La Corona Robada (El Pacto De Las Coronas 1) CAPÍTULO 31 — La Decisión de Nyxhollow
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CAPÍTULO 31 — La Decisión de Nyxhollow

La respuesta oficial de la Consejera Máxima llegó una semana después de la conversación con Yselda, el sello de Nyxhollow estampado sobre un pergamino cuyo peso, Aurora sospechó apenas lo vio, contendría noticias capaces de cambiar considerablemente el rumbo inmediato de sus vidas.

Aurora esperó en el corredor mientras Corvin terminaba de leer, cada minuto de espera sintiéndose considerablemente más largo de lo que el reloj real probablemente indicaría, su mente recorriendo cada escenario posible: desde la confirmación completa de su posición hasta, en el peor de los casos, una orden de regreso inmediato a Nyxhollow que pondría en riesgo todo lo que habían construido juntos durante los últimos meses.

Cuando finalmente Corvin abrió la puerta y la invitó a pasar, Aurora estudió su rostro con atención, buscando cualquier indicio de la naturaleza de las noticias antes de que él mismo tuviera oportunidad de compartirlas verbalmente.

—Lysbeth logró consolidar su posición —dijo finalmente, la voz cargada de un alivio evidente—.

La facción radical ha sido oficialmente desautorizada, sus líderes principales identificados y sometidos a juicio formal por las acciones tomadas sin consentimiento de la corte.

No fue una victoria sencilla, según el tono del mensaje, pero sí definitiva.

—¿Cómo lo logró? —preguntó Aurora, genuinamente curiosa sobre los detalles de aquella batalla política que se había desarrollado a la distancia mientras ellos enfrentaban sus propias crisis en Lyrengard.

—Al parecer, presentó ante todo el consejo de Nyxhollow la evidencia que reunimos sobre el ritual de Ivor, junto con testimonios directos de los agentes capturados —explicó Corvin, continuando la lectura mientras resumía los puntos principales—.

Eso, combinado con el testimonio de Kaelen sobre años de manipulación directa, resultó suficiente para que incluso los miembros más escépticos del consejo reconocieran la magnitud real de la amenaza que representaba Ivor, y por extensión, cuán equivocada estaba la facción radical al enfocar su desconfianza hacia usted en lugar de hacia él.

—¿Y su posición? —preguntó Aurora, incapaz de contener la pregunta que más le preocupaba genuinamente.

Corvin sonrió, un gesto de alivio genuino reemplazando la tensión que había mantenido durante toda la lectura.

—Confirmada, y considerablemente elevada —dijo—.

Lysbeth me nombra Embajador Permanente de la Corte de Sombras ante Lyrengard, con autoridad plena para representar los intereses de Avelia en cualquier asunto relacionado con...

—hizo una pausa, releyendo aquella parte específica con una expresión que combinaba orgullo y ternura genuina— con la protección y el desarrollo del don único de la Consejera Thornecrest.

Aurora sintió que las lágrimas de alivio amenazaban con desbordarse, la comprensión de que aquel título no solo confirmaba la seguridad de Corvin, sino también, de forma oficial y permanente, su compromiso continuo con la causa que ambos habían decidido defender juntos.

—Esto significa que se queda —dijo, casi sin poder creerlo del todo, pese a que la decisión de Corvin de permanecer a su lado nunca había estado genuinamente en duda desde su punto de vista personal.

—Siempre planeé quedarme —corrigió Corvin, tomando sus manos entre las suyas con una ternura que llevaba consigo el peso de todo lo vivido juntos durante los últimos meses—.

Pero admito que tener el respaldo oficial de mi propia corte, en lugar de una ambigüedad indefinida, facilita considerablemente los planes que tengo en mente para nuestro futuro compartido.

Algo en el tono de aquella última frase hizo que Aurora sintiera un vuelco en el corazón, una anticipación que no lograba nombrar del todo pero que reconocía, con una certeza instintiva, como el preludio de algo profundamente significativo.

—¿Qué planes? —preguntó, la voz apenas un susurro.

Corvin se arrodilló entonces, un gesto que Aurora reconocía de las costumbres humanas más que de cualquier protocolo formal de Avelia, y extrajo de entre sus ropas una pequeña caja tallada en madera oscura, decorada con runas plateadas que Aurora reconoció, con un asombro creciente, como símbolos de vínculo eterno propios de la tradición más antigua de la Corte de Sombras.

—He llevado esto conmigo desde hace semanas —admitió, con una vulnerabilidad que Aurora rara vez le veía mostrar tan abiertamente—.

Esperando el momento correcto, aunque he descubierto que, en medio de guerras y rituales oscuros y hermanos recién descubiertos, nunca parece existir un momento perfectamente ideal para este tipo de declaraciones.

