La Corona Robada (El Pacto De Las Coronas 1) CAPÍTULO 20 — La Misión Imposible
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CAPÍTULO 20 — La Misión Imposible

—No —dijo Corvin, con una firmeza que no dejaba espacio para negociación—. Absolutamente no, Aurora.

—No estás en posición de decidir eso por mí —respondió ella, cruzando los brazos con la misma terquedad que había heredado, sospechaba, de ambos padres en igual medida—.

Es mi hermano. Si alguien va a intentar hacerle entender que esta familia no es el enemigo que probablemente Ivor le pintó durante años, tiene más sentido que sea yo, no un extraño con el que ni siquiera comparte sangre.

Estaban en el despacho de asuntos internos, el mismo lugar donde tantas conversaciones decisivas habían ocurrido en las últimas semanas, y Corvin, de pie frente al escritorio con los brazos cruzados en un espejo casi cómico de la propia postura desafiante de Aurora, negó con la cabeza una vez más.

—Precisamente por eso es demasiado peligroso —dijo—.

Si algo sale mal, si él decide que usted es una amenaza antes de escuchar una sola palabra de lo que viene a decirle, el riesgo no es solo para usted.

Es para el futuro entero de esta corona, Aurora.

Usted es la heredera legítima. No puede arriesgar eso en una misión que yo puedo realizar solo, con mucho menos en juego si algo sale mal.

—Y si algo te pasa a ti —replicó Aurora, la voz quebrándose ligeramente pese a su determinación—, ¿crees que eso no representa también un riesgo enorme para mí? Corvin, ya perdí una vida entera sin la posibilidad de elegir las cosas importantes por mí misma. No pienso perder también esto.

El silencio que siguió se cargó de una tensión distinta a cualquier discusión anterior entre ellos, ambos reconociendo, sin decirlo del todo en voz alta, que la discusión ya no trataba solo de estrategia militar, sino del miedo genuino de perder al otro en un conflicto que ninguno de los dos había pedido pero que ambos habían decidido enfrentar juntos.

—Desde el principio de todo esto —dijo Corvin, la voz suavizándose considerablemente—, he tenido que aceptar que usted insiste en enfrentar cada peligro de frente, en lugar de esconderse detrás de otros como el resto de esta corte parece esperar de una consejera.

Es una de las cosas que más admiro de usted, Aurora.

Pero también es, sin duda, la que más me aterra.

—Entonces entiendes exactamente por qué no puedo quedarme atrás esta vez —dijo Aurora, acercándose lo suficiente para tomar su mano—.

No se trata solo de estrategia, Corvin. Se trata de que si existe la más mínima posibilidad de que mi hermano escuche la verdad de labios de alguien que comparte su propia sangre, tengo que intentarlo.

Se lo debo. Se lo debemos, como familia, después de todo lo que le hicimos sin siquiera saberlo.

Corvin sostuvo su mirada un largo momento, la determinación en los ojos de Aurora evidentemente pesando más que cualquier objeción lógica que pudiera seguir presentando.

—Está bien —dijo finalmente, con una resignación que no ocultaba del todo su preocupación persistente—. Pero prométame que, si la situación se vuelve insostenible, confiará en mi juicio para retirarnos sin discutir cada decisión en el momento.

—Lo prometo —dijo Aurora, aunque ambos sabían, con la misma certeza incómoda, que aquella promesa sería mucho más difícil de cumplir de lo que sonaba en la seguridad del despacho.

Fue Cassian quien finalmente resolvió el impasse, entrando al despacho sin anunciarse con la autoridad práctica que había ido asumiendo cada vez con más naturalidad desde la revelación sobre Kaelen.

—Van los dos —dijo, sin rodeos—. Con una escolta discreta de mis mejores hombres manteniéndose a distancia prudente, listos para intervenir si la situación se deteriora, pero sin acercarse lo suficiente para parecer una fuerza de invasión.

Es el único plan que minimiza el riesgo sin eliminar la posibilidad real de que el contacto funcione.

—Cassian... —empezó Corvin, pero el príncipe levantó una mano, interrumpiéndolo con la misma autoridad calmada que usaba en cualquier consejo de guerra.

—No estoy pidiendo permiso, enviado Duskryn —dijo—.

Estoy informándoles de la decisión. Mi hermana tiene razón: si alguien puede llegar hasta el corazón de este conflicto, es ella, precisamente porque comparte la misma sangre rota que él.

Pero también tiene razón usted: el riesgo es real, y por eso la escolta va con ustedes, guste o no.

Aurora sintió una gratitud silenciosa hacia su hermano, la misma sensación de apoyo genuino que había empezado a experimentar cada vez con más frecuencia desde que la crisis familiar los había obligado, finalmente, a trabajar juntos en lugar de competir entre ellos.

