La Corona Robada (El Pacto De Las Coronas 1) CAPÍTULO 21 — El Hermano de Sangre y Sombra
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CAPÍTULO 21 — El Hermano de Sangre y Sombra

Cuando Aurora y Corvin alcanzaron el claro fronterizo con las primeras luces del alba, el espacio ya no estaba vacío.

No lo ocupaba un ejército entero, como Aurora había temido durante las horas previas, sino una sola figura plantada en el centro exacto del espacio abierto, envuelta en una capa oscura que ondeaba levemente con la brisa fría de la mañana, la postura tan quieta y calculada que por un instante Aurora se preguntó si aquello era realmente un hombre o alguna clase de estatua viviente erigida para intimidar a cualquiera que se atreviera a acercarse.

Entonces la figura se giró hacia ellos, y Aurora sintió que el aire se le atoraba por completo en el pecho.

El parecido era innegable, incluso a la distancia que aún los separaba: los mismos pómulos angulosos que Aurora reconocía en el espejo cada mañana, heredados directamente de Aldric, y unos ojos de un ámbar tan intenso que parecían encenderse bajo la bruma gris.

Eran los mismos ojos que Cassian poseía, comprendió con un vuelco el corazón, aunque en su hermano brillaban con temple y en aquel desconocido ardían con una furia de décadas.

El cabello oscuro, la complexión atlética forjada evidentemente en combate real, todo en aquel hombre hablaba de una sangre que Aurora ya no podía seguir negando ni por un instante, por mucho que su mente todavía luchara por procesar la magnitud completa de lo que sus ojos confirmaban sin lugar a dudas.

—Así que es cierto —dijo el hombre, la voz grave, cargada de un control férreo que apenas lograba contener algo mucho más volátil debajo—. El parecido no miente, aunque la historia que lo acompaña bien podría ser una mentira elaborada con mucho cuidado.

—Mi nombre es Aurora Thornecrest —dijo ella, obligándose a mantener la voz firme pese al torbellino que la sacudía por dentro—. Y usted, según todo lo que hemos descubierto en las últimas semanas, es hijo de Aldric Thornecrest y Lyra Vaelwood. Mi padre. Su padre.

El hombre no respondió de inmediato, su mirada ámbar recorriendo a Aurora con una atención tan minuciosa que ella sintió, por un instante, la misma sensación de ser completamente vista que había experimentado la primera vez que Corvin la observó en el Salón del Trono, tantas semanas atrás.

—Kaelen —dijo finalmente, el nombre pareciendo costarle un esfuerzo extraño, como si llevara mucho tiempo sin pronunciarlo ante nadie ajeno a su círculo más cercano—. Aunque dudo que ese nombre signifique nada para ustedes, más allá de una curiosidad conveniente para sus propósitos.

—Significa que tengo un hermano —dijo Aurora, sin retroceder ante la hostilidad evidente en su tono—. Uno al que esta familia, sin saberlo, abandonó antes de que pudiera elegir absolutamente nada por sí mismo.

Algo se quebró brevemente en la expresión controlada de Kaelen, una grieta minúscula que desapareció con la misma rapidez con la que había aparecido, reemplazada de nuevo por la máscara de control férreo que evidentemente había perfeccionado durante años enteros de supervivencia en un entorno que jamás le había ofrecido tregua.

—Palabras bonitas —dijo, con un desprecio que no intentó disimular—. Igual de bonitas, sin duda, que las que mi padre debió pronunciar antes de elegir la conveniencia política sobre la mujer que amaba, y sobre el hijo que ella cargaba.

—No vengo a defenderlo —dijo Aurora, con una honestidad que pareció sorprender genuinamente a Kaelen—.

Lo que hizo no tiene justificación, y lo sabe, y ha vivido con esa culpa durante más de dos décadas de una forma que, sospecho, ha terminado envenenándolo casi tanto como su ausencia lo envenenó a usted.

Vengo a ofrecerle la verdad. Nada más. Lo que haga con ella, Kaelen, es completamente su elección.

Fue entonces cuando ocurrió.

La runa bajo la clavícula de Aurora se encendió sin previo aviso, con una intensidad que la obligó a llevarse una mano al pecho pese a su empeño por mantener la compostura frente a aquel hombre que todavía la evaluaba como a una amenaza potencial.

Y, al mismo tiempo, algo en el aire entre ambos cambió: una vibración sutil, casi imperceptible, como el eco lejano de una cuerda tensada entre dos puntos que nadie había pulsado deliberadamente.

Kaelen lo sintió también. Aurora lo supo por la forma en que su postura se alteró de golpe, la mano descendiendo instintivamente hacia la empuñadura de la espada que colgaba a su costado, los ojos ámbar entrecerrándose con una desconfianza renovada.

—¿Qué acaba de hacer? —exigió.

—Nada —dijo Aurora, con absoluta sinceridad, sintiendo todavía el calor palpitante bajo su piel—. Le juro que no hice nada deliberadamente. Mi magia reaccionó sola, y no tengo idea de por qué.

—Yo sí —dijo Corvin, la comprensión iluminando gradualmente su expresión—.

