La Culpa CAPÍTULO DIECISÉIS
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CAPÍTULO DIECISÉIS

No

La casa olía igual.

Aquello fue lo primero que notó Daniel al entrar por la puerta principal el veintitrés de diciembre con la bolsa al hombro y cuatro meses de universidad a sus espaldas —el olor peculiar de la casa, sin cambios, como si los meses fuera no hubieran sucedido, como si simplemente hubiera salido aquella mañana de septiembre y volviera a entrar ahora y nada de lo que había pasado entremedias fuera real.

Había tenido miedo de que llegara aquel momento.

El camino a casa tenía gravedad propia —una vuelta hacia las viejas costumbres, las viejas posturas, la coreografía cuidadosa de existir en la casa de Edmund.

Lo había sentido en el tren, cuanto más se acercaba, más recordaba su cuerpo cosas que su mente había estado trabajando para olvidar.

Su madre estaba en el recibidor, y lo abrazó durante mucho tiempo.

—Déjame mirarte —dijo, dando un paso atrás, sosteniéndole la cara entre las manos del modo en que lo había hecho desde que era pequeño. Lo miró. Algo cruzó por su cara —algo que era casi alivio, o casi pena, no podía decir cuál de las dos—. Tienes buen aspecto —dijo—. Estás distinto.

—¿Distinto cómo?

Sonrió.

—Más alto —dijo, lo que no era exactamente lo que quería decir.

Edmund estaba en el salón.

Se levantó cuando Daniel entró —una formalidad que era nueva, o que Daniel veía de otra manera ahora después de cuatro meses de tratar con otras personas, de habitar en otras habitaciones, de vivir otras formas de ponerse de pie cuando alguien entraba.

Edmund lo miró con la expresión calculada, y Daniel le devolvió la mirada, y por un momento la habitación los sostuvo a los dos en la geometría antigua —el hombre grande y el chico que había aprendido a hacerse pequeño.

Solo que Daniel ya no era pequeño. No había sido pequeño durante dos años, y en la universidad había empezado, de manera incremental, a creérselo.

—Daniel —dijo Edmund.

—Edmund —dijo Daniel.

Su madre se movía entre los dos con la eficacia de alguien que está gestionando un espacio —ofreciendo té, preguntando por el viaje, llenando el aire con el desarrollo de una conversación que mantenía las cosas en la superficie, sin profundizar demasiado.

Edmund se volvió a sentar. Daniel se sentó en el sillón que había sido de su padre y miró la habitación que era la misma habitación que siempre había sido y pensó: dos semanas. Puedo aguantar dos semanas.

Los primeros días fueron la versión-Edmund-de-vacaciones —calidez mesurada, atención considerada, la representación edulcorada de una familia en Navidad.

Su madre cocinaba. Edmund descorchaba vino.

Veían la televisión por las tardes, los tres juntos, la imagen idealizada de una familia feliz.

Los vecinos pasaban. Llegaban tarjetas al buzón.

El árbol del rincón parpadeaba con sus luces encendiéndose y apagándose al ritmo paciente de algo que llevaba haciendo aquello durante años y no iba a parar de hacerlo.

Daniel se movía por la casa con cuidado.

Era consciente de que Edmund lo observaba.

La expresión contenida, más frecuente ahora, recalibrando.

Como si los cuatro meses fuera hubieran introducido una variable que requiriera una nueva evaluación.

Daniel sentía que estaba siendo evaluado e intentaba no dar muchas pistas acerca de su nuevo yo , lo cual sentía que Edmund percibía mientras hacía anotaciones mentales.

En Nochebuena su madre fue a casa de su hermana por la tarde —una tradición anual, unas horas en las que podía ser ella misma en una situación que no requería de ninguna representación forzada.

Edmund la llevó. Daniel estuvo solo en la casa durante dos horas y se sentó en la cocina, se tomó un té, miró al jardín y sintió ese alivio propio de un cuerpo que ha estado tenso y al que se le permite brevemente relajarse.