Partieron dos días después, llevando consigo el retrato de Lyra cuidadosamente envuelto en tela protectora, junto con una carta redactada conjuntamente por Aurora y Aldric —el primer documento en el que padre e hija habían colaborado directamente en toda la vida de Aurora— que explicaba, con la mayor honestidad posible, la verdad completa sobre el pasado de la familia y una oferta sincera de diálogo antes de que la guerra escalara más allá de cualquier posibilidad de retorno.

El viaje hacia la región fronteriza donde los informantes de Dorian habían localizado el grueso de las fuerzas rebeldes fue tenso desde el primer día, la escolta de Cassian manteniéndose siempre a una distancia calculada que Aurora encontraba reconfortante y aterradora en igual medida — reconfortante porque sabía que no estaban completamente solos, aterradora porque cada milla que avanzaban los acercaba más a un encuentro cuyo resultado nadie podía predecir con certeza.

—¿Cómo planeamos hacer esto exactamente? —preguntó Aurora, la segunda noche de viaje, mientras ambos revisaban el mapa una vez más junto al fuego—. No podemos simplemente cabalgar hacia su campamento principal y esperar que alguien nos reciba con cortesía diplomática.

—Necesitamos que él nos encuentre a nosotros, no al revés —dijo Corvin, la mente evidentemente trabajando en la logística del plan desde hacía días—.

Si nos movemos abiertamente por territorio que sabemos está bajo su vigilancia, sin ocultarnos pero sin avanzar agresivamente, sus exploradores nos detectarán tarde o temprano.

La pregunta es si logramos comunicar nuestras intenciones antes de que decidan que somos una amenaza que hay que eliminar preventivamente.

—¿Y si no lo logramos?

—Entonces confiamos en que su magia y la mía sean suficientes para sobrevivir el tiempo necesario hasta que la escolta de Cassian pueda intervenir —dijo Corvin, con una honestidad brutal que no intentó suavizar la realidad del riesgo que corrían.

Aurora asintió, aceptando la incertidumbre con una calma que la sorprendió a ella misma, un reflejo, quizás, de cuánto había cambiado desde la joven consejera invisible que había sido apenas unos meses atrás.

—¿Qué le dirías tú? —preguntó, después de un momento—. Si estuvieras en su lugar. Criado en el rechazo, descubriendo de pronto que tienes una familia entera que nunca te buscó.

Corvin consideró la pregunta con una seriedad que sugería que ya la había estado rumiando desde que partieron.

—Probablemente no le creería a la primera persona que se presentara con una historia tan conveniente —admitió—.

Sospecharía una trampa, una manipulación más en una vida que ya ha estado llena de ellas.

Necesitaría pruebas. Tiempo. Y, sobre todo, necesitaría ver que la disculpa viene acompañada de acciones, no solo de palabras bonitas envueltas en un retrato viejo.

—Entonces tenemos que estar preparados para que esto no se resuelva en un solo encuentro —dijo Aurora, la comprensión asentándose con un peso realista que sustituía, aunque fuera parcialmente, la esperanza ingenua con la que había iniciado el viaje.

—Probablemente no —concedió Corvin—. Pero cada largo camino empieza con un primer paso, Aurora, por pequeño que parezca frente a la distancia total que hay que recorrer.

Se quedaron en silencio el resto de la noche, cada uno perdido en sus propios pensamientos sobre lo que el encuentro inminente podría significar, hasta que finalmente el cansancio del viaje los venció y ambos se rindieron a un sueño intranquilo, sabiendo que el amanecer traería consigo un momento que ninguno de los dos podría deshacer una vez ocurrido.

Los encontraron al tercer día, exactamente como Corvin había predicho: un grupo de seis exploradores emergiendo silenciosamente de la vegetación densa que rodeaba el sendero, armas desenvainadas pero sin atacar todavía, evaluando a los dos viajeros con la misma cautela calculadora que Aurora había aprendido a reconocer en cada faceta de aquella guerra oculta.

—Alto ahí —dijo el que parecía liderar al grupo, un hombre de rasgos mixtos que sugerían la misma sangre dividida entre razas que caracterizaba, sospechaba Aurora, a buena parte del ejército que Kaelen había reunido—. Identifíquense. Este territorio no es seguro para viajeros de la corona humana.

—No venimos a atacar —dijo Aurora, desmontando lentamente, las manos visibles y vacías de cualquier arma en un gesto deliberado de buena fe—. Venimos a hablar con su comandante. Tenemos información que necesita escuchar, sobre su propio pasado, sobre quién es realmente.

