Fado y Fantasmas
A pesar de la creciente opresión, Laura insistió en una escapada.
Necesitaba aire, o al menos, la ilusión de la libertad.
Se fueron un fin de semana a Sintra, alojados en un palacio convertido en hotel, rodeado de misteriosos jardines.
Cenaron en restaurantes con estrella Michelin, intentando ser la pareja normal y rica que su nueva vida les permitía ser.
Una noche, acudieron a una pequeña y oscura casa de fado. La voz del fadista era pura melancolía, una queja del alma que resonaba con la suya. La música, desgarradora y hermosa, llenaba el espacio. Laura se recostó en el hombro de David, cerrando los ojos.
De repente, sus ojos se abrieron de golpe. Vio a un hombre. En una esquina sombría del local, un hombre alto, con un perfil duro y ojos que parecían no parpadear, la observaba. Kaito.
Le dio un codazo a David.
—Ahí. En la esquina. ¿Lo ves?
David giró la cabeza discretamente. Recorrió la sala. No vio a nadie.
—No hay nadie, Laura. Solo turistas.
—No, David, te juro que... Estaba ahí. Mirándome.
Volvió a mirar. La esquina estaba vacía. ¿Una ilusión? ¿La paranoia que se apoderaba de ella? La duda se instaló en su mente.
—¿Estás segura? ¿O es que empezamos a ver fantasmas? —preguntó David, con un tono de preocupación.
La duda, una vez plantada en la tierra fértil de su paranoia, envenenó la noche.
Volvieron al hotel en un silencio tenso.
La grandiosidad del palacio ahora se sentía ominosa, las paredes frías y resonantes de una prisión exquisita.
El aire olía a cera de vela y a flores marchitas.
Cuando el clic de la cerradura de su suite resonó, los selló dentro con su miedo.
Laura comenzó a pasear descalza por la habitación, el frío del mármol subiéndole por los pies. Era un animal atrapado. David la observó, inmóvil. La vio temblar, un temblor casi imperceptible, y algo dentro de él se quebró, reemplazado por una furia helada y posesiva.
En un movimiento brusco, acortó la distancia, su mano agarrando su brazo con una fuerza que la sorprendió.
—Estás temblando —dijo él, su voz un gruñido bajo.
—Lo vi, David. Te juro que lo vi —susurró ella.
—No volverá a mirarte —afirmó él, estrechándola con una desesperación protectora que le quemaba en la voz—. No mientras yo respire. No nos van a quebrar, Laura. Eres mía y yo soy tuyo.
El beso que siguió no fue de consuelo. Fue violento, una invasión.
Su boca se estrelló contra la de ella, demandante, brutal, como si quisiera borrar a la fuerza la imagen de Kaito de su mente.
Ella respondió con la misma desesperación, aferrándose a él, devolviendo la furia, saboreando el gusto metálico de la adrenalina y sus propias lágrimas saladas.
Su mano desgarró el fino tirante de su vestido de seda, el sonido del tejido rasgándose llenando el silencio.
La empujó hacia atrás hasta que cayeron juntos sobre la inmensa cama.
No la depositó; la arrojó, posicionándose sobre ella, fijando sus muñecas por encima de su cabeza con una de sus manos. Su agarre era de acero.
—No te va a tocar nadie más —jadeó él contra su cuello, su aliento caliente y su barba incipiente arañando su piel sensible—. No te va a mirar nadie más. Solo yo.
Ella le desabrochó la camisa con dedos febriles, exigiéndole esa misma intensidad para ahogar la imagen de Kaito.
Cuando él la poseyó con una embestida profunda, Laura soltó un jadeo desgarrado: no era la cadencia del romance cotidiano, sino un pacto visceral contra el pánico, un acto donde el roce áspero de la piel eclipsaba el terror que amenazaba con devorarla.
El aroma de la habitación cambió. Se mezcló el perfume caro de ella con el olor acre del sudor de ambos.
Laura, rodeando la espalda de David con las piernas y clavándole las uñas en los hombros, buscaba esa fuerza para sentirse anclada al mundo real, para que el agotamiento físico silenciara definitivamente la sombra de la esquina.
