CAPÍTULO 27 — El Dolor que Comparten
Los agentes capturados durante la emboscada resultaron ser considerablemente más útiles de lo que Aurora había anticipado, aunque el proceso de extraer información de ellos requirió una combinación cuidadosa de su propia magia de revelación y la paciencia calculada de Cassian dirigiendo el interrogatorio formal.
—Ivor opera desde una cueva en las montañas al norte del territorio de Kaelen —reveló finalmente uno de los agentes, un hombre cuya resistencia inicial se había desmoronado por completo ante la combinación de la magia de Aurora y la certeza creciente de que la lealtad hacia su maestro no le ofrecería ninguna protección real ahora que había sido capturado—.
Un lugar antiguo, cargado de rituales de sangre que lleva siglos perfeccionando.
Nunca nos permitió acompañarlo hasta el interior, pero he escuchado suficiente para saber que planea algo relacionado con el Pacto de las Cumbres mismo, algo que podría deshacer el equilibrio entre las cuatro coronas de una vez por todas.
—¿Qué tipo de ritual? —preguntó Aurora, sintiendo que un escalofrío le recorría la espalda ante la magnitud implícita de aquella revelación.
—No lo sé con certeza —admitió el agente—.
Pero mencionó, en más de una ocasión, que necesitaría sangre de las cuatro coronas para completarlo.
Humana, élfica, de las Hadas, y de los Ogros.
Un ritual antiguo diseñado para invertir el equilibrio mismo que sostiene el Pacto, transfiriendo ese poder hacia sí mismo en lugar de mantenerlo distribuido entre los cuatro pueblos.
Cassian, que dirigía el interrogatorio con la paciencia calculada de un estratega experimentado, presionó por más detalles.
—¿Cuándo planea llevar a cabo este ritual? —preguntó, la voz firme pero sin la brutalidad que otros interrogadores podrían haber empleado.
—No lo sé con exactitud —dijo el agente, con una honestidad que Aurora reconoció como genuina, el terror evidente en sus ojos sugiriendo que mentir en aquel momento sería considerablemente más peligroso que cualquier represalia que Ivor pudiera ofrecerle—.
Pero escuché que necesitaba consolidar cada componente antes de proceder.
Sangre humana ya la tiene, sospecho, de generaciones de acceso a la familia real.
Sangre élfica y de las Hadas también, dado su propio origen mixto.
Solo le faltaría, hasta donde yo sé, sangre de los Ogros, algo que sospecho está intentando obtener a través de agentes infiltrados en las negociaciones actuales entre Cassian y la princesa Vrenna.
Aurora sintió que el terror se apoderaba de ella con una claridad renovada, la comprensión de que tanto ella como su hermano recién descubierto representaban, para Ivor, no solo amenazas a neutralizar sino también los ingredientes literales de su plan final.
—Entonces también amenaza las negociaciones de Cassian con MorGath —dijo, girándose hacia su hermano con una preocupación renovada—. Si obtiene sangre Ogro a través de ese canal, tendría todo lo que necesita para completar el ritual.
—Reforzaré la seguridad alrededor de esas negociaciones de inmediato —dijo Cassian, la mandíbula tensa ante la nueva amenaza revelada—. No voy a permitir que mi propio proceso diplomático se convierta en la pieza final del plan de Ivor.
Corvin, que había escuchado el interrogatorio completo con una atención cada vez más sombría, finalmente intervino.
—Eso explicaría por qué necesita tanto la sangre de Kaelen como la de Aurora —dijo—.
Ambos poseen sangre mixta que podría, en teoría, satisfacer múltiples requisitos del ritual simultáneamente.
Y si además logra obtener sangre de los Ogros y de una Hada pura, tendría todo lo necesario para completar lo que sea que esté planeando.
Aurora sintió que el terror se apoderaba de ella con una claridad renovada, la comprensión de que tanto ella como su hermano recién descubierto representaban, para Ivor, no solo amenazas a neutralizar sino también los ingredientes literales de su plan final.
Fue esa misma noche, mientras Aurora procesaba la magnitud completa de aquella revelación en la privacidad de sus aposentos, que sintió, con una intensidad que la sacó de golpe de cualquier intento de descanso, el eco distante de un dolor que no era el suyo propio.
