La Culpa CAPÍTULO DIECINUEVE
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CAPÍTULO DIECINUEVE

Se acerca la hora

Junio entró cálido y Daniel notó la luz.

No del modo en que la había notado en invierno —como un recurso, algo que racionar y agradecer, el regalo de la ventana orientada al sur.

La notó ahora del modo en que se nota algo que ha estado ahí todo el tiempo y que solo se ha vuelto visible justo ahora, del modo en que un sonido se hace audible no porque se vuelva más fuerte sino porque todo lo demás se queda brevemente en silencio.

La luz era larga por las tardes, alcanzando el piso en ángulos que tocaban cosas que él había olvidado que estaban allí —los lomos de los libros, las vetas del suelo de madera, las pequeñas imperfecciones del blanco de las paredes.

Se quedaba mirando por la ventana por las tardes y observaba la ciudad moverse y sentía, por debajo del peso familiar de todo, algo que no era exactamente esperanza pero se le acercaba.

No estaba seguro de qué hacer con ese sentimiento.

Marcus tenía la costumbre de quedarse de pie en el umbral de la cocina.

Daniel lo había notado a lo largo de las últimas semanas —el modo en que Marcus terminaba de hacer café y después se quedaba un momento en el umbral entre la cocina y el salón, apoyándose ligeramente contra el marco, con una mano descansando sobre la madera y con la otra sujetando la taza.

Era un gesto completamente inconsciente, la postura de alguien que está cómodo en su propio espacio y se mueve por él sin pensar.

También era, Daniel había llegado a comprenderlo con una precisión que encontraba ligeramente alarmante, una postura que él había empezado a esperar con expectación.

Notaba cuándo Marcus la hacía y notaba cuándo no la hacía un hecho que no estaba preparado para examinar con mayor detenimiento.

Notaba otras cosas también. El modo en que Marcus sostenía la taza —sin firmeza, con el descuido particular de alguien que nunca ha roto nada.

El modo en que se reía, lo cual era infrecuente y por lo tanto valioso, un sonido breve que llegaba sin aviso y se había ido antes de que pudieras localizarlo del todo.

La cualidad de su atención cuando Daniel hablaba —no mostrando un exagerado interés pero genuinamente concentrada en torno a lo que Daniel estuviera diciendo, como si fuera la cosa más relevante del mundo en ese momento.

Notaba aquellas cosas y las almacenaba en algún lugar de su mente pero sin prestar atención dónde.

Un jueves por la noche, en la segunda semana de junio, Marcus llamó a la puerta con una botella de vino y una película.

—He encontrado algo —dijo, sosteniendo en alto la caja—. En la tienda de cosas de segunda mano de la esquina. Creo que puede ser del tipo de cine que te gusta.

Daniel la miró. Una película japonesa de los setenta, un director al que conocía de oídas pero del que no había visto nada. En blanco y negro, intimista, el tipo de película que requería algo de ti y devolvía algo en proporción.

—Suena prometedor —dijo Daniel—. Pasa.

Se sentaron en el sofá del salón de Daniel —las cortinas abiertas ahora, la luz de la tarde de junio haciendo lo que siempre hacía— y vieron la película en el portátil de Daniel apoyado en la mesa de centro.

Era lenta y precisa y muy hermosa, y Daniel la vio con ese nivel de atención que daba a las películas que estaban haciendo algo que necesitaba comprender con detalle, lo que significaba que era también, a intervalos, consciente de la presencia de Marcus a su lado en el sofá.

No de manera intrusiva. Simplemente consciente.

Del modo en que se es consciente de la presencia de una fuente de calor en una habitación fría —no porque exija de tu atención sino porque el calor, por silencioso que sea, cambia la textura de todo cuanto le rodea.

La película terminó y se quedaron un momento iluminados únicamente por la luz oscura de los créditos, lo cual se estaba convirtiendo en una costumbre, ese silencio característico que ocurre tras haber visto una buena películas, y Daniel era muy consciente de los centímetros exactos de sofá entre los dos y pensó: para ya.

El sofá era el mismo sofá de siempre con los mismos centímetros que siempre los separaba.

La proximidad había estado allí durante meses y él no le había prestado especial atención, o al menos no lo había hecho de manera consciente.