Vínculos de sangre. La magia de Aurora percibe las conexiones ocultas entre las personas, y la suya, Kaelen, según todo lo que hemos escuchado sobre su forma de comandar, funciona precisamente con vínculos.

Dos magias que trabajan con lo mismo, reconociéndose mutuamente al encontrarse por primera vez.

—Eso —dijo Kaelen, con una voz cargada de algo que ya no era solo hostilidad, sino también un asombro que evidentemente no quería admitir del todo— es exactamente el tipo de prueba que ninguna mentira elaborada podría fabricar.

Extendió entonces una mano hacia el espacio vacío entre ellos, y Aurora observó, fascinada pese a la tensión del momento, cómo hilos de una luz oscura y plateada emergían de sus dedos, entrelazándose en el aire con una precisión que hablaba de años de dominio absoluto sobre aquel poder.

Los hilos se extendieron hacia ella, deteniéndose apenas a un palmo de su pecho, donde la luz dorada de su propia runa emergió instintivamente en respuesta, y ambas magias se rozaron sin llegar a entrelazarse del todo.

—Sangre de mi sangre —murmuró Kaelen, retirando los hilos oscuros con un movimiento brusco, como si el contacto le hubiera quemado más de lo que estaba dispuesto a admitir frente a testigos—. Los vínculos no mienten, Consejera. Por mucho que yo preferiría, en este momento, que lo hicieran.

Corvin, que había permanecido en un segundo plano deliberado durante el intercambio inicial, extendió finalmente el paquete envuelto que contenía el retrato, avanzando con la cautela calculada de quien reconoce el peligro real que representaba aquel hombre pese a su apariencia de guerrero solitario esperándolos sin refuerzos visibles.

—Esto perteneció a su madre —dijo, con un respeto genuino en la voz—. Lo encontramos en un puesto fronterizo abandonado, semanas atrás, junto con evidencia de las actividades de un hombre llamado Ivor Nightmourne. Sospecho que usted lo conoce.

El nombre de Ivor pareció tener un efecto mucho más inmediato en Kaelen que cualquier otra cosa que hubieran mencionado hasta entonces, su expresión endureciéndose con una furia que ya no intentó ocultar del todo.

—Ivor es mi consejero de mayor confianza —dijo, aunque algo en su voz sugería una convicción que empezaba a resquebrajarse incluso mientras pronunciaba las palabras—.

Me acogió cuando nadie más lo hizo. Me entrenó.

Me dio un propósito cuando el mundo entero parecía decidido a que yo no tuviera ninguno.

—Ivor es un Hada exiliada de más de tres siglos de edad, disfrazada como consejero mortal de esta corona durante tres generaciones —dijo Corvin, sin suavizar la revelación—.

Y sospecho, aunque no puedo probarlo del todo, que fue él quien permitió, o quizás incluso orquestó, la muerte de su madre, precisamente para asegurarse de que usted creciera exactamente como necesitaba que creciera: solo, resentido, y completamente dependiente de su guía manipuladora.

El silencio que siguió a esa acusación se extendió tanto que Aurora llegó a temer que Kaelen reaccionara con violencia inmediata ante lo que, comprensiblemente, debía sonar como un ataque calculado contra la única figura paterna que había conocido en toda su vida.

Pero en cambio, algo mucho más doloroso cruzó su expresión: la sombra de una duda que evidentemente ya había cruzado su propia mente en más de una ocasión, sin que se hubiera atrevido nunca a examinarla del todo.

—Ha estado ausente durante semanas —admitió finalmente, la voz baja, casi para sí mismo—. Desde que sus planes en la corte de Lyrengard, según me dijo, fueron "temporalmente comprometidos". No he cuestionado su ausencia porque nunca antes había tenido motivos para dudar de él.

—Ahora tiene motivos de sobra —dijo Aurora, aprovechando la grieta que finalmente se abría en la determinación de Kaelen—. Y tiene, además, esto.

—Espere —dijo Kaelen, levantando una mano antes de que Aurora pudiera continuar—.

Antes de eso. Quiero escuchar cómo murió ella.

La versión de ustedes, quiero decir. Porque la única versión que he conocido durante toda mi vida vino de labios de Ivor, y si lo que acaban de decirme sobre él es cierto, entonces ni siquiera sé si lloré la muerte correcta durante veinte años.

Aurora sintió que el pecho se le encogía ante la crudeza de aquella pregunta, la evidencia palpable de cuánto le habían robado a aquel hombre más allá de la simple ausencia de una familia.

—No lo sabemos con certeza —admitió, incapaz de ofrecerle la mentira reconfortante que quizás habría sido más fácil de entregar—.

Mi padre asumió durante años que ella había muerto en circunstancias que nunca logró esclarecer del todo.

Lo único que sabemos ahora es que Ivor estuvo lo bastante cerca de esos eventos como para haberlos permitido, o incluso provocado, y que su muerte le resultó extraordinariamente conveniente para los planes que ya entonces empezaba a construir.

—¿Y por qué le resultaría conveniente? —preguntó Kaelen, aunque algo en su expresión sugería que ya intuía la respuesta.