La Corriente Oculta (La Daga y el Río 2) La aldea junto al vado #2
17%

La aldea junto al vado #2

Nadie sabía —¿cómo iban a saberlo?— que a aquella fragua llena de risas y chispas y trenzas cobrizas le quedaban contados los inviernos.

Que un día no muy lejano el fuego que Eadric domaba para dar vida al hierro se volvería contra él y se lo llevaría todo, y que del herrero fuerte y su casa cálida no quedaría más que un hombre roto que forjaría el resto de su vida como quien reza, para que las llamas no lo alcanzaran también a él.

Pero eso el vado aún no lo había traído. Y la mañana era clara, y Wynn reía, y el martillo sonaba.

·   ·   ·

Más allá del molino, donde el sendero se curvaba hacia el bosque, vivía ya Maerwynn.

Era entonces más joven, aunque nadie habría sabido decir cuánto: había mujeres así, que parecían nacer con una edad indefinida y no cambiar nunca.

Vivía sola, con sus frascos y sus raíces colgadas del techo como criaturas dormidas, y la aldea la trataba con esa mezcla de respeto y recelo que se reserva a los que saben cosas que uno preferiría no necesitar.

Pero cuando llegaba la fiebre, o el parto se torcía, o una herida no cerraba, era a su puerta baja, en el muro de piedra, a donde iban a llamar, de noche, en voz queda.

En un mundo sin médicos, la curandera era cuanto había entre la gente y la muerte.

No existía otro saber al alcance de una aldea como Caerwyc: los físicos de verdad, los pocos que había, curaban a señores en ciudades lejanas y cobraban en oro; para el resto del mundo estaban las mujeres como Maerwynn, que habían heredado de otras mujeres el conocimiento de las hierbas, de los partos, de las fiebres y de los huesos, y lo guardaban en la memoria porque no sabían escribirlo ni les habría convenido.

Sabían más de lo que la Iglesia veía con buenos ojos, y por eso caminaban siempre sobre un filo: necesarias y sospechosas a la vez, buscadas de noche y santiguadas de día.

Porque bajo las campanas que llamaban a misa seguía latiendo el valle antiguo, el de antes de la cruz, con su rueda de fiestas atada al sol y a la tierra: los fuegos del equinoccio, el pan y la sal junto al agua, los nombres viejos que Beran golpeaba en la raíz del roble.

Maerwynn era la sacerdotisa muda de aquella otra fe, la que no tenía templo porque su templo era el mundo entero.

A Aethelwyn, Maerwynn la había mirado siempre distinto. Desde el primer día. Como se mira a alguien en quien se reconoce, quizá, una parte de una misma.

—Tú oyes —le dijo una vez, sin más contexto, mientras molían juntas raíz de angélica—. No con los oídos. Por dentro. Como yo. —Y no añadió nada más, porque las mujeres como Maerwynn rara vez explicaban; sembraban.

Y estaba Beran, ya viejo entonces aunque menos que después, guardián de los cuentos y del tiempo, que golpeaba tres veces la raíz del roble para anunciar la primavera y que sabía, decían, los nombres verdaderos de las cosas.

Y Dunstan, el pastor, todavía ágil, con menos barba y más ovejas.

Y Oswin en el horno, y las mujeres en el vado, y los niños en el bosque, y el río bajando, siempre bajando, hacia un mar que nadie de Caerwyc había visto nunca.

Un atardecer de otoño, una oveja de Dunstan se metió donde no debía, aguas abajo del vado, y se hundió hasta la panza en el barro blando de la orilla.

Coenred volvía de las hazas y no hubo que llamarlo.

Se metió al agua sin quitarse las abarcas, midió el barro con el pie antes de cargar el peso —ese medir suyo de siempre, rápido y sin pensar—, y entre los dos hombres sacaron al animal a pulso, empapados hasta el pecho, mientras la oveja protestaba como si la estuvieran matando en vez de salvarla.

En la orilla, el animal se sacudió y se fue con las demás sin dar las gracias, que para eso son ovejas.

Dunstan se quedó recobrando el aliento, apoyado en el cayado.

Era una vara vieja, pulida por sus propias manos, y por el lado de dentro, donde no se ve, bajaba una hilera de muescas pequeñas, apretadas como escritura.

Coenred las miró sin querer mirar.

—¿La cuenta del rebaño?

—La cuenta de las que no saqué a tiempo. —Dunstan pasó el pulgar por la última muesca, sin caricia, como se comprueba un filo—. Las que tengo no hace falta contarlas. Se cuentan solas cada noche.

Escupió al río, sin rencor, como se saluda a un vecino con el que se tiene un pleito viejo.

—Tú sabes pisar barro malo —añadió, sin mirarlo—. Eso no lo enseñan las ovejas.

Coenred no dijo nada. Dunstan asintió despacio, como si el silencio fuera la respuesta correcta, la única que en Caerwyc se pedía.

—Bien callado —dijo—. El vado trae, el río se lleva. Lo de antes del vado no es de nadie.

Y subió tras el rebaño, cuesta arriba, hacia la última luz, contando sin contar.

Era un mundo pequeño. Pero estaba entero. Y no sabía, porque los mundos pequeños nunca lo saben, lo frágil que era esa entereza.