La Corona de Espinas y Sombras Capítulo 22 – El día en que ardieron las cuatro cortes #2
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Capítulo 22 – El día en que ardieron las cuatro cortes #2

Cuando Kael llegó a él, el espadón de luz cayó en un arco limpio.

Kael lo desvió con la espada corta y sintió el impacto hasta los dientes.

Retrocedió. Aurelian avanzó. Cada golpe era una dosis de dolor: la luz se le clavaba en la piel como mil agujas, quemando donde tocaba.

La enredadera del cuello se agitó, y el pacto le susurró una oferta: más. Usa más. Solo un poco.

—Dame —dijo él, entre dientes—. Dame lo que quieras.

La sombra respondió con un estallido.

Fue un cuarto uso. Lo sintió dentro del pecho, un chasquido húmedo, como si le arrancaran una costilla. La oscuridad se desbordó de sus manos, cubrió el suelo, trepó por las piernas del rey, lo envolvió hasta la cintura. Aurelian gruñó. Por primera vez, la sonrisa vaciló.

—Qué violencia —murmuró—. Qué pérdida.

—Muérete.

—Después de ti.

Y la espada de luz le atravesó el costado.

No fue un tajo profundo. Fue un pinchazo preciso, limpio, entre las placas.

Pero el filo traía algo más: una corriente helada que le subió por la sangre y le apagó, uno a uno, los latidos.

Kael se miró el pecho. Una flor de luz le brotaba bajo la armadura, y la enredadera, en vez de arder, se aquietó. Se detuvo. Se volvió gris.

—Ah —dijo Aurelian, con una suavidad horrible—. Qué oportuno. El corazón de una sombra, vaciado de su pacto, no tiene nada que lo sostenga.

Kael cayó de rodillas.

—¡KAEL!

El grito de Lyra rasgó la llanura. Se lanzó contra el rey, pero un caballero la interceptó y la derribó de un golpe. Aurelian alzó la espada otra vez, el filo descendiendo hacia la nuca de Kael.

Y entonces el hilo estalló.

Elara lo sintió desde la muralla.

Fue un golpe tan violento que le arrancó el aire. El corazón le dio un vuelco, un salto en vacío, y durante un segundo todo en ella se detuvo: el viento, las raíces, el campo, el tiempo. El hilo que la unía a Kael, aquel cable de luz que habían tejido a costa de tanto, se tensó hasta casi romperse.

Vio la escena sin mirarla. Vio el filo de luz, la nuca expuesta, la flor traslúcida que le brotaba del pecho.

No.

No gritó. Se puso de pie con una calma helada. Tenía la corona sobre la frente y la espina plateada ardiéndole en la muñeca, y de pronto las dos cosas dejaron de ser una carga. Eran un instrumento.

Miró hacia abajo, hacia la llanura entera. Hacia los ejércitos. Hacia el rey. Y le habló a la tierra, sin palabras, con la voz que había aprendido en el pozo tibio de la reina.

Despierta.

Las raíces respondieron.

No fueron las zarzas ni las rosas. Fue algo más hondo.

Bajo la llanura, a una profundidad que ningún mapa registraba, algo antiguo se desperezó.

La tierra tembló. De cada herida del campo, de cada charco de sangre, de cada cuerpo caído, brotó una luz verde, tenue y vasta, que se extendió como una marea desde la fortaleza hasta el horizonte.

Los soldados dejaron de luchar. Se miraron las manos. De las heridas cerradas de los de las Sombras manaba esa misma luz verde, y las heridas se cerraban. De los caídos de las Llamas, de los hombres de la Luz, de los que ya no respiraban, se levantó un aliento. Lento. Dubitativo. Vivo.

Las cuatro cortes, a la vez, contuvieron la respiración.

—Basta —dijo Elara.

No lo dijo en voz alta. No hizo falta. La palabra recorrió los ejércitos como una ola, instalándose en el pecho de cada hombre, de cada mujer.

— Basta.

Y en el centro de la llanura, el espadón de Aurelian se detuvo a un palmo de la nuca de Kael.

El rey se quedó inmóvil. La hoja de luz titiló. Alzó los ojos azules hacia la muralla, hacia la figura diminuta de la reina con la corona negra, y por primera vez en trescientos años Elara vio en su rostro algo que no era cálculo.

Era miedo.

—Eso no… —murmuró—. Eso no estaba previsto.

Elara no contestó. Se llevó la mano a la muñeca y tiró.

La luz verde se plegó sobre sí misma. Fluyó hacia el centro del campo, hacia Aurelian, y le trepó por las botas, por la armadura, por los brazos.

El rey gritó. La espada de luz se agrietó.

La corona de su frente, un simple aro de plata, se deshizo en polvo.

Cayó de rodillas. No murió. Se quedó allí, jadeando, con las manos abiertas ante sí, pálido, sin armas, sin la luz que lo había sostenido durante milenios.

Y en el carro de nácar, Ysolde se llevó las manos a la boca, y en sus ojos blancos asomaron lágrimas.

Elara bajó de la muralla corriendo.

No supo cómo cruzó la fortaleza, ni cómo atravesó las puertas, ni cómo llegó a la llanura sin que nadie intentara detenerla.

Los soldados se apartaban a su paso, con los ojos enormes.

Los caballeros de blanco habían soltado las armas.

Lyra, de rodillas junto a su hermano, le sostenía la cabeza con una mano temblorosa.

Kael estaba tendido sobre la hierba quemada, con la armadura abierta y la flor de luz marchitándose despacio sobre el pecho. Tenía los ojos abiertos. La enredadera, gris, inmóvil, le cubría el cuello como una vieja cicatriz.

No respiraba.

—No —dijo Elara.

Cayó de rodillas junto a él. Le puso las manos sobre el pecho, y el hilo, ese hilo que había latido en su muñeca desde la primera noche, estaba tan callado que sintió que le habían vaciado el interior.

—No, no, no. Kael. Mírame.

—Se ha ido —dijo Lyra, con la voz hecha trizas—. El pacto… el último golpe… se lo ha llevado.

—No.

—Elara…

— No.

Cerró los ojos. Buscó. Buscó con toda su fuerza el rastro de él, en el pozo, en la raíz, en el hilo. Encontró un hueco. Una orilla vacía. Y al otro lado, muy lejos, como una luz diminuta al final de un túnel, una chispa.

Estaba allí. Todavía estaba allí.

—Voy a buscarte —murmuró—. Te lo prometí.

Se dejó caer.

La reina de las Espinas se deslizó hacia dentro, hacia ese lugar donde las orillas se tocan, y cuando el mundo se apagó, lo último que oyó fue la voz de Lyra, rota, repitiendo su nombre, y el murmullo de cuatro ejércitos arrodillándose sobre la hierba.