba la tumba de su padre.
Allí, una tabla con el nombre de Wulfric, aunque no hubiese cuerpo bajo ella.
Allí, en esa misma tierra, Eadric descansaría.
Los hombres del pueblo lo envolvieron en una manta de lana gruesa, de las que él mismo ayudó a tejer un invierno en casa de Ilfrid. No había ataúd. No había sacerdote del castillo. Pero había silencio. Y el silencio era más solemne que cualquier oración.
Vinieron todos.
Pescadores, molineros, curtidores.
Mujeres con niños en brazos. Ancianos de mirada vidriosa.
Ilfrid, con sus hijos tomados de la mano.
Y también ellos: los que no hablaban. Los que callaban más de lo normal.
Elswyth estaba allí, entre su madre y la tumba, con los ojos rojos pero secos. Había llorado tanto que el dolor ya no salía con lágrimas. Solo con respiraciones largas y una furia tan densa que parecía haberse instalado en sus huesos.
No hubo discursos.
Un joven, aprendiz de herrero, depositó la espada mellada de Eadric sobre el túmulo cubierto. Otro encendió una vela, aunque el viento la apagó casi de inmediato.
Elswyth no llevó nada.
Se había quedado al borde del túmulo, con las manos colgando, y cuando los demás empezaron a moverse hizo una sola cosa, tan pequeña que casi nadie la vio.
Alzó la barbilla.
Un gesto corto. Uno solo. Hacia la tierra recién puesta.
El gesto de una ventana con vapor y olor a hierro. El que un hombre que no sonreía nunca le hacía a una niña para decirle, sin decirlo, que era bienvenida, y que ella le devolvía igual de corto, tarde tras tarde, primero en una aldea que ya no existe y luego en una fragua prestada.
Se lo devolvió una última vez.
Y le costó, por primera vez, que le saliera corto.
Fue entonces cuando los murmullos empezaron.
No en voz alta.
No con nombres.
Pero con ojos. Con gestos. Con pasos medidos que se acercaban más de lo necesario.
Uno de los chicos con los que entrenaba, Elnric, se aproximó mientras los demás se retiraban poco a poco.
—Yo lo vi —murmuró sin mirarla directamente—. Lo que hiciste antes… con la daga.
Elswyth no respondió.
—No estás sola —añadió él, muy bajo—. Hay más. Muchos más. Que piensan lo mismo. Que no quieren vivir así.
Ella giró apenas el rostro.
—¿Y qué quieren hacer?
—Lo que nadie ha hecho aún —susurró él—. Pero hace falta alguien que conozca las sombras. Alguien con el valor de levantar la mano… aunque no la deje caer.
Otro muchacho, Reddan, se acercó también. Aportó solo una frase:
—El castillo no es tan alto como parece… cuando lo miras desde el hambre.
Y luego se alejaron. Como si nada. Como si no hubieran hablado.
Elswyth no se movió.
Ni respondió.
Pero sus dedos, al bajar la mirada, estaban envueltos en la cinta de cuero que ataba la empuñadura de su daga.
Y apretaban.
Fuerte.
El cielo rugió a lo lejos.
La noche descendía.
Y en la tierra de los muertos, algo nuevo empezaba a germinar.