Capítulo 18 – La carta
La habitación subterránea permanecía sumida en un profundo silencio mientras Isabella sostenía la carta entre sus manos temblorosas.
La tenue luz de la lámpara que colgaba del techo iluminaba el papel viejo, arrugado y manchado por el tiempo.
La escritura era irregular, torcida, como si la hubiera escrito alguien desesperado o alguien que apenas podía sostener el lápiz al escribir.
Algunas palabras eran casi ilegibles, otras parecían superponerse, formando líneas desordenadas.
Aun así, Isabella comenzó lentamente a descifrar cada frase.
Mientras leía, sentía que el corazón se le encogía.
La carta comenzaba con una clara advertencia: quien encontrara ese papel debía tener mucho cuidado.
Ya en las primeras líneas, el autor explicaba que no eran los hijos de esa pareja.
Relataba que todo había comenzado durante un viaje en el que sus padres conocieron a Andrew y Eleanor.
Según la carta, parecían personas educadas, amables y extremadamente generosas.
Durante ese viaje, conversaron extensamente con sus padres sobre inversiones, una cuantiosa herencia familiar y la maravillosa casa que poseían en las colinas escocesas.
Comentaron que disfrutaban recibiendo a gente interesante y que a veces invitaban a amigos a pasar unos días en la propiedad para relajarse y hablar de negocios.
Así surgió la invitación. El autor de la carta explicaba que, durante ese mismo viaje, también habían conocido a otra pareja con dos hijos.
Poco a poco, todos empezaron a conversar y parecía que se estaba forjando una amistad natural.
Andrew sugirió entonces que pasaran unos días en su casa de las colinas.
Dijo que sería una excelente oportunidad para relajarse y disfrutar de la naturaleza antes de continuar su viaje.
Los padres aceptaron la invitación, creyendo que sería una visita tranquila.
Al llegar a la casa, notaron algo extraño.
Había dos niños que ya estaban allí y que habían viajado con Andrew y Eleanor anteriormente.
Los niños parecían asustados y hablaban muy poco.
Andrew les dijo que eran sus hijos y que simplemente eran tímidos.
Durante los primeros días, todo parecía normal, pero al segundo día algo empezó a cambiar.
La carta decía que Andrew comenzó a mirar fijamente a su hermana.
Las miradas eran demasiado insistentes, y sus padres empezaron a sentirse incómodos.
Durante la cena de esa noche, los padres decidieron inventar una excusa para irse.
Dijeron que habían recibido un mensaje urgente y que debían marcharse a la mañana siguiente. Pero nunca lograron salir de esa casa. La carta describía con detalle el momento en que todo sucedió. Cuando los padres subían al coche para irse, Andrew apareció
armado. Disparó primero a su padre y luego a su madre. Las palabras eran temblorosas en ese pasaje, como si el autor estuviera reviviendo el momento mientras lo plasmaba en papel. Después de los disparos, Andrew abrió la puerta del coche y sacó a los dos niños.
Los llevaron dentro de la casa y los encerraron en el ático.
Allí encontraron a los otros dos niños que habían visto durante el viaje.
La carta decía que esos niños se quedaron allí unos días, pero luego desaparecieron.
Nunca más se les volvió a ver. El autor escribió que, a partir de ese momento, él y su hermana fueron manipulados por la pareja.
Andrew y Eleanor los obligaron a fingir que eran sus hijos.
Cada vez que llegaban visitas a la casa, debían sonreír, aparentar felicidad y comportarse como una familia normal.
Una pareja adinerada con hijos nunca despertaba sospechas.
Era más fácil convencer a gente adinerada de que visitara la casa cuando parecía que allí vivía una familia feliz.
Los niños servían de cebo para atraer a visitantes millonarios.
La carta explicaba que, si desobedecían, serían castigados.
Los encerraban en el ático, los dejaban sin comida durante días y los amenazaban constantemente.
La escritura se volvía cada vez más temblorosa a medida que el autor relataba lo sucedido en aquel lugar.
Decía que una vez a la semana, Andrew subía al ático.
Las palabras en este pasaje eran confusas, casi ilegibles, pero Isabella logró comprender su significado. Andrew abusaba de ambos.
Mientras tanto, Eleanor estaba abajo, completamente fuera de control.
La carta decía que gritaba como si estuviera loca, diciendo que iba a matar a los niños, que Andrew la estaba traicionando y que era culpa de ellos.
Los gritos eran de celos, ira y locura. Los niños escribieron que oyeron muchas conversaciones entre Andrew y Eleanor durante la madrugada.
Discusiones sobre visitas, sobre dinero y sobre qué hacer cuando alguien empezara a sospechar demasiado de lo que ocurría en aquella casa.
La escritura al final de la carta se volvió aún más desordenada, como si quien la escribía temiera ser interrumpido en cualquier momento.
La última frase era casi ilegible, pero Isabella logró entenderla.
Decía que si alguien encontraba esa carta, debía huir de aquella casa, porque aquel lugar no era una casa.
Era un infierno oculto en las colinas. Cuando Isabella terminó de leer, permaneció inmóvil durante unos segundos, sintiendo cómo todo su cuerpo se paralizaba.
A su alrededor estaban las maletas, la ropa, las joyas y las fotografías de personas que habían entrado en aquella casa creyendo estar a salvo y que nunca regresaron.
Ahora, en sus manos, estaba la prueba de que todo lo que sospechaba era cierto.
Aquella casa escondía un terror que parecía mucho peor que cualquier pesadilla que pudiera imaginar.