El Telón de Montecarlo
Oculto en una furgoneta de catering, David era el dios en la máquina. Su rostro, iluminado por el brillo azul de tres monitores, era una máscara de concentración. En el salón, Laura era una estatua de hielo y diamantes, sentada junto a un Silas que ya sospechaba.
La subasta por la escena final llegó a su clímax. Veinticinco millones de euros para un comprador anónimo, Dimitri Volkov.
—Quiero que ella se arrodille. Que le suplique. Y quiero que él la rechace. Quiero verla romperse —dijo la voz de Volkov a través de un intermediario.
Fue entonces cuando la voz de David sonó en el auricular de Laura:
—Laura, el sistema de intrusión del casino ha detectado el túnel cifrado y ha iniciado el aislamiento automático del servidor local con un límite estricto de 60 segundos (sesenta segundos). Si el volcado no llega al cien por cien antes del corte de red, perderemos el paquete forense.
Al mismo tiempo, Silas se inclinó hacia ella.
—Ha sido una noche magnífica, Laura. Casi perfecta. Aunque hemos detectado una pequeña fuga de datos en nuestros sistemas esta noche. ¿Sabes algo de eso?
Laura usó su última arma: la seducción.
—¿Seguridad? —respondió, su mano posándose en su muslo—. Silas, cariño, yo solo entiendo de arte. Disfruta de tu obra maestra.
El monitor de David mostró un mensaje: COPIA AL 100%.
—¡Lo tengo todo! ¡Estoy enviando! ¡Corre! ¡Laura, corre ahora! —gritó David.
En ese instante, las pantallas gigantes del salón se transformaron al sincronizarse con la señal intervenida por David.
En lugar de la subasta, proyectaron el máster en alta definición de «El Jardín Secreto» junto a las transferencias bancarias clandestinas que vinculaban a Silas y a los inversores de la sala.
En la pantalla principal, irrumpió la silueta enmascarada de Nadir.
—Buenas noches, señores de El Consorcio. Les habla el director —la voz distorsionada resonó en el silencio atónito—. Todas las pruebas de sus crímenes, desde el blanqueo de capitales hasta la explotación de artistas, acaban de ser enviadas a la Interpol y a media docena de agencias de noticias.
La voz hizo una pausa, y la cámara digital pareció girarse sutilmente, como si mirara directamente al palco donde Volkov observaba la escena con una calma reptiliana.
—Y un saludo especial a nuestro mecenas más generoso, que observa desde las sombras —continuó Nadir, cada palabra cargada de un desafío helado—. Esperamos que disfrute del espectáculo. La función ha terminado.
El caos fue instantáneo. Los guardias de Kaito se movían, desorientados. Los «inversores» gritaban en sus teléfonos. Y Silas, con el rostro descompuesto por una furia primigenia, se abalanzó sobre Laura, que estaba aún en la tarima.