Edmund volvió solo.

Daniel oyó el coche, la puerta principal, los zapatos sobre el suelo del recibidor. Se sentó a la mesa de la cocina con las manos alrededor de la taza y escuchó los pasos e hizo lo que siempre había hecho —leer la gramática, evaluar la textura del aire.

No había tenido la intención de hacer eso nunca más.

Se había dicho a sí mismo, en los cuatro meses que había pasado en la universidad —que la lectura cuidadosa de las habitaciones era una costumbre que había dejado en la casa, que su sistema nervioso había sido reseteado por la distancia y el tiempo y la compañía de personas que no la requerían.

Pero el cuerpo tenía otras intenciones. El cuerpo, al oír los zapatos sobre el suelo del recibidor, volvió a los viejos hábitos antes de que la mente pudiera intervenir.

Tres pasos de los zapatos sobre las baldosas.

La pausa en el perchero. El modo en que las llaves fueron colocadas sobre la mesa pequeña del recibidor —no soltadas, posadas— y el pequeño suspiro que siguió, audible desde la cocina, que significaba que Edmund había tenido tiempo durante el trayecto en coche a casa de pensar su siguiente movimiento y estaba listo para ejecutarlo.

El cuerpo leyó todo aquello en el tiempo que tardó en respirar una sola vez.

Edmund entró en la cocina.

Se quedó de pie en el umbral un momento, mirando a Daniel.

La expresión contenida, evaluando la situación.

Después entró y se sentó a la mesa frente a Daniel, del modo en que se había sentado frente a él cientos de veces, y la cocina estaba en silencio a su alrededor y la luz de diciembre era baja y gris a través de la ventana.

Daniel lo miró.

—Me alegro de tenerte en casa —dijo Edmund.

—Me alegro de estar en casa —dijo Daniel, lo cual no era verdad pero era la respuesta esperada.

Edmund lo miró con firmeza.

—La universidad te sienta bien —dijo—. Pareces… más asentado. Con confianza en ti mismo.

—Lo estoy —dijo Daniel.

—Bien. —Edmund asintió despacio. Estuvo callado un momento. Después—: Te he echado de menos.

Las palabras llegaron a la cocina con esa cualidad concreta de las afirmaciones más peligrosas de Edmund —entregadas sin más, sin decoración, en el tono en que se habla de un hecho, no una opinión.

No interpretadas. Honestas, incluso, en el modo en que Edmund era honesto con respecto a las cosas que quería.

Lo cual siempre había sido una de las cosas más difíciles de comprender.

Daniel no dijo nada.

Edmund lo miró desde el otro lado de la mesa.

Algo se desplazó en la expresión calculada y medida —una decisión que se estaba tomando, una conclusión a la que se estaba llegando.

Daniel lo sintió venir del modo en que siempre había sentido las cosas venir con Edmund, en el cuerpo antes que en la mente, el zumbido tenue de alerta.

Edmund se puso de pie.

Daniel se puso de pie.

No supo, hasta que estuvo en pie, que había tomado una decisión. Esta le llegó de manera instantánea, del modo en que ciertas decisiones llegan —no razonadas sino simplemente presentes, sólidas, irrevocables. Estaba de pie antes de haber elegido ponerse de pie.

Edmund se quedó quieto.

—No —dijo Daniel.

Una palabra. En la cocina silenciosa de Nochebuena con la luz de diciembre yéndose, su madre en casa de su hermana y el árbol parpadeando en el salón.

Una palabra en una voz que no temblaba, que no había sabido que tenía hasta que le salió, que era simplemente su voz, la voz de un hombre de veinte años que había pasado cuatro meses siendo una persona y que no iba a volver atrás.

Edmund lo miró.

—No —dijo Daniel otra vez—. Esto se acabó. Se acabó desde que me fui y se acabó antes de eso y tú sabías que se había acabado. Está decidido.

La cocina estaba muy silenciosa.