El explorador la observó con una desconfianza evidente, aunque algo en su expresión sugería que la mención del "pasado" del comandante había despertado más curiosidad de la que probablemente pretendía mostrar.

—¿Quién es usted? —preguntó, finalmente.

—Aurora Thornecrest —dijo ella, sin ocultar ni suavizar el peso de aquel nombre—. Heredera legítima de Lyrengard. Y, según acabamos de descubrir hace apenas unos días, hermana de su comandante.

El silencio que siguió a esa declaración se sintió tan absoluto como el que había caído sobre el Salón del Trono cuando Nirwen mencionó por primera vez la leyenda de Sylvaneth.

El explorador intercambió una mirada rápida con sus compañeros, la sorpresa evidente incluso bajo la disciplina militar que todos parecían compartir.

—Eso —dijo finalmente— es una afirmación que va a necesitar mucho más que su palabra para ser tomada en serio.

—Tenemos pruebas —dijo Corvin, desmontando también y extendiendo el paquete envuelto que contenía el retrato—.

Y una carta, redactada por el propio Rey de Lyrengard, explicando la verdad completa.

No pedimos que confíen ciegamente en nosotros.

Solo pedimos la oportunidad de que su comandante escuche, y decida por sí mismo qué hacer con lo que le ofrecemos.

El explorador consideró la propuesta durante un largo momento, evidentemente sopesando el riesgo de llevar a dos representantes de la corona humana hasta las líneas de su propio ejército contra el riesgo, quizás mayor, de ignorar una revelación que podría tener implicaciones que ninguno de ellos comprendía todavía del todo.

—Esperen aquí —dijo finalmente—. Voy a consultar con mis superiores. Si intentan seguirnos o escapar antes de que regrese, las consecuencias serán las que ya imaginan.

Se retiró con dos de sus compañeros, dejando a los otros tres vigilando a Aurora y Corvin con una tensión palpable que no disminuyó ni un ápice durante la larga espera que siguió.

—Esto es más de lo que esperaba lograr en un primer contacto —murmuró Corvin, una vez que estuvieron momentáneamente fuera del alcance auditivo de los guardias restantes—. Al menos consideran la posibilidad, en lugar de atacarnos de inmediato.

—O nos están manteniendo aquí mientras deciden la forma más eficiente de eliminarnos —dijo Aurora, la ansiedad finalmente abriéndose paso a través de la calma que había mantenido hasta entonces.

—También es posible —admitió Corvin, sin intentar falsamente tranquilizarla—. Pero ya estamos aquí, Aurora. Ya dimos el primer paso. Lo único que podemos hacer ahora es esperar, y confiar en que la verdad, por una vez, sea suficiente para cambiar el curso de las cosas.

Los guardias restantes los observaban con una vigilancia que no disminuía, aunque Aurora notó, con cierto alivio cauteloso, que ninguno parecía ansioso por usar las armas que sostenían.

Uno de ellos, más joven que los demás, la observaba con una curiosidad que iba más allá de la simple cautela militar, como si buscara en su rostro algún parecido familiar con el comandante que servía.

—¿Lo conoce bien? —se atrevió a preguntar Aurora, dirigiéndose al joven guardia con la mayor suavidad posible—. A su comandante.

El joven vaciló, evidentemente sopesando si responder siquiera a la pregunta, antes de que la curiosidad pareciera ganarle a la disciplina.

—Lo suficiente para saber que no confía fácilmente en nadie —dijo finalmente—.

Y con razón, según lo que he escuchado sobre su historia.

Si de verdad son quienes dicen ser, más les vale que la verdad que traen sea exactamente eso: verdad.

Él ha sido engañado antes, por gente en quien confiaba profundamente.

No creo que perdone fácilmente a quienes descubra mintiendo, sin importar qué lazo de sangre reclamen tener con él.

La advertencia quedó flotando entre ellos con un peso que Aurora sintió profundamente, la certeza de que aquel encuentro representaba mucho más que una simple negociación diplomática: era, en el fondo, una prueba de honestidad que ninguno de los dos podía permitirse fallar.

El explorador regresó casi una hora después, la expresión todavía cautelosa pero notablemente menos hostil que al partir.

—Mi comandante ha aceptado recibirlos —dijo—.

Mañana, al amanecer, en el claro que marca la frontera de nuestro territorio.

Vengan solos, sin la escolta que sospecho los está siguiendo a una distancia que consideran discreta.

Si algo de lo que dicen resulta ser una trampa, no habrá una segunda oportunidad para ninguno de los dos.

Aurora sintió que el corazón se le aceleraba con una mezcla imposible de esperanza y terror, la certeza de que, al amanecer siguiente, finalmente conocería al hermano cuya existencia había cambiado, en cuestión de días, todo lo que creía saber sobre su propia familia.