La Corriente Oculta (La Daga y el Río 2) Coda La corriente oculta
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Coda La corriente oculta

Capítulo XXIII

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El río llegó al mar aquella noche convertido en otra cosa.

Sunniva lo oyó antes de verlo. Un rugido grave, hondo, que no era el del mar ni el de la lluvia, que venía de tierra adentro, del este, creciendo en la oscuridad como crece el galope de una tropa antes de que se distingan los caballos.

Salió a la puerta de la casa de piedra, con Wren agarrada a sus faldas, y a la luz de los relámpagos vio bajar por el estuario, contra la marea, una masa de agua que no se parecía a nada que hubiera visto en su vida junto a ningún río ni a ningún mar.

El tapón, muy arriba, en un recodo que ella no conocería jamás, había reventado por fin.

Y todo el invierno de agua que había estado juntando se venía abajo de una vez, arrastrando el valle entero: árboles, tejados, carretas, corrales, la vida entera de gentes que Sunniva nunca vería con vida.

El río, que ella había visto morir manso en su puerta cada día durante siete años, bajaba ahora hinchado, negro, monstruoso, desbordando las marismas, tragándose los bancos de arena, empujando el mar hacia atrás con una furia que hacía temblar la tierra bajo los pies.

—Adentro —le dijo a Wren, empujándola hacia la casa—. Sube a la loma de atrás. A la duna alta. Y no bajes hasta que yo te lo diga. ¡Corre!

La niña corrió. Y Sunniva se quedó en la punta, sola, viendo llegar el diluvio a su orilla, sabiendo ya, con la certeza vieja de las mujeres de mar, lo que aquella agua le iba a traer antes de que amaneciera.

Se lo había dicho aquella misma mañana, sin saber cuánta razón tenía: hoy el río nos trae trabajo.

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Empezaron a llegar con la marea de la madrugada.

Primero fueron las cosas. Los troncos, ya lo sabía; pero también lo demás, lo que el agua arranca de las vidas cuando se las lleva: una puerta pintada, una cuna, una rueca, un zueco de niño, un cesto de flores deshecho, cien objetos rotos que habían sido, horas antes, el interior tibio de alguna casa río arriba.

La corriente los depositaba en su orilla con la paciencia terrible de siempre, como si nada de aquello pesara, como si no fuera cada uno el resto de un mundo entero.

Y luego llegaron ellos.

Sunniva lo había hecho otras veces —enterrar a los ahogados que el río le dejaba—, pero nunca así.

Nunca tantos. Aquella noche el río no le trajo uno, ni dos: le trajo una aldea.

Los sacaba del agua como podía, uno tras otro, arrastrándolos hasta la arena alta para que la marea no volviera a llevárselos, y los tendía en fila en la duna, boca arriba, y les cerraba los ojos cuando aún tenían párpados que cerrar, y no lloraba, porque las lágrimas no caben cuando las manos tienen tanto que hacer.

Un hombre viejo. Una mujer joven con las manos aún cerradas sobre un fardo que ya no llevaba nada.

Otro hombre. Y niños. También niños. Porque el río no elige, y la muerte por agua se lleva a los pequeños igual que a los grandes, y a veces antes.

Cada niño que sacaba era, un poco, Ari otra vez.

Ya lo sabía. Era la penitencia de siempre, la de haber elegido seguir recibiendo a los muertos: revivir su pérdida en cada pérdida ajena.

Solo que aquella noche la penitencia era mil veces mayor, y hubo un momento, hacia lo más negro de la madrugada, arrodillada en el barro con el cuerpo de una niña que no conocía entre los brazos, en que Sunniva alzó la cara a la lluvia y le gritó al cielo, o al río, o a los dioses viejos de su madre, una sola pregunta sin respuesta:

—¿Por qué a mí? ¿Por qué me los traes a mí? ¿No tuve bastante con el mío?

El cielo no contestó. El río tampoco. Solo siguió bajando, y trayendo, y dejando en su orilla lo que se había llevado más arriba, indiferente, eterno, sin rencor y sin piedad, haciendo lo único que sabe hacer un río: bajar, y entregar al mar todo lo que encuentra por el camino.

Un relámpago de los grandes encendió el estuario entero, y del lado de la isla, en el canal, Sunniva vio un instante otra figura en el agua.