La cara de Edmund estaba haciendo algo que Daniel nunca le había visto hacer. La expresión contenida se había ido. Por debajo había otra cosa —algo que era casi sorpresa, casi rabia, y algo por debajo de las dos que Daniel no podía nombrar y no quería nombrar.

Hubo un momento —quizá medio segundo, quizá una fracción de segundo— en que Daniel vio el futuro de lo que sucedería si lo dejaba que ocurriera.

La conversación continuaría. Edmund se compondría y hablaría, y su voz llegaría baja y controlada y un poco apenada, y las palabras que había seleccionado aterrizarían donde las palabras siempre aterrizaban en Daniel, en esos lugares privados y escondidos, y la arquitectura de los catorce años se reensamblaría en torno al chico que había dicho no, y el chico que había dicho no, después de una discusión más larga o más corta, estaría de acuerdo en que no no había sido realmente la palabra adecuada, que había hablado precipitadamente, que estaba cansado, que el viaje había sido largo y que todo había sido un malentendido, y Edmund aceptaría el acuerdo con elegancia, y la cocina se asentaría de vuelta a su estado habitual, y el resto de la vida de Daniel sería la vida que Edmund había estado diseñando cuidadosamente para él desde que tenía ocho años.

Daniel vio todo aquello en el medio segundo.

Miró a Edmund y no dejó que ocurriera.

—Daniel… —empezó Edmund.

—No —dijo Daniel—. No voy a hacerlo. Ni hoy. Ni mañana. Ni nunca más.

Cogió su taza de la mesa. Caminó hasta el fregadero y la metió. Se quedó de pie delante del fregadero de espaldas a Edmund y miró al jardín, gris y quieto en esa tarde de diciembre, y esperó.

Oyó a Edmund detrás de él. La textura concreta de su silencio —evaluando, recalculando. La pausa larga de un hombre acostumbrado a saber siempre qué decir y al que, por una vez, se le han acabado las palabras.

Después los pasos. Fuera de la cocina. En el recibidor. Escaleras arriba.

Daniel se quedó de pie delante del fregadero, siguió mirando al jardín con sus manos cerradas en un puño y el corazón le iba muy deprisa y pensó: ahí está. Esta hecho.

El resto de la Navidad fue difícil de una manera diferente.

Edmund no le hablaba a Daniel a menos que Daniel le hablara primero, y cuando hablaba era con una cortesía precisa, quirúrgica, que era peor en cierto modo que la vieja crueldad —la crueldad de un hombre que retira algo que no sabías que aún querías, que era simplemente ser reconocido.

Su madre lo sentía, Daniel podía verlo —la tensión se palpaba en el ambiente cuando se sentaban juntos a la mesa, el aire en las comidas adquirió una textura diferente y ella se movía por aquella situación sobreactuando, como si al subir el volumen pudiera compensar la atmósfera.

No le preguntó a Daniel qué había pasado.

Él no se lo dijo.

La última tarde antes de irse, ella se quedó de pie a su lado en la cocina otra vez —el mismo fregadero, las mismas posiciones— y le pasó platos para que los secara sin hablar. El mismo ritual. El mismo silencio.

Le pasó un plato y dijo, muy en voz baja:

—Vas a estar bien, ¿sabes?

Él cogió el plato. Lo secó. Pensó en lo que ella estaba diciendo y en lo que ella no estaba diciendo y en el hueco entre ambas cosas, que era el mismo hueco que siempre había existido y que ninguno de los dos sabía cómo cerrar.

—Lo sé —dijo.

Ella le pasó otro plato.

Al otro lado de la ventana de la cocina la tarde de diciembre estaba oscura, fría y ordinaria. Dentro de la casa el árbol parpadeaba en el salón y Edmund se sentaba en algún lugar y la casa contenía la respiración del modo en que siempre lo había hecho, del modo en que siempre lo haría.

Daniel secó el último plato y lo metió en el armario.

Volvió a la universidad a la mañana siguiente.

No miró atrás.