La que nació mirando
Capítulo V
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Nació con la primavera, tal como Maerwynn había dicho, la noche en que el vado bajó crecido.
El deshielo había llegado tarde y de golpe aquel año.
Durante semanas, la nieve de las montañas del oeste se había ido soltando en hilos, luego en arroyos, luego en una sola voluntad de agua que descendía por el valle engordando el río hasta hacerle olvidar sus modales.
El vado —el manso vado de piedras planas por donde cruzaban los rebaños— había desaparecido bajo una corriente parda y rápida que arrastraba ramas, restos de nieve sucia y el rumor grave de las cosas que se mueven en lo hondo.
Los mayores decían que no era para preocuparse, que así bajaba el río algunas primaveras, que en unos días volvería a su cauce.
Y tenían razón. Pero Aethelwyn, tumbada en el jergón con el vientre endurecido por la primera contracción de verdad, oyó el bramido del agua a través de las paredes de barro y sintió, sin saber por qué, que su hija venía empujada por aquella misma fuerza.
La primavera era, en el fondo, la estación más temida.
No el invierno, con su frío honrado y sus despensas aún a medias: la primavera, cuando lo guardado en otoño se había ido gastando mes a mes y las nuevas cosechas no estaban ni sembradas, y entre lo uno y lo otro se abría un tiempo hambriento en que las familias contaban los últimos granos y los últimos días, rezando por que la tierra despertara antes de que ellos se apagaran.
Por eso el deshielo se recibía con una mezcla de alivio y de miedo: traía la vida —el agua, el verde, el ganado que volvía a las lomas—, pero la traía de golpe, crecida, y a veces se llevaba por delante lo que encontraba.
Los viejos leían el río como otros leen un rostro, y aquel año el río venía con demasiada prisa.
Que una criatura escogiera nacer justo esa noche, con el vado desbordado y el mundo entero volviendo a empezar, era la clase de cosa a la que la gente de Caerwyc daba importancia, aunque no siempre supiera decir cuál.
—Ya está aquí —dijo, y no era una pregunta.
Coenred, que llevaba dos días sin apartarse de ella más que para atender el fuego, se quedó blanco. Un hombre que había visto la guerra, que había cruzado el vado huyendo de cosas que no nombraba, palideció ante lo único que no sabía combatir.
—Voy a por Maerwynn —dijo, y salió a la noche antes de terminar la frase.
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La curandera vino sin prisa, como venía a todo.
Cruzó el umbral sacudiéndose la lluvia de la capa, dejó su cesta en el suelo, y lo primero que hizo no fue mirar a Aethelwyn, sino olfatear el aire de la casa como un animal, entrecerrando los ojos.
Asintió para sí, satisfecha de algo que solo ella entendió.
Luego mandó a Coenred fuera —«un padre dentro solo estorba y se desmaya»— y se remangó.
Un parto, en aquel mundo, era cosa de mujeres, y solo de mujeres.
Al hombre se le echaba fuera, no por desprecio, sino porque la habitación del parto se convertía en un territorio aparte, gobernado por leyes antiguas que ellos ni entendían ni tenían por qué: allí mandaba la comadrona, y en torno a ella se cerraba un círculo de vecinas y parientas —las que habían pasado por lo mismo— que sostenían, animaban, rezaban a la vez a la Virgen y a nombres más viejos, y guardaban después el secreto de lo que se había visto y dicho en aquellas horas.
Era la única ceremonia del mundo en que las mujeres, siempre por debajo de todo, mandaban del todo; el único umbral que ningún señor, ningún cura, ningún hombre cruzaba.
Maerwynn entró en aquel territorio como quien entra en su propia casa, cerró la puerta al mundo de fuera, y dejó a Coenred del otro lado, con la noche, el río y su miedo inútil de padre.
Coenred no supo estar del otro lado de una puerta.
Lo intentó sentado en el tajo de partir leña, y el cuerpo se le levantó solo.
Lo intentó junto al fuego de fuera, bajo el alero, y las manos le pidieron algo, así que deshizo media pila de leña y la volvió a apilar mejor, a oscuras, bajo la lluvia fina, cuña con cuña, como si la casa entera dependiera de aquella pila.
Cuando se acabó la leña se quedó de pie frente a la puerta, con las piernas abiertas y el peso repartido, la espalda a la noche, y ya no se movió.
Llevaba años sin ponerse así. El cuerpo se acordaba solo.
Dentro, la voz de su mujer crecía y cedía con el dolor. Fuera, el vado venía crecido, arrastrando su carga de deshielo hacia la oscuridad.
«Dije que iba a hacer esto bien,» pensó, con la lluvia metiéndosele por el cuello. «No sé hacerlo. Nadie me enseñó más que a guardar puertas. Pues guardo esta.»
Bien entrada la noche, la puerta se abrió una cuarta y salió Maerwynn a por el caldero del agua. Lo encontró allí plantado, chorreando, inmóvil como un poste, y no se sobresaltó, porque nada la sobresaltaba.