Era la mole inconfundible del hombre de los cormoranes, metido hasta los muslos en la corriente desbocada, peleando por sacar sus nasas antes de que el río se las llevara.

La oscuridad se lo tragó con el trueno; el relámpago siguiente volvió a ponerlo en su sitio, doblado sobre el agua loca, tirando de lo suyo.

No dio señal de verla; bastante guerra tenía con la suya.

Ella tampoco lo llamó. Tampoco se habrían saludado con buen tiempo.

Cada cual le peleaba a la corriente lo que le tocaba: él, sus nasas; ella, sus muertos.

Pero a Sunniva, sin saber por qué, le alivió saberlo allí. Que en aquella noche sin fondo hubiera, en el filo del mundo, otro par de manos trabajando bajo la misma lluvia. Aunque no fueran manos para ella. Aunque no se acercaran nunca.

Y Sunniva, porque era lo único que sabía hacer ella, siguió recibiéndolos.

De uno en uno. Toda la noche. La mujer que había jurado no volver a querer, arrodillada en el barro, cuidando con una ternura infinita de los muertos de otros, porque alguien tenía que recibirlos, porque el mar se lleva a la gente sin preguntar y lo justo es que a la gente, al menos, la reciba alguien.

Nadie fue a ayudarla. Nadie sabía siquiera que estaba allí. Río arriba, en la ciudad, otros buscaban entre las mismas aguas a los suyos, con antorchas y barcazas y perros, pero buscaban por el lado del puerto, por donde bajaba el cauce hacia la bahía.

Así ocurría siempre tras una gran riada.

Los vivos buscaban a los suyos donde tenía sentido buscarlos: en el cauce conocido, en las orillas por donde pasaba la gente, en los remansos donde el río solía dejar lo que arrastraba.

Peinaban lo que podían con las pocas fuerzas que les quedaban después de perderlo todo, y a los que no aparecían los daban por perdidos, se los encomendaban a Dios y seguían, porque los vivos no tienen tiempo de buscar eternamente a los muertos.

Nadie tenía un mapa de dónde va a parar cada cosa que se lleva una inundación; nadie sabía que existe siempre, en toda desembocadura, un filo apartado adonde la corriente arrastra, sin lógica ni testigos, una parte de lo que se traga más arriba.

La punta de Sunniva era uno de esos filos.

Quedaba fuera del mundo, fuera de los caminos, fuera de las búsquedas, fuera de la cuenta de los vivos y de los muertos.

Lo que el río dejaba en aquella orilla no lo reclamaba nadie, porque nadie sabía que estaba allí para reclamarlo.

Y lo que una mujer sola, en un margen que el mundo entero había olvidado, recogiera del barro aquella madrugada, no iba a saberlo nunca, jamás, ni una sola persona río arriba.

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El día rompió gris y sin fuerzas sobre una orilla irreconocible.

La riada había pasado; el río, agotado su furia, empezaba a bajar, dejando el estuario cubierto de barro, de ramas, de restos, de una desolación silenciosa sobre la que graznaban ya los primeros cormoranes, bajando de su isla a hurgar en lo que el agua había traído.

Sunniva estaba rota. Llevaba toda la noche en el agua y en el barro, sin dormir, sin descansar, y le temblaban las manos y las piernas, y tenía la duna alta llena de una fila larga y terrible de cuerpos sin nombre a los que aún tendría que dar tierra, uno a uno, en los días que venían.

Se sentó un momento en la arena, incapaz de más, con el amanecer gris colándose por entre las nubes deshechas.

Wren bajó de la loma, en silencio, y se sentó a su lado, y le tomó la mano, y esta vez Sunniva se la dejó tomar, porque estaba demasiado cansada para seguir guardándose el corazón, y porque después de una noche así los juramentos pesan menos que la mano tibia de una niña viva.

Se quedaron las dos así, calladas, mirando el estuario devastado, mientras la marea empezaba a retirarse.

Y fue entonces, cuando el agua bajaba y descubría los bancos de arena limpios de barro, cuando Sunniva lo vio.

Al filo del agua, más lejos que los otros, más allá de la fila de los muertos, allí donde la última lengua de la marea lamía la arena antes de retirarse, la corriente había dejado algo.

