La cuidadora y la mujer de negro (La Cuidadora 4)
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PRÓLOGO
PRÓLOGO
Miré por la ventana y observé la felicidad.
Siempre había deseado casarme, formar una familia, cuidar a mis hijos y dejar que los días pasaran mansamente, sin prisa y sin sobresaltos.
Llevaba toda la vida huyendo, sobre todo de mí misma y de mi pasado.
Ya no era la adolescente a la que todo el mundo acusaba de la muerte de mis padres ni tampoco la fugitiva que escapaba de un mundo que no la aceptaba.
Toqué las cortinas de lino y olfateé el suavizante. Aquella era mi casa, mi vida, y ya no tenía que vivir en casa de nadie. Se habían acabado los secretos, las mentiras y el miedo.
Esteban tiene que viajar mucho por su trabajo y paso la mayor parte del tiempo con los niños. ¡Qué locura! Ahora soy madre de familia numerosa.
Alberto es el más arisco. Me recuerda mucho a su madre y es normal. A veces siento que me culpa a mí de su muerte. Lucas está en una edad preciosa y parece enamorado de mí. Y mi princesa, Sofía, es una muñequita.
El verano ha terminado y los días soleados, los baños en el río y la novedad del pueblo, pequeño pero suficiente para ser felices, están dejando paso al otoño.
El otoño no es mi época favorita del año.
Siempre recuerdo la muerte de mis padres y paso los meses entre septiembre y noviembre con un nudo en el estómago, con la ansiedad revoleteando como una mariposa gigante y negra en mi interior.
Pero entonces me asomo a la ventana de esta casa que da al río, en lo alto del pueblo, muy cerca de los hórreos, y recuerdo lo afortunada que soy.
Tres meses de reformas, un mes de recuperación del jardín y aún quedan cientos de detalles, pero ahora es mi hogar.
Las hortensias ya han muerto, pero las camelias están en su esplendor. Los pensamientos en las ventanas y ese color rojizo y amarillento de los árboles me reconcilian conmigo misma. Jamás pensé que me iba a gustar tanto la jardinería.
Estaba mirando de nuevo por la ventana cuando vi a una anciana avanzando por el sendero, bajo las higueras. De repente, se paró en seco y, como si supiera que la observaba, giró la cabeza. Noté sus ojos negros de gato sobre los míos.
—Es imposible que me vea a esta distancia —susurré, como si quisiera, de alguna manera, ahogar el miedo que sentía.
Noté unas gotas de sudor corriéndome por la frente, cerré la cortina y me abracé, como si una corriente repentina me hubiera helado la sangre.
No me gustaba esa mujer de negro. No le gustaba a nadie, solo a su viejo perro, Dog.
Dejé de pensar en ella cuando recordé que el albañil no había llegado para acondicionar el cobertizo. Esteban quería instalar allí su despacho y yo, un taller para mi cerámica.
Los chicos estaban en la escuela; Esteban, de viaje, como siempre, y yo tenía que hacerme cargo de todo.
Llamé por teléfono, pero, como siempre, no contestó.
Me fui a la cocina a preparar unas lentejas.
Los chicos las odiaban, pero tenían mucho hierro.
Los huevos duros con mayonesa compensarían, en parte, su decepción.
Era más difícil ser una «falsa madre», porque cada cosa que hacía o dejaba de hacer era juzgada por los tres pequeños.
A veces tenía la sensación de que jamás conseguiría que me vieran como a Clara y eso me pesaba en el corazón. Puse música y me dispuse a hacer la comida, intentando quitarme a la mujer de negro de la cabeza, aunque siempre estaba en el fondo de mi mente, acechando entre las sombras.