La Corona Robada (El Pacto De Las Coronas 1) CAPÍTULO 29 — La Cueva de las Cumbres
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CAPÍTULO 29 — La Cueva de las Cumbres

Las fuerzas combinadas de Lyrengard y del ejército recién unido de Kaelen marcharon hacia las montañas del norte tres días después de la asamblea que había sellado su alianza, una columna considerable de soldados humanos, guerreros de sangre mixta, y hechiceros de Avelia avanzando juntos con una determinación que ninguno de los presentes, apenas semanas atrás, habría creído posible presenciar.

Aurora cabalgaba entre Corvin y Kaelen, la extraña sensación de tener finalmente a su lado tanto al hombre que amaba como al hermano que apenas comenzaba a conocer llenándola de una fuerza renovada pese a la gravedad de la misión que tenían por delante.

Detrás de ellos, la columna combinada se extendía considerablemente: soldados de Cassian marchando junto a guerreros de sangre mixta que apenas semanas atrás habían sido enemigos jurados, hechiceros de Avelia coordinando estrategias defensivas con los propios instructores de magia de vínculos que Kaelen había entrenado durante años de liderazgo independiente.

Aurora, observando aquella escena improbable, sintió que presenciaba algo verdaderamente histórico: la primera alianza genuina entre facciones que durante generaciones habían sido educadas para desconfiar mutuamente sin cuestionamiento alguno.

—Los exploradores confirman la ubicación exacta de la cueva —informó Cassian, cabalgando junto a ellos con los mapas actualizados que sus scouts habían recopilado durante los días de preparación—.

Ivor mantiene una guardia considerable, pero nada que nuestras fuerzas combinadas no puedan superar, siempre que mantengamos el elemento sorpresa el mayor tiempo posible.

—No lo subestimen —advirtió Kaelen, la voz cargada de la experiencia directa de quien había servido bajo aquel hombre durante años—.

Ivor siempre tiene planes de contingencia para cada escenario que pueda anticipar.

Si sospecha que nos acercamos, no dudará en usar cualquier recurso a su disposición, sin importar el costo para quienes se interpongan en su camino.

—¿Alguna idea de qué tipo de contingencias podría tener preparadas? —preguntó Corvin, la mente evidentemente ya trabajando a través de posibles escenarios de batalla.

—Ninguna específica —admitió Kaelen—, pero sé que durante años acumuló recursos mágicos de fuentes que nunca explicó completamente, ni siquiera a mí. Sospecho que descubriremos la magnitud completa de esos recursos solo cuando ya sea demasiado tarde para retirarnos sin consecuencias.

Llegaron a las estribaciones de las montañas al anochecer del tercer día, estableciendo un campamento discreto que Cassian y Kaelen coordinaron con la precisión de dos estrategas que, pese a sus orígenes tan distintos, compartían una comprensión instintiva de la logística militar necesaria para lo que se avecinaba.

Esa noche, mientras el campamento se preparaba para el asalto del amanecer, Aurora encontró un momento de calma junto al fuego con Corvin y Kaelen, los tres compartiendo un silencio contemplativo que reflejaba el peso de lo que estaban a punto de enfrentar juntos.

—Pase lo que pase mañana —dijo Kaelen, rompiendo finalmente el silencio—, quiero que sepan que no me arrepiento de la decisión que tomé.

Sin importar el resultado de esta batalla, ya he ganado algo que Ivor nunca pudo ofrecerme durante todos esos años de manipulación calculada: una familia real, dispuesta a luchar junto a mí en lugar de simplemente usarme para sus propios fines.

Aurora sintió que las palabras se le asentaban en el pecho con una calidez que trascendía el miedo natural ante la batalla inminente, la certeza renovada de que, sin importar lo que ocurriera al amanecer, aquel momento de conexión familiar genuina ya representaba una victoria que ninguna derrota posterior podría deshacer completamente.

El ataque comenzó exactamente antes del amanecer, aprovechando la última oscuridad de la noche para que las fuerzas combinadas se posicionaran alrededor de la entrada de la cueva sin alertar a los centinelas apostados en el perímetro exterior.

Aurora sintió la runa bajo su clavícula palpitar con una intensidad creciente a medida que se acercaban, una sensación que reconocía ahora como la proximidad de una magia oscura de proporciones considerables, mucho mayor que cualquier cosa que hubiera sentido antes incluso durante sus encuentros previos con los agentes de Ivor.

—Está ahí dentro —murmuró, dirigiéndose a Corvin y Kaelen, ambos posicionados a su lado en las sombras que precedían al ataque coordinado—. Y está usando magia activamente. Puedo sentir el ritual ya en marcha.

—Entonces no podemos esperar más —dijo Cassian, la señal para el asalto coordinado transmitiéndose rápidamente a través de las líneas de soldados y guerreros que rodeaban la entrada de la cueva.

El primer contacto fue brutal y rápido, los centinelas de Ivor cayendo ante la superioridad numérica y la coordinación de fuerzas que jamás habrían anticipado enfrentar unidas.