Se incorporó en la cama, la mano presionada instintivamente contra la runa que ardía bajo su clavícula con una urgencia que no había experimentado desde el ritual de enraizamiento semanas atrás.
El dolor que sentía era agudo, físico, mezclado con una furia y un terror que reconoció, con una certeza aterradora, como pertenecientes a Kaelen.
—¡Corvin! —gritó, ya corriendo hacia la puerta de sus aposentos, sin detenerse siquiera a considerar el protocolo o la hora avanzada de la noche.
Lo encontró en el corredor apenas segundos después, evidentemente alertado por algún instinto propio o por el sonido de su propia carrera desesperada.
—¿Qué pasa? —preguntó, la preocupación instantánea en su expresión.
—Es Kaelen —dijo Aurora, la voz quebrada por el terror—. Algo le está pasando. Puedo sentirlo, Corvin, a través del vínculo que compartimos. Está herido. O algo peor.
Corvin no dudó ni un instante, ya moviéndose hacia la armería más cercana con una determinación que Aurora agradeció profundamente en aquel momento de pánico creciente.
—Reuniré a Cassian y a la guardia de mayor confianza —dijo—. Si Ivor está atacando a Kaelen ahora mismo, cada minuto que perdamos podría ser la diferencia entre llegar a tiempo o llegar demasiado tarde.
Cabalgaron hacia la frontera con una urgencia que no admitía descanso, Aurora manteniendo el vínculo con Kaelen abierto durante todo el trayecto pese al agotamiento que aquel esfuerzo constante le provocaba, cada pulso de dolor compartido confirmando que su hermano seguía vivo, aunque la intensidad de su sufrimiento no disminuía en absoluto con el paso de las horas.
—¿Puede decirnos algo más específico sobre su estado? —preguntó Corvin, cabalgando junto a ella con una preocupación que no intentaba ocultar—. Cualquier detalle podría ayudarnos a prepararnos mejor para lo que encontraremos.
—Es como sentir fuego bajo la piel, pero no el mío —dijo Aurora, con los ojos cerrados, concentrada en mantener aquel frágil vínculo abierto—.
Hay algo más ahí también. Una sombra que se alimenta de su dolor, que crece cada vez que él se debilita un poco más.
No es solo una herida física, Corvin. Es algo que está devorándolo desde adentro.
Cassian, que cabalgaba al frente del pequeño grupo con la determinación práctica de quien ha planificado innumerables misiones de rescate a lo largo de su carrera militar, ordenó un cambio de ruta que acortaría considerablemente el tiempo de viaje restante, sacrificando la comodidad del camino principal por senderos más directos aunque considerablemente más accidentados.
—Está cerca —dijo Aurora, cuando finalmente alcanzaron el territorio fronterizo que reconocía del encuentro anterior—. Puedo sentir que la distancia se acorta. Pero también siento algo más, Corvin. Algo oscuro, antiguo, envolviendo el dolor de Kaelen como una sombra que se niega a soltarlo.
Encontraron el campamento de Kaelen en un estado de caos considerable, guardias heridos esparcidos entre las tiendas destruidas, el aire todavía cargado del residuo de una batalla mágica reciente que había dejado marcas visibles de destrucción en cada estructura circundante.
Elarys —la lugarteniente de mayor confianza de Kaelen, según reconoció Aurora por las descripciones que Corvin le había ofrecido previamente— los interceptó antes de que pudieran avanzar más, la espada todavía desenvainada y manchada de una sustancia oscura que no parecía del todo sangre convencional.
—Ivor lo atacó directamente —dijo, sin preámbulos, reconociendo evidentemente la urgencia de la situación por encima de cualquier protocolo formal de desconfianza—.
Descubrió su traición y vino personalmente a castigarlo.
Está vivo, pero gravemente herido, y ningún sanador de nuestro campamento tiene el conocimiento necesario para tratar el tipo de magia oscura que Ivor usó contra él.
—Llévenos con él —dijo Aurora, sin dudar ni un instante—. Ahora mismo.