Así que decidí, finalmente, que el momento correcto es simplemente ahora, cuando ambos estamos vivos, juntos, y libres de amenazas inmediatas por primera vez en mucho tiempo.

—Aurora Thornecrest —dijo, la voz cargada de una emoción que no intentaba disimular—, he vivido tres siglos sin comprender completamente lo que significaba pertenecer genuinamente a alguien, hasta que la conocí a usted.

Ha enfrentado cada peligro con una valentía que trasciende cualquier cosa que haya presenciado en toda mi existencia, y ha logrado, sin siquiera proponérselo directamente, enseñarme lo que realmente significa amar sin condiciones ni cálculos.

Abrió la pequeña caja, revelando un anillo simple pero elegante, la piedra central capturando la luz con un brillo dorado que parecía, inexplicablemente, resonar en armonía con la propia runa de Aurora.

—Este anillo perteneció a Aerion Duskryn —continuó, la revelación añadiendo una capa completamente nueva de significado a aquel momento—.

Mi familia lo conservó durante tres siglos, un recordatorio silencioso de la tragedia que marcó nuestra historia.

Cuando Lysbeth me contó su historia completa, comprendí que quizás el destino me había estado preparando, durante generaciones enteras, para este momento exacto: la oportunidad de proteger a otra portadora del mismo don, y de amarla de la forma en que Aerion nunca tuvo oportunidad de amar completamente a quien perdió.

—¿Me haría el honor de comprometerse conmigo formalmente? —preguntó—. No como una simple formalidad política, sino como la confirmación de algo que ambos ya sabemos que existe entre nosotros desde hace meses.

Aurora sintió que las lágrimas finalmente se desbordaban por completo, una mezcla de alegría absoluta y un alivio que trascendía cualquier palabra que pudiera articular con precisión en aquel momento.

—Sí —dijo, sin dudar ni un instante—. Sí, absolutamente sí.

Corvin deslizó el anillo en su dedo con una delicadeza reverente, y Aurora sintió, en el instante mismo en que la piedra tocó su piel, un cosquilleo cálido que reconoció como la magia del propio anillo reconociendo y sellando el vínculo que ya existía entre ambos desde hacía meses.

—Esto es real, ¿verdad? —preguntó, todavía asombrada por la velocidad con la que su vida había cambiado desde aquel primer encuentro tenso en el Salón del Trono—. No es un sueño del que voy a despertar de repente.

—Es completamente real —confirmó Corvin, besándola con una ternura que llevaba consigo el peso de todo lo vivido y la promesa de todo lo que todavía estaba por venir—. Y pienso pasar cada día del resto de mi existencia demostrándole exactamente cuán real es.

Se quedaron abrazados un largo rato, disfrutando la rara sensación de alegría pura en medio de tanta incertidumbre política todavía pendiente de resolución, hasta que Aurora, finalmente, se permitió considerar las implicaciones más amplias de aquel compromiso recién sellado.

—¿Cómo funcionará esto exactamente? —preguntó, apoyando la cabeza contra su pecho con una comodidad que ya no necesitaba de ninguna formalidad para sentirse completamente natural—.

Un compromiso entre una heredera humana y un embajador de Avelia.

No creo que exista mucho precedente histórico para guiarnos en los aspectos protocolares.

—Estableceremos nuestro propio precedente, entonces —dijo Corvin, con una ligereza que contrastaba refrescantemente con la gravedad de las últimas semanas—.

Lysbeth ya mencionó, en su mensaje, que consideraría cualquier arreglo que ambas cortes acordaran mutuamente.

Sospecho que descubriremos, en las próximas semanas, que hay considerablemente más flexibilidad de la que cualquiera de los protocolos tradicionales sugeriría a primera vista.

—Mi padre necesitará dar su bendición formal —dijo Aurora, con una sonrisa que no lograba contener del todo—. Aunque sospecho que, dado todo lo que hemos pasado juntos, no vamos a encontrar mucha resistencia de su parte.

—Estaré encantado de solicitarla formalmente —dijo Corvin—. Aunque, si me permite decirlo, la única bendición que realmente necesito es la suya, Aurora. El resto son formalidades que ya hemos aprendido a superar juntos.

Aurora rió, un sonido ligero y genuino que se sintió, en medio de tanta tensión política reciente, como el primer respiro de alegría pura que se permitía disfrutar plenamente en mucho tiempo.

—Entonces tiene mi bendición completa —dijo—. Y mi corazón, aunque sospecho que ya lo tenía desde hace bastante tiempo antes de que este anillo formalizara oficialmente lo que ambos ya sabíamos.