Un bulto pequeño. Apartado de todo, como si el río, después de repartir su carga terrible a lo largo de toda la orilla, hubiera guardado aquel para el final, para dejarlo con cuidado, casi con delicadeza, justo en el borde, justo cuando amanecía, justo donde ella pudiera verlo.

Sunniva se puso en pie despacio, con el corazón golpeándole de una manera que no era la del cansancio.

Se ciñó la capa empapada, la de piel buena, la que una señora de manos rojas le había regalado en otra vida, diciéndole para que sigáis haciendo lo que hacéis, salvando a los de otros . Pesaba el doble, de agua. La había llevado puesta toda la noche, sobre todos los muertos.

—Quédate aquí —le dijo a Wren, sin saber por qué lo decía.

Y echó a andar hacia el bulto, sola, por la arena mojada, bajo la luz gris del amanecer, con el mar a un lado y la duna de los muertos al otro, hacia aquella cosa pequeña que la corriente le había dejado apartada de todas las demás.

Cada paso se le hizo eterno.

No sabía lo que era. No podía saberlo aún; estaba demasiado lejos, era demasiado pequeño, y la luz era demasiado pobre.

Podía ser cualquier cosa de las que baja un río: un fardo de ropa, un animal, una rama enredada con lino, uno más de los pobres restos sin nombre de aquella noche sin nombre. Podía ser eso. Seguramente era eso.

Pero mientras se acercaba, algo en el pecho de Sunniva —la misma parte que sabía leer el agua, la misma que se había roto en una loma del norte y se había ido remendando de mala manera junto a aquel mar— empezó a latir de una forma que no había latido en diez años.

No era esperanza; no se atrevía a llamarlo así.

Era algo más antiguo y más ciego. Era el pálpito animal de una madre a la que le arrancaron a su cría, y que, contra toda razón, contra todo lo aprendido, contra el juramento hecho en una encrucijada de lluvia, sintió de pronto, sin motivo, sin permiso, que aquel amanecer no era como los otros.

Llegó junto al bulto.

Se arrodilló en la arena mojada.

Y alargó una mano temblorosa hacia lo que la corriente le había dejado.

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Aquí, en la orilla, al alba, con una mujer arrodillada y una mano tendida sobre algo que el río acaba de dejar, se detiene esta historia.

No os diré qué encontró Sunniva aquella mañana en la arena.

No porque no lo sepa. Porque no es este el libro que debe contarlo.

Hay verdades que necesitan su tiempo, como el agua necesita su cauce, y esta —la más honda de todas, la que lo cambiará todo cuando por fin salga a la luz— pertenece a otra orilla, a otro amanecer, a una historia que aún no ha empezado a contarse.

Baste con lo que sí puedo deciros.

Que aquella noche, dos deudas antiguas se cobraron a la vez sobre las mismas gentes: la del agua, que reventó un tapón olvidado; y la de la sangre, que vació un puente por dentro.

Que la primera fue tan grande que escondió a la segunda, y que por eso el crimen de un hombre de ojos grises quedó enterrado bajo miles de muertos, y nadie contó jamás sus vigas huecas ni sus cuerdas deshilachadas.

Que aquel hombre, río arriba, se dispuso a heredar un reino con una mentira envuelta en barro; y que una niña que había nacido mirando despertó, más tarde, viva, en otra orilla, con una quemadura en el hombro y un nombre atragantado, para regresar muchos años después, con una hoja curva, a cobrar lo suyo.

Todo eso ya está contado. Es el día más largo. Es La Daga y el Río .

Lo que no está contado todavía —lo que ningún libro ha dicho aún— es qué dejó la corriente aquella madrugada, apartado de todo, en el filo exacto de la marea, para una mujer que había jurado no volver a querer; y qué hizo ella cuando alargó la mano hacia el bulto pequeño bajo la luz gris; y cómo aquello, guardado durante años en una orilla que nadie visita, volvería un día a poner del revés todo lo que aquella noche pareció quedar decidido para siempre.

Pero eso pertenece a otra orilla. A otro amanecer. A la última parte de esta historia, que aún no ha empezado a contarse.

Lo que se llevó una noche, el río lo devuelve otra.

Lo que la corriente oculta, un día lo saca a la luz.

Pero ese día aún no ha llegado.

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Ese día es otra historia.

FIN