1. Sencillo
La ciudad es mona, más grande que Zamora; la gente, a pesar de la melancolía que desprende, es muy amable. Las ciudades costeras siempre son más abiertas y, acostumbrada a Castilla, los gallegos me parecen las personas más cariñosas y cercanas del mundo.
—¡Qué buena pinta! —exclamó Esteban al ver la lubina sobre la mesa.
El pulpo había sido espectacular y los chicos habían saboreado los calamares y la tortilla de patata.
—Me voy a poner como un botijo —dijo Esteban, y yo le tomé de la mano.
No me había quitado las gafas de sol y veía el mundo con ese filtro mágico que te permite ver sin ser visto.
—No seas exagerado, corres todos los días doce kilómetros, vas al gimnasio y pareces diez años más joven.
Mi marido sonrió. ¡Mi marido! Qué bien suena. Todavía no me he acostumbrado, a pesar de llevar varios meses casados.
—En Zamora era la carne; aquí, el pescado. Lo malo es que me gusta demasiado la comida.
Esteban y yo, en eso, no nos parecemos. Él disfruta de todo, yo me agobio. Él es expansivo, abierto y confiado; yo soy más tímida, prefiero la soledad y no me fío de nadie. He vivido tantas malas experiencias.
Sentí una mano en la espalda y me puse tiesa como un gato.
—¿Qué hacéis aquí, parejita?
Me giré y vi la sonrisa de Armonía bajo sus gafas de sol estilo aviador. Nos habíamos hecho muy amigas desde el principio. Ella era mayor que yo. Sus hijos estudiaban en Santiago; su marido era un hombre sencillo y bonachón que siempre la obedecía en todo.
—¡Jorge, trae dos sillas!
El hombre se acercó a la mesa de al lado, preguntó si estaban libres y las colocó junto a nosotros.
—Me encanta escaparme del pueblo de vez en cuando. Estoy muy a gusto desde que vinimos de Madrid, pero que todo el mundo se entere de tu vida, a veces, agobia un poco.
—No es para tanto —le contesté.
Comparado con Zamora, aquel pueblo me parecía mucho más discreto. A los gallegos no les gusta mucho meterse en la vida de los demás.
—No te creas, algunas de las mujeres mayores no tienen otra cosa que hacer que cotillear todo el día —insistí.
Armonía se echó a reír.
—¿Te refieres a las meigas?
—¿Las meigas?
—Las brujas, como se decía antes. Elvira es un mal bicho, siempre te mira frunciendo el ceño, como si quisiera echarte mal de ojo.
Dicen que la pobre tuvo un novio, pero murió en la mili, en África, creo.
Se quedó soltera y desde entonces ha vivido como una solterona.
La gente dice que conoce los secretos de todos los vecinos y que, si ella contara lo que sabe, muchos matrimonios se separarían, algunos padres repudiarían a sus hijos y se liaría la marimorena.
Esteban tomó la copa de albariño y cogió unas aceitunas.
—No creo en todas esas historias de viejas y cuentos de hadas. La pobre mujer lo único que tiene es años. No quiero imaginar cómo seremos a su edad.
—No te creas. Amalia, la anciana que ayuda en la iglesia, me ha contado que Elvira hace sacrificios de animales, que tiene un altar escondido en el bosque y que, si le caes mal, te echa un maleficio.
No pude evitar sentir un escalofrío al escuchar esas palabras. No era una mujer supersticiosa, pero no quería imaginar el invierno en nuestra casa de piedra, donde chirriaba todo, mientras Esteban estaba en uno de sus viajes.
Los chicos jugaban en un parque justo enfrente, pero cuando miré de nuevo no vi a Sofía.
—¿Dónde está Sofía? —pregunté mientras me levantaba de la silla.
Todos se alarmaron y me siguieron corriendo hasta el parquecillo.
Agarré del hombro a Alberto. Era el mayor y tenía que saber dónde estaba su hermana.
—¿Dónde está Sofía?
El niño me miró asustado. Me giré hacia Lucas, que me señaló un callejón estrecho y se echó a llorar.
—Le dije que no fuera con la señora.
—¿Qué señora?
El pequeño se encogió de hombros, pero no esperé a que comenzara a llorar. A pesar de los zapatos de tacón y el vestido veraniego, ya estaba corriendo por el suelo adoquinado.
Esteban me adelantó y me tapó la vista con su espalda ancha. Se dio la vuelta y vi que la niña tenía la cara sucia, llena de lágrimas, pero estaba a salvo.
—¿Dónde te habías metido? —le preguntó el padre.
—La mujer de negro me dijo que quería darme unas chuches.
Abracé a Sofía y, tras limpiarle la cara con saliva, intenté sonsacarla sin que se asustase.
—¿Qué mujer de negro? ¿Por qué te has ido con ella?
—Ella siempre me llama. Dice que quiere que me vaya con ella.
Las palabras de la niña me dejaron temblando a pesar del calor pegajoso de la ciudad.
Le pedí a Esteban que nos fuéramos a casa y no pude quitármelas de la cabeza durante semanas.
¿Quién era esa maldita mujer de negro? Puede que solo fuera fruto de la imaginación de Sofía, que siempre había tenido mucha, pero llevaba tanto tiempo huyendo y viviendo con temor que, de alguna forma, creía que una maldición se cernía sobre mí y que el pasado regresaba para torturarme y arrebatarme la felicidad.