David bajó la cabeza y mordió la curva de su hombro, no con la suavidad de un amante, sino con la dureza de una marca.
Dejó una roja promesa de propiedad en su piel.
Sus labios recorrieron su clavícula, su cuello, bebiendo de ella, no para darle placer, sino para absorberla.
Sus gemidos no eran cantos de éxtasis, sino gruñidos de animales heridos.
El orgasmo llegó como una detonación ciega.
Para David, fue una liberación de la furia acumulada, una ráfaga blanca y caliente que derramó dentro de ella con una desesperación final, un último intento de llenarla de sí mismo.
Para Laura, fue una convulsión que la sacudió desde la médula, su cuerpo apretándose alrededor de él en espasmos que eran tan dolorosos como placenteros, su mente vaciándose por un glorioso segundo.
Él se desplomó sobre ella, sin retirarse, su peso aplastante era un consuelo. Sus corazones martilleaban al unísono. La piel de ambos estaba resbaladiza por el sudor.
Pero mientras el eco del clímax se desvanecía, la realidad se filtró de nuevo.
En la memoria persistente de Laura, y en la furiosa imaginación de David, aún se proyectaba la silueta oscura del hombre en la esquina.
Y se dieron cuenta, con un terror renovado, que ningún placer, por más feroz que fuera, podría lavar el miedo.
Solo lo había puesto a dormir por unos minutos.
La decisión de cerrar Alma Nua fue de Laura. David la miró como si le hubiese propuesto amputarse un brazo.
—Es una galería —dijo él, como si eso lo explicara todo.
Y quizás lo explicaba. Aquellos muros de piedra desnuda habían sido el primer espacio que les había pertenecido en Lisboa.
Laura había colgado la primera exposición con las manos temblando de nervios y David había pintado el cartel de entrada con una brocha que le compró en una ferretería del barrio de Alfama.
Alma Nua no era solo un negocio: era la prueba de que podían empezar de cero.
—Lo sé —dijo Laura—. Pero si nos quedamos, Silas nos encontrará. O lo que sea que haya detrás de Silas. Y esta vez no será una oferta de trabajo lo que traigan.
El último día en la galería, Laura se quedó sola después de que el último cuadro fue envuelto en papel de seda y cargado en la furgoneta.
El espacio vacío sonaba diferente: el eco de sus pasos era el eco de todos los pasos que habían dado en aquellos muros.
Tocó la piedra con la palma de la mano. Frialdad. Despedida.
El vuelo Lisboa-Buenos Aires duró doce horas.
David no durmió. Antes de subir al avión, se habían asegurado de cambiar el alojamiento de Marcos en Oporto a una residencia privada con control de acceso y de alterar sus trayectos universitarios para quebrar las rutinas que Silas había fotografiado en el puente.
Mientras ellos fingieran someterse al proyecto en Argentina, los ojos de Silas y Kaito estarían fijados sobre los Weiss en Buenos Aires, dejando a Marcos en una tensa pero necesaria zona de sombra, respaldado por la vigilancia encubierta de Javi desde España.
Miró por la ventanilla la costa africana pasar debajo como una mancha ocre, y luego el Atlántico infinito, y pensó en todas las veces que el océano le había separado de algo.
Primero de España, ahora de Lisboa. El océano como frontera perpetua.
Buenos Aires los recibió con una luz blanca y agresiva que no tenía nada que ver con la luz lechosa de Lisboa.
El taxi los llevó por Avenida 9 de Julio, una avenida tan ancha que parecía un error de diseño, y Laura miró los edificios grises con la sensación de haber aterrizado en una versión más ruidosa y menos elegante de todo lo que habían dejado atrás.
—Somos los Weiss ahora —dijo David en el hotel, probando las palabras como quien prueba un traje nuevo. Herr y Frau Weiss. Galeros suizos con contacto en el mercado latinoamericano. La mentira le sentaba mejor de lo que esperaba.
Laura se miró al espejo del baño del hotel.
La mujer que le devolvió la mirada tenía los mismos ojos que la cajera del supermercado, pero algo había cambiado en la forma de sostenerlos.
Ya no era la mujer que escondía. Era la mujer que se disfrazaba por elección.
Y había una diferencia abismal entre ambas.