La marca gris #3
El mar le había dado todo y le había quitado casi todo. Le había quitado a su hombre —Thorkell, pescador como su padre, tragado por una galerna cuando la barca no volvió una noche de tres inviernos atrás— y le había dejado, a cambio, lo único que le importaba en el mundo.
Ari.
Su hijo tenía cuatro años y el pelo del mismo rubio ceniza que ella, y una risa que no cabía en la cala.
Corría por las rocas con los pies descalzos y duros como cuero, perseguía los cangrejos entre las pozas, y por las noches, cuando el viento aullaba y las contraventanas temblaban, se acurrucaba contra ella junto al fuego y le pedía la misma canción de siempre, la que su madre le cantaba a ella, la de la mujer que esperaba en la orilla el barco que no volvía.
Sunniva se la cantaba aunque le dolía, porque el niño no sabía todavía de quién hablaba la canción, y ella prefería que aprendiera la pena poco a poco, en la música, antes que de golpe, en la vida.
Aquella tarde —la misma en que, muy al sur, una mujer de manos rojas lavaba en el vado de su aldea, aunque ni Sunniva ni Aethelwyn sabrían jamás la una de la otra— la sanadora estaba a la puerta de su casa, remendando una red, con Ari a sus pies clavando una concha en la arena, cuando por el sendero de la loma bajó un jinete.
No era de la costa. Se le notaba en el modo de sentarse, en la capa demasiado buena, en la manera de mirarlo todo como si lo estuviera contando.
Se detuvo a pocos pasos, sin desmontar, y sus ojos grises recorrieron la cala: las casas, las barcas varadas, las redes, los toneles de pescado en salazón.
No miraba como mira un hombre. Miraba como mira un recaudador. Sumando.
—¿Sois vos la que cura? —preguntó, y su acento era del sur, blando y frío a la vez.
—Curo lo que puedo —dijo Sunniva, sin dejar la red—. ¿Estáis herido?
—No. —El hombre siguió mirando la cala—. Aún no me interesa lo que curáis. Me interesa lo que tenéis. —Señaló con el mentón los toneles—. Aquí hay más de lo que Greymarch tiene apuntado. Mucho más.
Sunniva alzó la vista entonces, y por un instante los dos se sostuvieron la mirada: la mujer del mar y el hombre que contaba.
Ella no supo su nombre. No lo sabría hasta mucho después, cuando ya no serviría de nada saberlo.
Pero algo en aquellos ojos grises, quietos y vacíos como el cielo de la marca, le puso un frío en la nuca que no venía del viento.
—El mar no rinde cuentas, señor —dijo—. Da cuando quiere y se lleva cuando quiere. Lo de esos toneles hoy está lleno. La próxima galerna puede dejarlo vacío y llevarse además a media docena de hombres. Así ha sido siempre aquí. Así lo entendió siempre vuestro señor.
—Los señores cambian de entendimiento —dijo el jinete—. Y las cosas que siempre han sido de una manera son, casi siempre, las que peor se defienden cuando alguien decide que sean de otra.
Tiró de las riendas y, sin despedirse, hizo dar la vuelta al caballo y remontó el sendero hacia las lomas, dejando tras de sí una inquietud que Sunniva no supo nombrar.
Ari alzó la cabecita de la arena.
—¿Quién era, madre?
Sunniva miró la silueta del jinete achicarse contra el cielo gris.
—Nadie, mi vida —dijo, y volvió a la red, aunque las manos le temblaban un poco—. Un hombre que cuenta cosas.
· · ·
Esa noche hubo galerna.
El viento bajó del norte aullando, el mar se echó contra los acantilados como si quisiera arrancarlos, y en la casa de piedra pegada a la roca, Sunniva encendió el fuego y cerró bien las contraventanas y sentó a Ari en su regazo, y le cantó, como cada noche de tormenta, la canción de la mujer que espera en la orilla.
El niño se durmió antes del último verso, con el pulgar en la boca y la respiración lenta, ajeno al viento, ajeno al mar, ajeno al jinete de los ojos grises que aquella tarde había mirado su cala y la había sumado.
Sunniva se quedó despierta, con el peso tibio de su hijo contra el pecho, escuchando la tormenta.
No sabía —¿cómo iba a saberlo?— que en el torreón gris, esa misma noche, a la luz de una vela mala, un hombre del sur pasaba las hojas de un registro y detenía el dedo sobre una línea que decía, con letra pequeña y limpia, las calas del oeste; y que al lado de aquella línea escribía, despacio, un número más alto que el que había, y una palabra que en la marca de Greymarch era una sentencia:
Renuentes.
Afuera, el mar rugía en la oscuridad, viejo, indiferente, el mismo mar al que, muy al sur, corría a morir el río de un valle que Sunniva no había visto nunca ni vería.
Dos aguas distintas —la dulce y la salada—, cada una bajando hacia su noche, sin saber, porque las aguas no saben, lo que un día habrían de arrastrar.
Aquella noche solo eran dos mujeres bajo el mismo cielo de plomo: una que cantaba a su hijo dormido en una cala del norte, y otra que, sin saber aún que sería madre, dormía junto a un vado del sur.
Ninguna oyó a la otra. Ninguna supo que compartían algo más hondo que la noche.
Y la corriente seguía corriendo, muy abajo, muy callada.
Por debajo del hielo del mundo.