Lo estaba haciendo ahora. Los créditos pasaban mientras él los miraba y contaba los centímetros y pensaba, con la precisión con la que examinaba las cosas potencialmente peligrosas: así es como se siente.

Así es como se siente querer una cosa y saber que eso es algo que no se te ha permitido hacer, nunca, que querer cosas era el trabajo de Edmund, que los pequeños impulsos no autorizados del cuerpo habían sido siempre egistrados y revocados. Pensó: para ya.

—La escena del jardín —dijo Marcus.

—Sí —dijo Daniel.

—No dice nada. Simplemente… está ahí de pie. Y lo entiendes todo.

—Eso es lo que hacen las buenas películas —dijo Daniel—. Confían en el silencio.

Marcus volvió la cabeza y miró a Daniel y él le devolvió la mirada por un momento —solo un momento— y después miró de nuevo a la pantalla.

—Buena observación —dijo.

—Gracias, creo que estoy aprendiendo —dijo Marcus.

Se sentaron en silencio un poco más y después Marcus se levantó y dijo que tenía que irse. Daniel lo acompañó a la puerta y Marcus se detuvo en el umbral —aquella postura, apoyado ligeramente contra el marco— y dijo:

—¿Misma hora la semana que viene?

—Sí —dijo Daniel.

Marcus sonrió —brevemente— y se fue al piso de al lado.

Daniel cerró la puerta y se quedó de pie en el pasillo, miró las fotografías de la pared y pensó: no es la semana que viene aún.

Tenía cinco días antes de que fuera la semana que viene.

Volvió al salón y cogió la caja de la película, le dio la vuelta y leyó la contraportada, que ya había leído, y la dejó otra vez en la mesa. Se sentía bien.

Encontró la lista dos días después.

No había pensado en ella en varias semanas —la había archivado en la categoría de cosas que tenían una explicación que aún no había encontrado, una categoría que mantenía con cuidado y que no revisitaba a menudo.

Pero la encontró otra vez un sábado por la mañana, en la mesa, todavía debajo del bolígrafo, exactamente donde la había dejado. Salvo que era más larga.

Estaba seguro de que eran cinco entradas.

Ahora eran ocho.

Se quedó de pie ante la mesa y leyó las nuevas entradas con su propia letra.

Sábado — me quedé en casa. Vi el fútbol. Le mandé un mensaje a Thomas. Domingo — llamé a mamá. Sonaba bien. Lunes — café con Marcus. Encontró una película japonesa en la tienda de segunda mano.

Leyó la última entrada dos veces.

Encontró una película japonesa en la tienda de segunda mano.

Eso fue el jueves. El jueves no el lunes.

Había escrito lunes y el suceso había sido el jueves y lo había escrito con su propia letra con el día equivocado, lo que significaba o bien que lo había escrito antes de que sucediera, lo cual era imposible, o que lo había escrito después y se había equivocado de día, lo cual era posible pero no tenía sentido que apareciera en la lista tras el domingo — le mandé un mensaje a Thomas , con el que no había hablado en años, llamé a mamá , lo cual no recordaba— y no lo hacía de una manera concreta que estaba empezando a resistirse a las explicaciones que él había estado usando hasta ahora.

Se quedó de pie ante la mesa durante mucho rato.

Después cogió el bolígrafo y abrió el cuaderno por la página donde había escrito la entrada anterior — martes, café con Marcus, el almacén, la lista — y la miró. Pasó a una página nueva.

Escribió: Sábado — encontré la lista otra vez. Ahora ocho entradas. Cinco antes.

Miró lo que había escrito.

Escribió: No recuerdo haber escrito las nuevas.

Miró aquello.

Cerró el cuaderno. Lo metió en el cajón de la mesa en lugar de dejarlo en la superficie, lo cual era un cambio que no podía justificar del todo.

Se quedó de pie ante la mesa con la mano sobre el cajón cerrado y pensó en Thomas, al que aparentemente había mandado un mensaje, cuyo número no estaba seguro siquiera de tener.

Fue a la cocina e hizo café y se quedó de pie frente a la ventana.