Encontraron a Kaelen en la tienda principal del campamento, tendido sobre un catre improvisado, el rostro pálido y contraído en una mueca de dolor que no lograba disminuir pese a los esfuerzos evidentes de quienes lo rodeaban.
Marcas oscuras, similares en apariencia a las que Aurora había visto en la piel de Lysander, aunque considerablemente más extensas y virulentas, recorrían su torso desnudo, extendiéndose lentamente hacia su cuello con una velocidad que no auguraba nada bueno.
—Una maldición de consunción —dijo Corvin, examinando las marcas con una expresión sombría—.
Diseñada para drenar la fuerza vital de la víctima lentamente, mientras alimenta el poder de quien la lanzó.
Ivor no vino a matarlo directamente. Vino a castigarlo de una forma que le permitiera, simultáneamente, fortalecerse a sí mismo para lo que sea que planea a continuación.
Aurora se arrodilló junto a su hermano, las manos ya extendidas hacia las marcas oscuras que amenazaban con consumirlo por completo, la misma determinación feroz que la había impulsado a salvar a Maela semanas atrás resurgiendo con una intensidad renovada.
—No voy a dejar que te lleve también a ti —murmuró, más para sí misma que para Kaelen, que apenas parecía consciente de su presencia—. No después de haber esperado toda mi vida por la oportunidad de conocerte de verdad.
La runa bajo su clavícula se encendió con una luz dorada intensa, y Aurora sintió, mientras canalizaba su poder hacia las heridas de su hermano, la misma expansión de conciencia que había experimentado durante el ritual de enraizamiento, aunque esta vez dirigida con una precisión que las semanas de entrenamiento le habían enseñado a ejercer incluso en medio de la crisis más absoluta.
Las marcas oscuras retrocedieron lentamente ante la luz dorada, la maldición de consunción cediendo terreno centímetro a centímetro mientras Aurora vertía en aquel proceso no solo su magia sino también toda la determinación de una hermana que se negaba a perder algo que apenas había empezado a encontrar.
Elarys observaba desde la entrada de la tienda con una expresión que combinaba esperanza y un asombro que evidentemente no había anticipado sentir hacia la mujer que, apenas semanas atrás, había considerado una amenaza potencial contra todo lo que su comandante representaba.
Kaelen abrió los ojos gradualmente, la conciencia regresando a su mirada ambarina con una lentitud que sugería el agotamiento extremo de haber sobrevivido a un ataque diseñado específicamente para consumirlo por completo.
—Aurora —murmuró, la voz apenas audible pero indudablemente reconociéndola—. Viniste.
—Por supuesto que vine —dijo ella, las lágrimas finalmente abriéndose paso mientras continuaba canalizando su poder hasta que la última marca oscura desapareció por completo de la piel de su hermano—.
Eres mi familia, Kaelen. Pase lo que pase entre nosotros a partir de ahora, eso ya no va a cambiar.
Kaelen la observó con una vulnerabilidad que contrastaba brutalmente con la fachada de guerrero endurecido que había proyectado durante su primer encuentro, algo profundamente humano finalmente rompiéndose a través de años de defensas cuidadosamente construidas.
—Ivor sabe que lo traicioné —dijo, la voz todavía débil—. Vino personalmente. Dijo que esto era solo el principio de lo que planea hacer si continúo interponiéndome en su camino.
—Entonces enfréntalo con nosotros —dijo Aurora, la propuesta escapándosele con una convicción que no había planeado expresar tan directamente, pero que sintió, en aquel momento, como la única verdad que importaba realmente—.
No como súbdito de Lyrengard, ni como enemigo derrotado.
Como hermano, luchando junto a su propia familia contra el hombre que arruinó la vida de ambos.
El silencio que siguió a aquella propuesta se extendió lo suficiente para que Aurora temiera haber presionado demasiado, demasiado pronto, sobre una herida todavía abierta.
Pero finalmente, con un esfuerzo visible, Kaelen asintió, la decisión asentándose en sus ojos ambarinos con un peso que Aurora reconoció como genuino.
—Está bien —dijo—. Es hora de terminar con esto, de una vez por todas.