Pero apenas penetraron más profundamente en el sistema de corredores subterráneos que conducía hacia el corazón de la montaña, la resistencia se intensificó considerablemente: criaturas de sombra emergiendo de cada rincón oscuro, agentes entrenados luchando con una desesperación que sugería órdenes explícitas de resistir hasta el último aliento posible.

Aurora luchó junto a Corvin y Kaelen, su magia de Luz Antigua deshaciendo ilusiones y espectros de sombra con una precisión que las semanas de entrenamiento habían perfeccionado considerablemente, mientras la magia de vínculos de su hermano cortaba las coordinaciones tácticas entre los defensores enemigos con una eficacia que sorprendía incluso a Aurora, testigo directa por primera vez del verdadero alcance del poder de Kaelen en pleno combate activo.

—¡A la izquierda! —gritó Corvin, en un momento, interceptando a una criatura de sombra que había estado a punto de alcanzar a Aurora desde un ángulo ciego, su daga cortando a través de la forma difusa con una precisión letal perfeccionada durante siglos de entrenamiento en la Corte de Sombras.

Cassian, más adelante en la formación, dirigía a sus propios soldados con gritos de comando que resonaban con autoridad militar absoluta, coordinando el avance de humanos y guerreros de sangre mixta con una fluidez que sugería que las semanas de planificación conjunta habían dado sus frutos considerablemente más allá de lo que cualquiera había anticipado inicialmente.

—¡Manténganse juntos! —ordenó, mientras un grupo de agentes de Ivor intentaba flanquear la formación principal desde un túnel lateral—. ¡No permitan que nos separen!

Elarys, luchando junto a un grupo de guerreros que hasta apenas días atrás habían servido bajo el mando directo de Ivor, demostraba una ferocidad en combate que confirmaba por completo su lealtad renovada hacia Kaelen, cada movimiento de su espada cargado de la determinación de quien finalmente luchaba por una causa que comprendía completamente en lugar de una mentira cuidadosamente construida.

Avanzaron así, metro a metro, a través de la resistencia cada vez más desesperada de los defensores de Ivor, hasta que finalmente, tras lo que se sintió como una eternidad de combate constante, alcanzaron la entrada de la cámara central que sus exploradores habían identificado como el corazón mismo de las operaciones del antiguo consejero.

Llegaron finalmente a la cámara central de la cueva, un espacio amplio iluminado por antorchas de fuego negro que proyectaban sombras extrañas sobre runas talladas en cada superficie disponible, el aire cargado de una energía oscura tan densa que Aurora sintió náuseas apenas cruzó el umbral.

En el centro exacto de aquel círculo ritual, Ivor los esperaba, ya sin ningún rastro de la máscara cortés que había mantenido durante décadas de servicio disfrazado en la corte de Ashvale, su verdadera forma finalmente revelada por completo: una figura alta y delgada, de rasgos afilados que trascendían cualquier categoría fácil entre humano y Hada, los ojos completamente negros reflejando las llamas oscuras que lo rodeaban.

—Qué reunión tan conmovedora —dijo, la voz cargada de un desprecio que ya no intentaba disimular—. La niña dorada, el hijo perdido, y su fiel guardián Duskryn, todos unidos para detener lo que llevo tres siglos construyendo. Debo admitir cierta admiración por la ironía de la situación.

—Se acabó, Ivor —dijo Kaelen, avanzando con la espada desenvainada y una determinación que no dejaba lugar a dudas sobre su compromiso final con aquella confrontación—.

Ya no tienes ejército que manipular, ni mentiras que sostener.

Solo te queda enfrentar, directamente, a quienes decidiste traicionar durante toda una vida.

—¿Traicionar? —repitió Ivor, con una risa fría que resonó por toda la cámara—. Los salvé, a ambos, de una existencia de mediocridad ignorante. Les di propósito. Poder. Y ahora pretenden pagarme con esta encantadora rebelión familiar.

Ivor extendió una mano hacia el círculo ritual que lo rodeaba, y Aurora sintió, con un terror renovado, cómo la energía oscura acumulada en aquel espacio comenzaba a intensificarse, respondiendo a su voluntad con una facilidad que sugería que el ritual estaba mucho más avanzado de lo que habían anticipado.

—Todavía me falta un componente —admitió Ivor, con una calma que resultaba más aterradora que cualquier amenaza directa—. Pero descubro, con cierto placer inesperado, que la sangre de un hermano dispuesto a sacrificarse por el otro podría, quizás, suplir esa carencia con la misma efectividad.

El ataque de Ivor llegó sin previo aviso, un latigazo de energía oscura dirigido directamente hacia Kaelen con una velocidad que ni siquiera los reflejos entrenados de un guerrero experimentado lograron esquivar del todo.

Kaelen cayó de rodillas, un grito de dolor escapando de sus labios mientras la magia de Ivor comenzaba a drenar algo mucho más profundo que la simple energía vital.