La Daga y el Río (La Daga y el Río 1) Los que fueron, los que quedan #3
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Los que fueron, los que quedan #3

Y él estaría allí.

Guiándolos.

Preservándolos.

Reinando sin corona.

El castillo apareció al fondo, recortado contra un cielo aún pálido. Las torres, oscuras. Las almenas, inmóviles. Las ventanas, en penumbra.

Pero al llegar a la gran escalinata, algo se detuvo dentro de él.

Había cuatro figuras esperándolo en la puerta.

Vestían capas oscuras. Capuchas alzadas. Las manos ocultas. Permanecían en fila, sin moverse. Sin hablar. Como si supieran exactamente cuántos pasos faltaban para que Morcar los viera.

Y él lo supo al instante.

Eran ellos.

Los hombres que aquella noche, escondidos entre los sauces y las sombras del puente, habían serrado las vigas, soltado las sogas, y empujado el destino por el borde de la ladera.

Los que lo ayudaron a convertir una tragedia en una oportunidad.

Los que sabían.

Y los que ahora venían a cobrar.

Morcar se detuvo al pie de la escalinata. Por un instante, la ráfaga de viento le alzó los bordes de la capa. El silencio se volvió absoluto.

Uno de ellos asintió.

No dijo palabra.

Morcar subió los primeros escalones.

Luego los segundos.

Los otros le abrieron paso.

Y sin mediar una sola palabra, los cuatro desaparecieron dentro del castillo.

La gran puerta se cerró tras ellos.

Pesada.

Lenta.

Definitiva.

·   ·   ·

Hablaron en la bodega, con la puerta atrancada y una sola vela.

Morcar puso la bolsa sobre el barril. Sonó como suenan esas cosas, y el sonido llenó la habitación, y durante un momento pareció que aquello iba a ser fácil.

Ninguno de los cuatro la tocó.

Fue el quinto hombre el que habló. El que los había traído. Un hombre corpulento, de barba gris y capa de piel negra, que llevaba toda la noche apoyado en la pared sin abrir la boca y al que Morcar no había presentado a nadie en toda su vida.

—No han venido por eso —dijo Rhedgar.

—¿Ah, no?

—No. Eso ya se lo has pagado. —Se apartó de la pared—. Han venido porque quieren oírtelo decir.

Morcar esperó.

Y entonces uno de los cuatro —el más bajo, uno que tenía las manos como un carpintero y la cara de no ser nadie— habló por primera vez en toda la noche. Tenía una voz sorprendentemente suave.

—Nosotros aserramos unas vigas —dijo—. Eso es lo que hicimos. Aserramos unas vigas y deshilachamos unas cuerdas y nos fuimos a dormir. Y luego el puente se cayó solo, con la crecida, como se caen los puentes viejos.

—Así fue —dijo Morcar.

—Así fue. —El hombre asintió despacio—. Ahora bien. En ese puente iba una señora. Y un señor. Y un crío de cinco años que nadie ha encontrado. —Se rascó la nariz—. Nosotros no sabíamos lo del crío.

Silencio.

—Nadie sabía lo del crío —dijo Morcar.

—Ya. —El hombre lo miró—. Pero el crío estaba.

Morcar no dijo nada.

—Verás, señor, es que la cosa es esta. —El hombre hablaba como quien explica un precio, sin ninguna amenaza, y por eso daba tanto miedo—.

Un puente que se cae es mala suerte. Y de la mala suerte no se acuerda nadie a los dos años.

Pero un niño que no aparece… un niño que no aparece se queda.

La gente lo va contando. Y mientras el río no lo devuelva, hay una pregunta ahí fuera, dando vueltas, y esa pregunta la tenemos también nosotros cuatro metida en la cabeza.

—Se encogió de hombros—. Y nosotros no queremos preguntas. Nosotros vivimos de que no las haya.

Morcar tardó en contestar.

Y contestó lo que llevaba dos días diciéndose a sí mismo delante del espejo.

—Hay un niño arriba —dijo.

Los cuatro se lo quedaron mirando.

—Hay un niño arriba —repitió Morcar, muy despacio, con esa cortesía suya de doble filo—.

Está vivo. Lo vio media ciudad. Lo hemos enterrado todo esta mañana menos a él.

Así que no hay ningún niño que falte, señores.

El niño está en su cama, con fiebre, en el castillo de su padre.

—Puso la mano encima de la bolsa y la empujó dos dedos hacia ellos—. Y por lo tanto no hay ninguna pregunta.

La vela chisporroteó.

Y entonces Rhedgar hizo una cosa que Morcar recordaría el resto de su vida, y que aquella noche no supo interpretar.

Se rio.

No mucho. Una sola vez, por la nariz, mirando al suelo.

Y no dijo nada.

Los cuatro cogieron la bolsa y se fueron por donde habían venido, y uno de ellos, el último, se paró en el quicio y dijo, sin volverse:

—Nosotros no hemos estado aquí nunca.

—Nunca —dijo Morcar.

Y se quedó solo con Rhedgar en una bodega, con una vela y un barril, y le sirvió vino a un hombre al que acababa de hacer dueño suyo sin darse cuenta.

Porque los cuatro grises se irían. Cobrarían y se irían y se dispersarían y con los años se morirían de vejez o de cuchillo en otras ciudades, y ninguno de ellos volvería jamás a Dunheath.

Rhedgar no.

Rhedgar se quedó.

Rhedgar llevaba toda la noche pensando en una cosa que no le había contado a nadie: en una mancha clara que había visto pasar en el agua negra, río abajo, muy lejos ya, cuando volvía del puente.

Y se la iba a guardar catorce años.

·   ·   ·

A lo lejos, en lo alto de la torre, el niño aún dormía.

Y el mundo, sin saberlo,

había entrado en una nueva era.