La mañana de junio era cálida y luminosa, la calle fuera se sentía bulliciosa con la energía típica que la gente tiene los sábados cuando sienten que tienen todo el día por delante y están decidiendo qué hacer con él.

Los miró y se bebió el café. Pensó en la lista y en Marcus encontrando la película y en el día equivocado escrito con su letra.

Pensó en el lunes.

Pensó: el lunes Marcus aún no había encontrado la película. El lunes la película no existía en ninguna de nuestras vidas. Y sin embargo allí estaba, con mi letra, con la fecha del lunes, describiendo algo que no había sucedido hasta el jueves.

Se quedó de pie en la ventana mientras miraba la calle. El café estaba bueno y la mañana se sentía cálida. El pensamiento se asentó en su mente de la manera en que lo hacía algo a lo que no iba a mirar directamente, situándose en el borde de su visión.

Miró la calle.

No lo miró directamente.

Aquella noche la figura estuvo a los pies de su cama.

No en el umbral. A los pies de la cama, dentro de la habitación, más cerca de lo que había estado nunca durante las horas nocturnas. Daniel se despertó a las tres y allí estaba —la altura, el abrigo, el sombrero, el bastón— y la habitación estaba muy quieta y ninguno de los dos se movió.

No respiraba.

Lo miraba desde debajo del ala de su sombrero con la cara que él no iba a mirar, y Daniel devolvió la mirada al espacio aproximado donde estaba su cara y pensó: nos estamos quedando sin espacio.

—Lo sé —le dijo a la habitación—. Sé que sí.

La figura estaba a los pies de la cama y no respiraba y Daniel se incorporó contra el cabecero, se llevó las rodillas al pecho y se miraron a través de la oscuridad.

Y entonces —muy en voz baja, en la voz que era al mismo tiempo la voz de Edmund y también otra cosa, algo que había aprendido a hacer la voz de Edmund y estaba usando— dijo:

Se acerca la hora.

Cuatro palabras. No una amenaza. No una acusación. Simplemente un hecho, expresado de la manera concreta en que Edmund expresaba hechos, como si la verdad fuera una cosa que pudiera arrojarse y esperarse a que aterrizara.

La voz sonaba diferente, sin embargo. Daniel se dio cuenta.

Llevaba tres años escuchando aquella voz y la había estado llamando la voz de Edmund y, en algún nivel que no había registrado previamente, nunca había sido del todo la voz de Edmund.

La voz de Edmund había sido baja y cuidadosa y había elegido sus palabras de una en una.

La voz del dormitorio ahora también estaba eligiendo sus palabras cuidadosamente —había el mismo cuidado, el mismo racionamiento del lenguaje— pero la voz en sí tenía un timbre distinto, ligeramente más suave, ligeramente más fino, con algo al fondo de ella que la voz de un hombre no habría producido.

Llevaba tres años oyendo aquello. Llevaba oyéndolo y asignándoselo a Edmund porque era la única persona a la que se había permitido tener miedo, y la arquitectura de su miedo había requerido un arquitecto particular.

La imprecisión en la voz no era una nueva.

Era una imprecisión que había estado allí todo el tiempo, y Daniel, sentado ahora con las rodillas contra el pecho, fue plenamente consciente de la misa y de la cantidad de tiempo que llevaba ocurriendo y comprendió, sin permitirse aún actuar, lo que significaba.

Daniel se quedó sentado con la espalda contra el cabecero y las rodillas contra el pecho y miró los pies de la cama donde la figura estaba y no estaba al mismo tiempo.

—Aún no —dijo.

La habitación estaba en silencio.

La figura se había ido.

Daniel se quedó sentado en la oscuridad muchísimo tiempo, y la noche de junio era cálida fuera de su ventana, y en algún sitio del piso la lista estaba en el cajón, y en alguna habitación del piso de al lado Marcus estaba dormido, o haciendo lo que Marcus hacía cuando Daniel no estaba allí para verlo, y Daniel se quedó sentado con la espalda contra el cabecero y pensó en se acerca la hora y en lo que significaba y en si estaba listo para descubrirlo.

No estaba listo.

Se quedó sentado en la oscuridad sabiendo que no estaba listo y la noche se movía a su alrededor y al final, sin que él notara la transición, se quedó dormido.