—¿A quién le montas guardia, hombre?
—A lo que venga.
—Lo que viene esta noche no entra por la puerta. —La curandera cargó el caldero y lo miró de arriba abajo, y en su aspereza hubo algo que casi era piedad—. Pero guarda, guarda. A la niña le vendrá bien saber, algún día, que la primera noche de su vida su padre la pasó de pie.
La puerta se cerró. Coenred volvió a plantar los pies.
Y el río, al otro lado de la pared de la noche, no dejó de bajar.
Lo que siguió fue largo y fue duro, como es siempre.
La noche se hizo espesa. El fuego se alimentó y se dejó bajar.
El agua hirvió y se enfrió y volvió a hervir.
Aethelwyn, que era fuerte, no gritó al principio; se mordía el trapo enrollado que Maerwynn le había puesto entre los dientes y respiraba como la curandera le decía, hondo y lento, dejando que el dolor subiera y bajara como una marea sin pelear contra él.
Pero la marea creció. Y hubo un momento, hacia la parte más negra de la noche, en que el mundo se redujo a una sola cosa —el empuje, el desgarro, la certeza animal de estar partiéndose en dos— y Aethelwyn, que no rezaba casi nunca, se sorprendió a sí misma llamando en voz baja a su madre muerta.
—Aquí estoy —dijo Maerwynn, aunque no la habían llamado a ella—. Aquí estoy. No estás sola. Ninguna mujer está sola en esto, aunque lo parezca. Todas las que parieron antes que tú están en la habitación. Empuja con ellas.
Y Aethelwyn empujó. Con su madre, y con la madre de su madre, y con todas las mujeres de manos rojas que habían parido junto a aquel vado desde antes de que el vado tuviera nombre.
Afuera, el río bramaba.
Y entonces, entre el bramido del agua y el crepitar del fuego, llegó ella.
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Lo primero que notó Maerwynn fue el silencio.
No el silencio de la muerte —eso lo conocía bien, y no era eso—.
La niña respiraba; el pecho diminuto subía y bajaba, la piel se sonrosaba, todo estaba como debía estar.
Pero no lloraba. Los recién nacidos lloran; entran al mundo protestando, con los ojos apretados, ciegos y furiosos ante el frío y la luz y el aire que les araña por primera vez los pulmones. Es lo que hacen. Es lo que deben hacer.
Aquella niña, no.
Aquella niña estaba callada. Y tenía los ojos abiertos.
Maerwynn la sostenía en el hueco de sus manos viejas, todavía untada del nacimiento, y la niña —que no debería ser capaz de fijar la vista, que apenas debería distinguir la sombra de la luz— la miraba.
La miraba de verdad. Con unos ojos oscuros, húmedos, serios, que se posaron en el rostro de la curandera con una atención imposible, una gravedad que no era de recién nacido, que no era de niño siquiera, que era de otra cosa.
Como si aquella criatura, en lugar de venir a que la mirasen, hubiera venido a mirar.
A Maerwynn, que había traído al mundo a más de cien criaturas y despedido a casi otras tantas, que creía haberlo visto todo lo que se puede ver en el umbral entre la nada y la vida, se le erizó el vello de los brazos.
—Vaya —murmuró, muy bajo, para que Aethelwyn no la oyera—. Conque eras tú. Conque a ti te esperaban.
—¿Qué…? —jadeó Aethelwyn desde el jergón, medio ida—. ¿Está bien? ¿Por qué no llora? Maerwynn, ¿por qué no llora?
—Está más que bien —dijo la curandera, y su voz áspera se rompió un poco, cosa que no le pasaba nunca—.
Está mirándome. Está mirándolo todo. —Envolvió a la niña en el lino tibio, con un cuidado casi reverente, y solo entonces, al sentirse envuelta y alzada y llevada hacia el calor de su madre, la niña cerró los ojos y soltó, por fin, un llanto breve, suave, casi de cortesía, como quien avisa de que ya ha visto lo que quería ver y ahora sí, ahora, acepta ser un recién nacido más.
La puso sobre el pecho de Aethelwyn. Y la madre, al recibir aquel peso caliente y palpitante, se echó a llorar con un llanto que no tenía nada que ver con el dolor, sino con lo contrario del dolor, con aquello que solo tiene nombre en las lágrimas.
—Hola —le dijo, con la voz deshecha—. Hola, mi vida. Te estábamos esperando.
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Dejaron entrar a Coenred cuando ya había amanecido.
Entró con el miedo todavía en la cara y el pelo pegado por la lluvia y el desvelo, y se detuvo en el umbral sin atreverse a avanzar, como si la estancia se hubiera vuelto sagrada y él no supiera si tenía permiso.
Aethelwyn, exhausta y luminosa, le hizo un gesto con la cabeza.
Y el hombre que había huido de un mundo de cosas rotas cruzó la habitación despacio y se arrodilló junto al jergón y miró, por primera vez, a su hija.