La noticia del compromiso se extendió por la corte con una velocidad que igualaba, si no superaba, la de cualquier otra noticia política de las últimas semanas, y Aurora, presentándose esa misma noche ante su familia reunida para compartir formalmente la noticia, sintió que la alegría genuina de cada uno de sus hermanos y de sus padres compensaba considerablemente cualquier ansiedad residual sobre el futuro incierto que todavía los aguardaba.

—Ya era hora —dijo Cassian, con una sonrisa genuina que rara vez mostraba tan abiertamente—. Cualquiera que los haya visto interactuar durante los últimos meses sabía que este momento llegaría, tarde o temprano.

—Espero que esto signifique que finalmente dejará de fingir que su relación es solo "protocolo diplomático" —añadió Dorian, con el humor seco que Aurora había aprendido a apreciar profundamente en su hermano durante la crisis compartida—.

Esa excusa dejó de ser convincente hace bastante tiempo, hermana.

—En mi defensa —dijo Aurora, uniéndose a las risas compartidas con una ligereza que apenas semanas atrás habría considerado imposible en medio de tanta tensión política—, el protocolo diplomático era, técnicamente, cierto durante las primeras semanas.

Lo que vino después ya es otra historia completamente distinta.

Cassian se acercó entonces, ofreciendo un abrazo fraternal que sorprendió a Aurora por su calidez genuina, un gesto que su hermano mayor rara vez había mostrado con tanta naturalidad antes de que la crisis compartida los uniera de formas que ninguno había anticipado meses atrás.

—Me alegra genuinamente verte feliz, hermana —dijo, la voz cargada de una sinceridad que trascendía cualquier cálculo político habitual—. Después de todo lo que hemos pasado, mereces cada gramo de esta alegría, sin reservas ni condiciones.

Dorian, observando el intercambio con una expresión que combinaba afecto genuino y su habitual distancia calculadora, finalmente se acercó también, ofreciendo su propia felicitación con una sinceridad que Aurora reconocía cada vez con más facilidad debajo de su fachada usualmente reservada.

—Cuídala bien, Duskryn —dijo, dirigiéndose a Corvin con una seriedad que contrastaba con el humor anterior—. O tendrá que responder ante los tres hermanos que aprendimos, de la forma más difícil posible, exactamente cuánto vale esta mujer.

—No esperaría menos de ustedes —respondió Corvin, con un respeto genuino que reconocía la advertencia como lo que realmente era: una muestra más de amor fraternal recién descubierto.

Seraphine se acercó, abrazando a Aurora con una calidez que llevaba consigo el peso de toda una vida de amor contenido finalmente expresado sin reservas.

—Mereces toda la felicidad que este compromiso pueda ofrecerte —dijo, la voz cargada de una emoción genuina—. Después de todo lo que has enfrentado, después de todo lo que esta familia te hizo pasar sin merecerlo, mereces exactamente esto: amor sin condiciones, elegido libremente por ti misma.

Lysander se acercó también, ofreciendo un abrazo que sorprendió a Aurora por su calidez inusual, considerando la reserva habitual que su hermano menor solía mantener incluso en los momentos más felices.

—Me alegra genuinamente verte así de feliz —dijo—. Después de todo lo que has hecho por esta familia, por mí especialmente, mereces cada gramo de esta alegría sin ninguna reserva.

—Gracias, Lysander —dijo Aurora, sintiendo que el afecto genuino de su hermano menor añadía una capa adicional de calidez a una noche ya cargada de emociones intensas—.

Y no olvides que Kaelen preguntó por ti antes de partir.

Quiere conocerte mejor, entender juntos lo que ambos cargan por culpa de Ivor.

Lysander sonrió, una expresión de esperanza genuina cruzando su rostro ante aquella perspectiva.

—Eso significaría más de lo que puedo expresar —dijo—. Saber que no estoy completamente solo enfrentando esto.

Aldric, que había permanecido observando la escena completa con una expresión pensativa, finalmente se acercó también, ofreciendo su propia bendición con una sinceridad que contrastaba enormemente con la frialdad que había definido la mayor parte de su relación con Aurora durante toda una vida.

—Corvin —dijo, dirigiéndose directamente al enviado con una autoridad renovada—, tiene mi bendición completa, y mi gratitud eterna por haber protegido a mi hija cuando yo mismo fallé en hacerlo durante demasiado tiempo.

—Gracias, Majestad —dijo Corvin, inclinando la cabeza con un respeto genuino—. Prometo dedicar cada día de mi existencia a asegurarme de que Aurora nunca vuelva a dudar de cuánto vale, ni de cuánto la aman quienes finalmente aprendieron a verla completamente.