La aldea junto al vado #3
Aquel mundo pequeño se gobernaba a sí mismo, además, con leyes que no estaban escritas en ninguna parte.
El señor quedaba lejos, y su cobrador aparecía una vez al año; el resto del tiempo, Caerwyc se administraba sola según la costumbre, que era la única ley que aquella gente reconocía de verdad.
Bajo el roble del consejo, donde Beran anunciaba la primavera, se reunían también los cabezas de familia para dirimir lo suyo: un lindero movido, un cerdo que se metió donde no debía, un pozo que dos casas se disputaban, un mozo que dejó preñada a una moza.
No había jueces, ni cárcel, ni verdugo. Había la costumbre, la palabra de los viejos, y la peor de las penas que un pueblo así podía imponer, que no era la muerte, sino el destierro: al que rompía el pacto de la aldea se lo expulsaba, y un hombre solo, sin gente, sin techo, sin nadie que respondiera por él, estaba tan muerto como si lo hubieran enterrado, solo que tardaba más en saberlo.
Porque en aquel mundo un hombre no era nada por sí mismo.
Era su casa, su aldea, los que lo conocían y lo sostenían.
Fuera de eso no había vida, solo caminos; y en los caminos, ya se sabe, andaban los que ya no eran de ningún sitio.
· · ·
Fue Maerwynn quien se lo dijo antes de que ella lo supiera del todo.
Aethelwyn había ido a llevarle unos huevos y a pedirle algo para el sueño de Coenred, que últimamente hablaba más de noche. La curandera la miró desde el otro lado de la mesa, entrecerrando aquellos ojos pequeños y hundidos, y ladeó la cabeza como un cuervo que estudia algo brillante.
—¿Cuántas lunas hace que no sangras? —preguntó, sin rodeos.
Aethelwyn se quedó quieta. Contó por dentro. Y al contar, algo en su cuerpo, que llevaba semanas sabiéndolo sin decírselo, salió por fin a la superficie como sale un tronco hundido cuando el río baja.
—Dos —dijo, en voz muy baja—. Puede que tres.
Maerwynn asintió despacio. No sonrió —no era mujer de sonreír—, pero algo se le suavizó en la cara, una ternura antigua y áspera.
—Será niña —dijo—. Y llegará con la primavera del año que viene, cuando el vado baje crecido.
—Se levantó, buscó entre los frascos, y le puso en la mano un manojo de hojas secas—.
Esto, en infusión, si te vienen las náuseas por la mañana.
Y esto otro —le entregó una piedrecita lisa, gris, atravesada por una veta más clara— para el cordón.
Cuélgatela al cuello. No por lo que hace. Por lo que recuerda.
—¿Qué recuerda? —preguntó Aethelwyn, cerrando la mano en torno a la piedra.
—Que las cosas más pequeñas —dijo Maerwynn, y por un instante sus ojos parecieron mirar mucho más allá de la estancia, mucho más allá de aquel año— cambian a veces las más grandes.
Una piedra bien puesta hace un vado. Una veta en el sitio justo parte una roca.
Una marca —añadió, y miró la cicatriz junto a la ceja de Aethelwyn— salva a veces una vida, o la pierde.
Enséñale eso a tu hija, cuando llegue. Enséñale a leer las señales.
Vendrá al mundo sabiendo mirar; lo demás, tendrás que dárselo tú.
Aethelwyn salió de la casa de la curandera con la piedra tibia en la mano y el corazón latiéndole raro, mitad de miedo, mitad de una alegría tan grande que casi dolía.
Llevaba en la mano una piedra y en el vientre un miedo tan viejo como el mundo.
Traer un hijo, en aquel tiempo, era asomarse a un pozo sin saber si se volvería a subir.
Muchas mujeres no volvían: se las llevaba el parto, o la fiebre de después, o una sangría que ninguna hierba paraba.
Y de los que nacían, uno de cada dos o tres no llegaba a andar: se los llevaba el primer invierno, la primera fiebre, el primer mal año.
Por eso una piedra colgada al cuello, un manojo de hojas, una palabra dicha en el momento justo, no eran supersticiones de ignorantes, sino todo lo que una mujer tenía para poner de su lado en aquella apuesta a ciegas contra la muerte.
Aethelwyn lo sabía, como lo sabían todas.
Y aun así caminaba de vuelta a su casa con una alegría que le pesaba en el pecho más que el miedo, porque así estaba hecha la vida allí: se apostaba lo único que se tenía, que era el propio cuerpo, contra la única ganancia que valía la pena, que era otra vida; y se apostaba sonriendo.
· · ·
Se lo dijo a Coenred esa noche, junto al fuego, cuando la aldea ya dormía y solo velaban el río y algún perro.
No encontró palabras grandes. Nunca las buscaba. Le tomó la mano —aquella mano ancha, marcada, que sabía de tierra y de armas— y se la puso sobre el vientre, y lo miró.
Coenred no dijo nada durante un rato largo.
Miraba su propia mano sobre ella como si no la reconociera.
Y entonces Aethelwyn vio algo que no había visto nunca en aquel hombre que hablaba de fuego en sueños: los ojos se le llenaron, y no los apartó, y no le dio vergüenza.
Se le quebró la voz cuando por fin habló, y lo que dijo fue tan pequeño y tan enorme como todo lo suyo.
—Yo huí de un sitio donde solo se hacían cosas que se rompen —dijo—.
Espadas. Muros. Hombres. Todo hecho para romperse o para romper.
—Tragó saliva—. Y ahora, aquí, contigo, voy a hacer algo que no se rompe.
Que sigue. —Puso la otra mano también, las dos ahora, cubriéndola entera—.
Voy a hacer bien esto, Aethelwyn. Aunque no sepa hacer bien ninguna otra cosa. Esto lo voy a hacer bien.
Ella le acarició el pelo. Afuera, el río bajaba en la oscuridad, tozudo, indiferente, camino de un mar lejano, arrastrando lo que arrastran los ríos: hojas, tierra, tiempo, y el eco de una promesa que no sabía todavía cuánto le iba a costar cumplir.
Y en el vientre de Aethelwyn, junto al vado, en una aldea que no figuraba en ningún mapa, empezaba a formarse en silencio una niña que un día miraría el mundo como nadie lo había mirado, y que aprendería —porque su madre se lo enseñaría, tal como una curandera se lo había pedido— a leer las señales.
Aún faltaba una primavera para que naciera.
Y muchas, muchas más, para que el vado que le daba nombre a su aldea se convirtiera en el arma que se lo quitaría todo.